Jeremías 38: Jeremías es encarcelado de Nuevo.

Jeremías 38:28  Y quedó Jeremías en el patio de la cárcel hasta el día que fue tomada Jerusalén. Allí estaba cuando Jerusalén fue tomada.[ñ]

Jeremías es encarcelado de Nuevo.

Aquí se habla de nuevo de un encarcelamiento del profeta, que es arrojado por sus enemigos a una lúgubre celda. Por intercesión del etíope Abdemelec es sacado y llevado a presencia del rey. Este le interroga de nuevo sobre la suerte de Jerusalén. Jeremías le invita otra vez a someterse a Babilonia como condición para salvar su vida. Es el último coloquio con el rey. Los acontecimientos se desarrollan con tanta celeridad, que la catástrofe se precipita por momentos. Los vaticinios de Jeremías se cumplen inexorablemente, y su misión de profeta va a entrar en su última fase, la posterior a la destrucción de Jerusalén. Los incidentes aquí relatados pertenecen a los últimos meses del asedio (588-586).

Jeremías continuaba aconsejando la rendición al pueblo. Los nacionalistas no pudieron soportar esto, que consideraban contrario a los intereses de su pueblo. Algunos de los que ahora atentan contra la vida del profeta nos son conocidos. Parece que el profeta, en su relativa prisión en el vestíbulo de la guardia, continuaba predicando la sumisión al invasor babilónico, invitando a pasar a las filas del enemigo como único medio de salvación, pues los que quedaran en la ciudad morirían por la espada, el hambre y la peste. Ya que no había logrado convencer al rey de la inutilidad de la resistencia, al menos que el pueblo sencillo se pusiera a salvo, pues resultaba criminal la pretensión de resistencia en tales circunstancias: el que huya a los caldeos tendrá la vida por botín, e.d., en estas circunstancias críticas sólo el hecho de salvarse supone un riquísimo botín. Pero este lenguaje era considerado como traidor por los nacionalistas. Indudablemente, desde el punto de vista meramente humano, la predicación derrotista del profeta sembraba la desmoralización de los defensores de la ciudad. No habría otra solución que quitar del medio a esa voz traidora e inoportuna. Para ellos, Jeremías no era patriota: no busca la paz de este pueblo, sino el mal. El rey accedió, pues, débil como era, no se atrevió a hacer frente a los airados nacionalistas: En vuestras manos está. Y confiesa que, en esos momentos de superexcitación nacionalista, él, como soberano, nada puede: Nada puede el rey contra vosotros. En esta frase se refleja su espíritu vacilante y pusilánime. Es la solución de Pilatos ante las exigencias de los sanedritas.

Los jefes nacionalistas, con anuencia del rey, arrojaron al profeta a una cisterna. No se atrevieron a derramar su sangre, y prefirieron una muerte incruenta. El hecho de derramar sangre les impresionaba más.

La expresión hijo del rey tiene el sentido amplio de “pariente” del rey, príncipe, pues no conocemos ningún hijo de Sedecías con ese nombre. La cisterna estaba cerca del vestíbulo de la guardia, en los departamentos del mismo palacio. El hagiógrafo da el detalle de que, aunque no tenía agua, estaba llena de barro, para dar una idea de lo penoso que resultaría para el profeta estar allí. Estaba, pues, condenado a muerte lenta.

El cronista se complace en relatar que la iniciativa de liberación del profeta partió de un extranjero, un etiope o nubio, que era eunuco, palabra que puede significar un hombre mutilado, encargado del harén real, o simplemente un funcionario real. Un extranjero, pues, sale valedor de los derechos de un profeta de Yahvé. En esto hay un tono de ironía en el hagiógrafo. Los compatriotas de Jeremías le quieren matar, mientras que los extranjeros le reconocen como enviado de Dios. Sobre la puerta de Benjamín véase lo antes dicho a propósito Deuteronomio 37:13. El rey se hallaba allí circunstancialmente, quizá inspeccionando las obras de defensa.

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