Isaías 7: Mensaje de Isaías a Acaz

Evidentemente el mensaje de Isaías no apeló a Acaz, por lo cual se le dio de gracia una nueva oportunidad: El profeta lo desafió a pedir una señal de parte de Dios, a fin de que quedara claro de una vez por todas que era realmente Jehová quien estaba detrás de las palabras del profeta. Acaz renunció a tal demostración que se le ofreció, escudándose detrás de una excusa piadosa: No pediré ni probaré a Jehová.

Entonces Isaías concluyó su intervención indicando que de todos modos, aun cuando el rey no se atreviera a pedir una señal de parte de Jehová, Dios mismo daría una señal, una demostración de que en verdad él estaba detrás de la historia. Aunque el versículo 14 es usado en Mateo 1:23 mediante un maravilloso midrash profético, aludiendo a la significación del nacimiento del Señor Jesús, su cumplimiento primario tuvo que ver con el nacimiento de un niño durante el reinado del rey Acaz. La evidencia más fuerte indica que ese niño fue un hijo de Isaías, y su madre, la joven esposa del profeta. Su nombre, Emanuel 6005, significa “Dios está con nosotros.” Aquel niño, por su existencia y por su nombre, representaría la confirmación histórica para el pueblo de Judá y su rey, de que a pesar de tanta incredulidad, Dios realmente intervendría a favor de Judá: … antes que el niño sepa desechar lo malo y escoger lo bueno, la tierra de los dos reyes a quienes tienes miedo será abandonada.

Las palabras proféticas hallaron su cumplimiento fiel, aunque no tan pronto, con la ruina de Samaria y el reino de Israel y con la ruina de Damasco y el reino de Siria, tras un proceso que abarcó los reinados de Tiglatpileser, Sargón, Esarjadón y Asurbanipal. El dato del versículo 8, relativo al hecho de que Efraín (el reino de Israel) dejaría de ser pueblo dentro de sesenta y cinco años, según la evidencia textual está fuera de sitio y tiene su lugar correcto al final del versículo 16. Para los habitantes del reino de Israel, su aniquilamiento como pueblo no ocurrió históricamente con la ruina de Samaria (año 721 a. de J.C.), sino cuando parte de su población local fue reemplazada por colonos traídos de otras partes del imperio asirio. Aquella tragedia arruinó la relación de pueblo y tierra de manera definitiva. Esto ocurrió en el sexto año de Esarjadón (669-8 a. de J.C.), año que da comienzo al surgimiento de otro pueblo, los samaritanos, un pueblo híbrido que asimiló los restos de Efraín. Este pueblo fue constituido al margen del pacto de Abraham. Sumando a esta fecha la cifra que nos aporta la profecía (versículo 8), podemos ubicar en el año 734 la entrevista de Isaías con Acaz junto a las instalaciones de agua de Jerusalén, que coincidiría con el segundo año del rey Acaz. Eso sí, el largo proceso de desintegración de los reinos de Siria y de Israel habría comenzado con la decisión de Asiria de borrarlos del mapa, en los días de la infancia temprana de Emanuel.

Sin embargo, la profecía viviente personificada en el niño Emanuel no debía comunicar un mensaje incorrecto a Judá y a su rey. El hecho de que Dios estuviera con ellos no los eximía del juicio divino. Este es el tema central de los versículos 17-25. Es verdad, la navaja alquilada (versículo 20) por Acaz, es decir, el poderío de Asiria puesto al servicio de Judá mediante el pago de soborno, cumpliría de buena gana su objetivo: doblegar a los reyes de Siria e Israel. Pero entonces, pasaría también a afeitar, a rasurar, a Judá. El reino de Judá es presentado aquí mediante la analogía del cuerpo humano, y se indica que la navaja no respetaría ningún lugar cubierto de pelo: la cabeza, la barba y hasta el pubis (lit., “vello de las piernas”). Las palabras que siguen centran la referencia en la economía agraria de Judá, la cual quedaría arruinada por la presencia asiria. Las extensas vides serían arruinadas por millares (versículo 23), e igualmente las pequeñas parcelas en la región montañosa. A esto se sumarían los estragos causados por el intenso tránsito de los ejércitos de Asiria (cuyo símbolo es la abeja) y los ejércitos de Egipto (cuyo símbolo es el mosquito de sus pantanos), sobre el territorio de Judá, convertido en el campo de batalla de los poderes mundiales. La descripción es tan real, que hasta alude a la dieta de los campesinos de la devastada Judá, quienes evitarán cultivar la tierra para el pillaje y sólo se alimentarán de miel silvestre y conservarán consigo unas pocas cabezas de ganado vacuno. Una situación así se produjo en los días de la invasión de Senaquerib a Judá, tras la destrucción de la mayor parte de sus ciudades fortificadas. Parece que los versículos 21 y 22 están fuera de sitio en el texto actual, y su ubicación más apropiada es después del versículo 25.

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