Isaías 7: Mensaje de Isaías a Acaz

Las profecías de Isaías relativas a este período (durante el reinado de Acaz en Judá) constituyen un segundo bloque literario en el libro de Isaías. Este bloque abarca los capítuloss. 7-12.

Isaías ante la incredulidad de Acaz

Esta sección consiste básicamente de una entrevista que tuvo Isaías con Acaz, rey de Judá. Por mandato divino Isaías se hizo acompañar en dicha ocasión por su hijo pequeño, Searyasuv, hecho que comentaremos al final de la sección. Los acontecimientos que conforman el trasfondo histórico de esta entrevista se encuentran resumidos en 2 de Reyes 16:1-9, y más específicamente en los versículos 5-9.

Ante la amenaza de la alianza de Siria e Israel contra Judá, Isaías es enviado por el Señor para entrevistarse con el rey Acaz, que a la sazón estaba inspeccionando las obras de aprovisionamiento de agua de la ciudad capital, Jerusalén, ante la amenaza de un prolongado asedio por parte de los ejércitos de Siria e Israel. La referencia a la casa de David en el versículo 2 hace evidente que la campaña tenía como principal objetivo destruir la dinastía davídica que gobernaba en Judá, que en este trance político rehusaba sumarse a la gran ola de rebelión de los pueblos de la cuenca del Mediterráneo contra el imperio asirio. La noticia de que “los sirios acampan en Efraín“ (o territorio de Israel, versículo 2) estremeció el corazón de todo el pueblo de Judá, hartamente experimentado en las sangrientas guerras civiles de su pasado.

El mensaje que Isaías debía dar a Acaz era de advertencia, pero antes que nada involucraba el reto de tener fe en Jehová, a pesar de la extrema gravedad de las circunstancias. Las palabras del versículo 4, “cuídate y ten calma“, aunque elípticas para nosotros, eran clarísimas para Acaz, que las había escuchado repetidas veces de boca del profeta. Querían decir: “Cuídate o guárdate de pedir ayuda al rey de Asiria.” Y enfatizaban: “Ten calma en medio de las circunstancias, quédate quieto, no hagas preparativos bélicos, ni siquiera te preocupes por fortificar Jerusalén o proveerla de nuevas instalaciones de agua para emergencia.”

A continuación, el profeta describe a los dos reyes aliados y a sus respectivas capitales y pueblos, como dos cabos de tizón que humean. Un tizón (aid) es un palo que sirve para remover los carbones o la leña que arde dentro del horno. Sirven para atizar el fuego, pero gradualmente ellos mismos se van quemando y quedan inútiles. Ya no sirven para encender el fuego porque se han quedado muy cortos, y sólo pueden arrojar humo ineficaz. Esta es una inteligente descripción del estado de cosas en Siria y en el reino de Israel o Efraín; habían quedado desgastados tras una larga historia de hostilidad mutua y guerras devastadoras. No importaba el gran aparato bélico y propagandístico que desplegaban, el profeta no reconoce en ellos la capacidad moral que hace que los pueblos luchen encarnizada y constantemente para conseguir sus nobles objetivos. Además, el profeta no creía que pudiera tener éxito esta coalición de Israel con un pueblo idólatra que estaba al margen del pacto de Jehová.

Luego el profeta pasa a ridiculizar a los aliados. ¿Quiénes son? Son Siria el pueblo, Damasco su capital y Rezín su caudillo (evita llamarlo con el título honorífico de “rey”). Por otro lado está Efraín con Samaria, su capital, y su caudillo, el hijo de Remalías. No lo llama por su propio nombre, sino por el de su padre, haciendo énfasis en el hecho de que el tal era un desconocido, un “don nadie”, que apareció de repente en la escena política mediante el asesinato. Pero en la mente del Señor no está la triple contraparte de JudáJerusalénAcaz, sino Jehová mismo. Esto resalta de hecho al final de la cita: “Si vosotros no creéis, ciertamente no permaneceréis firmes“. Con razón muchos eruditos bíblicos han visto que la palabra ki, que significa “ciertamente”, habría sido originalmente bi H996, “en mí”, que en caracteres hebreos se confunden fácilmente. Luego, podríamos traducir: Si vosotros no creéis en mí, ciertamente no permaneceréis firmes. En otras palabras, la fe, y sólo la fe en Jehová, haría que Judá y la casa real de David salieran vencedoras en este delicadísimo trance de su historia, para proyectar su existencia en el futuro.

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