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Jeremías 31: Restauración de las tribus, retorno de la diáspora

En la tradición judía no se le daba sentido mesiánico. Las sentencias de los autores modernos son muy diversas. Generalmente, los autores católicos suelen entender la frase misteriosa en el sentido de que la hembra es Israel, esposa de Yahvé, que es el varón. La cosa realmente nueva que Dios va a “crear” o hacer aparecer es que Israel en la nueva etapa rodeará al varón (Yahvé), es decir, buscará afanosamente adherirse a Yahvé como su Dios, y esto es algo admirable dada su propensión innata a la idolatría y a apartarse de las prescripciones de Yahvé. Este sentido está conforme con la profecía de Jeremías de que en la nueva alianza la Ley estará escrita en los corazones. Por otra parte, el símil del desposorio entre Dios e Israel es un lugar común en la literatura profética. Además, parece que éste es el sentido que da la versión siríaca: “la muJeremías amará diligentemente al varón,” interpretación seguida por San Efrén.

Recientemente se ha propuesto una luminosa solución que también parece encajar en el contexto: el profeta invita a los exilados a no vacilar y a que preparen el camino, y para que no sientan aprensiones sobre los peligros del itinerario por el desierto, les anuncia un portento inaudito: la hembra rodeará al varón. En las caravanas, normalmente, las hembras, con sus niños, como seres indefensos, van en el centro de la comitiva, mientras que los varones, como más fuertes, van en los flancos, con las armas en la mano, dispuestos a defender a los componentes de la caravana contra cualquier repentina incursión o razzia de los belicosos beduinos. Esta disposición es la normal; pero, en la caravana de retorno de los exilados, Dios los protegerá directamente, en tal forma que las mujeres pueden libremente ir en los flancos “rodeando al varón,” que iría descuidado en el centro, pues no habrá peligros inesperados. Así, pues, aquí se exaltaría la suprema seguridad de que disfrutarán los repatriados en su camino de retorno.

Reconstrucción de Judá

Yahvé promete al reino de Judá la reconstrucción que había prometido al reino del Norte. En sus designios forman un solo pueblo. Será una reconstrucción material y, sobre todo, moral y religiosa. La profecía puede ser compuesta después de la ruina de Jerusalén en el 586, para consolar a los israelitas, decepcionados en sus ilusiones. No todo estaba perdido, porque Yahvé velaba sobre los destinos de su pueblo. El profeta se transporta mentalmente al momento en que los exilados, ya de retorno a su patria, saludan jubilosos a la Ciudad Santa: Bendígate Yahvé, morada de justicia, monte de santidad. Judá será un país de justicia, porque definitivamente reinará en él la equidad, y el centro será el monte de santidad, es decir, Sión, morada de Yahvé, que vive en una atmósfera de santidad y lo santifica todo con su contacto.

A su sombra florecerá de nuevo la vida nacional en su plena manifestación. Resurgirá la vida industrial, agrícola y ganadera, de modo que todos se sientan contentos en la nueva sociedad: saciaré a toda alma desfallecida y hartaré a toda alma lánguida. La abundancia será la característica de los nuevos tiempos. También aquí el profeta idealiza mucho el cuadro, pues sabemos que los años que siguieron a la repatriación fueron bien penosos y estrechos; pero el sentirse libres en su patria endulzaba sus trabajos. Por otra parte, como siempre, en la mente del profeta se superpone el horizonte mesiánico, que ve vinculado inicialmente a esta primera etapa de repatriación. En la época del Mesías, la felicidad será plena.

La frase del versículo 26 es enigmática y diversamente traducida. Muchos autores la explican en el sentido de que el profeta, maravillado de la granDiosa perspectiva liberadora de su pueblo, se sentía como al despertar de un dulce sueño: por eso, al despertar y ver, fue dulce mi sueño. Otros autores creen que la frase es una observación del lector, añadida posteriormente, el cual, al leer tan espléndidas perspectivas para su pueblo, pensaría que todo eso era demasiado bello para que fuera realidad, y así lo catalogaría entre los “dulces sueños.”

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