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Jeremías 31: Restauración de las tribus, retorno de la diáspora

Resurrección de Israel y Judo

Es la promesa de la repoblación de los países asolados de Israel y Judá. Después de la guerra han quedado despoblados, y es preciso que Dios favorezca de nuevo la multiplicación de sus habitantes y de sus ganados. Yahvé ahora va a actuar como el sembrador que lanza a voleo el grano que debe germinar: yo sembraré. de hombres y animales. Es de notar que el vaticinio se refiere a los dos reinos separados, el de Israel y el de Judá, que en los futuros planes de Dios están destinados a constituir un solo reino mesiánico. Ha pasado el tiempo del castigo y llega la hora de vivir ambos en paz dentro de la abundancia. Israel y Judá son comparados a un campo feraz, bien dispuesto para la siembra que Yahvé mismo va a realizar. Antes Dios había enviado el castigo, la devastación y la ruina para salvaguardar los derechos de su justicia y de su santidad: velé sobre ellos para arrancar y destruir. Ha sido la primera parte de su labor; pero llega la hora de la segunda: velaré sobre ellos para edificar y plantar. Las expresiones están calcadas sobre la misión encomendada a Jeremías de anunciar la destrucción y la ruina, de un lado, y después la resurrección y “edificación” del nuevo pueblo. Es el instrumento de la justicia y misericordia divinas, que “vela” por los intereses de su justicia y de los de su pueblo. Le castiga primero para purificarle y después para premiarle. Si lo “destruye” primero, es para “plantarlo” y “edificarlo” después según un nuevo módulo más espiritual.

La retribución personal

En ese nuevo orden de cosas, en el pueblo de Dios reinará una justicia más personal. Hasta ahora predominaba el principio de la responsabilidad colectiva, basada en la interdependencia social de las tribus. La ley de la sangre, esencial en la vida tribal del desierto, traía como consecuencia una interdependencia de intereses que a veces resulta injusta. Los contemporáneos de Jeremías se consideraban injustamente castigados al sufrir ellos totalmente las consecuencias de la catástrofe debida en gran parte a los pecados de los antepasados: los padres comieron los agraces y los hijos sufrieron la dentera. Este proverbio, que parecía correr entre los exilados, expresaba bien su estado de ánimo. Jeremías se hace eco de ello, y anuncia para un futuro próximo una justicia más proporcional basada en la responsabilidad individual. Según las leyes de la solidaridad tribal, los hijos debían pagar por los pecados de los padres. En realidad, los contemporáneos de Jeremías y de Ezequiel no habían sido peores que sus antepasados. Sobre todo, la época del impío rey Manases se había caracterizado por la apostasía general. Y por eso los contemporáneos de Jeremías, que no tenían luces sobre la retribución en la vida de ultratumba, no encontraban justo el sufrir por pecados que ellos no habían cometido. Jeremías concede en parte esto, y les promete una nueva era en la que la responsabilidad será individual. Tampoco Jeremías tenía especiales luces sobre la retribución en el más allá, y por eso sus promesas se basan en la esperanza de una justicia perfecta en la era mesiánica. No habrá entonces pecado nacional, porque Yahvé hará que la ley reine en los corazones, y, así, la masa total del pueblo vivirá centrada en torno al pensamiento de su Dios. Si alguno peca, él solo será castigado, sin infringir daño a la nación. Por eso ya no tendrá vigencia el viejo proverbio: los padres comieron los agraces y los hijos sufren la dentera. El nuevo reino mesiánico será, en su marcha, independiente de la conducta de los individuos. Jeremías piensa aquí en la nación, cuya suerte como tal será independiente de la conducta de algunos transgresores. Ezequiel se fija más en la responsabilidad de los individuos como tales: los hijos no serán responsables de las acciones de los padres. La promesa de Jeremías se cumple en el “Israel de Dios.,” la Iglesia, inmaculada en sí, aunque sus componentes sean pecadores en gran parte. Cada uno responderá ante Dios de sus acciones. La época plena del mesianismo total no se da en este estadio terrestre en el sentido de que no habrá pecadores. El reino de Dios obra como un fermento que fructifica en toda la masa, pero sólo en el estadio definitivo celeste se da la plena teocracia de los justos en torno al Cordero inmolado. Es la etapa definitiva, cantada en el Apocalipsis. Los profetas no sabían distinguir las diferentes etapas, y veían vinculadas al Israel histórico realizaciones ideales que sólo se darían en el “Israel de Dios,” que tiene su plena eclosión y su razón de ser en la definitiva etapa celeste.

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