Introducción a la primera carta de Juan

Introducción a la primera carta de Juan

Una carta personal y su trasfondo

Primera de Juan se llama una carta, aunque no tiene nombre de destinatarios ni acaba con saludos como las cartas de Pablo. Y hasta nuestros días nadie puede leerla sin percibir su carácter intensamente personal. No cabe la menor duda que el que la escribió tenía presente una situación concreta y a un grupo definido de personas. Tanto la forma como el carácter personal de Primera de Juan se explican si la consideramos como lo que ha llamado alguien « un sermón cariñoso y preocupado» escrito por un pastor que amaba a su pueblo y enviado a las iglesias que tenía a su cargo.

Una carta de estas características se escribe en relación con una situación puntual fuera de la cual no se puede entender totalmente. Entonces, si queremos entender Primera de Juan, tenemos antes que tratar de reconstruir la situación en que se produjo, recordando que se escribió en Éfeso algo después del año 100 d.C.

La deserción

Hacia el año 100 d.C. habían ocurrido ciertas cosas en la Iglesia, sobre todo en una ciudad como Éfeso.

(i) Muchos de los miembros de la Iglesia eran ya cristianos de la segunda o la tercera generación. La ilusión de los primeros días había pasado, por lo menos hasta cierto punto. Wordsworth dijo de uno de los grandes momentos de la historia moderna: Fue una bendición estar vivo en aquella aurora. En los primeros días del Cristianismo había gloria y esplendor; pero hacia el año 100 d.C. el Cristianismo se había convertido en una costumbre «tradicional, medio sincera, nominal.» Los cristianos se habían acostumbrado al Evangelio, y algo de su maravilla se había perdido. Jesús conocía a las personas, y había dicho: « El amor de muchos se enfriará» (Mateo 24:12). Juan estaba escribiendo en un tiempo cuando, por lo megos para algunos, la primera emoción había pasado, y el pábilo de la devoción humeaba pero no iluminaba.

(ii) Una de las consecuencias era que había miembros de la iglesia que encontraban los estándares que exigía el Cristianismo pesados y fatigosos. No querían ser santos en el sentido del Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento la palabra para santo es haguios, que se traduce corrientemente por santo, pero su verdadero sentido es diferente. El Templo era haguios porque era diferente de los otros edificios; el Sábado era haguios porque era diferente de los demás días; el pueblo judío era haguios porque era diferente de los otros pueblos, y el , cristiano es haguios porque es llamado a ser diferente de las ` demás personas. Siempre hubo una separación indudable entre el cristiano y el mundo. En el Cuarto Evangelio Jesús nos dice: « Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que Yo os elegí separándoos del mundo, por eso os aborrece el mundo» (Juan 15:19). «Yo les he dado Tu Palabra, y el mundo les ha tomado odio porque no son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo» (Juan 17:14). Todo esto conllevaba una demanda ética. Demandaba un nuevo estándar de pureza moral, una nueva amabilidad, un nuevo servicio, un nuevo perdón -y era difícil. Y una vez que pasaron la primera ilusión y el primer entusiasmo, se fue haciendo cada vez más difícil estar fuera del mundo y negarse a aceptar los estándares y prácticas en curso.

(iii) Se ha de notar que Primera de Juan no nos da ninguna indicación de que la iglesia a la que se dirigió fuera perseguida. El peligro, como ha dicho alguien, no era la persecución, sino la seducción; venía de dentro. También eso lo había previsto Jesús: «Surgirán muchos falsos profetas -dijo Jesús y descarriarán a muchos» (Mateo 24:11). Este era el peligro del que Pablo había advertido a los líderes de la iglesia de Éfeso cuando les dirigió sus palabras de despedida: «Yo sé -les digo que después de mi marcha se introducirán entre vosotros lobos rapaces que no tendrán compasión del rebaño; y de entre vosotros mismos surgirán hombres que hablarán cosas perversas para llevarse tras sí a los discípulos» (Hechos 20:29s).

El problema que trata de combatir Primera de Juan no vino de nadie que estuvieran fuera y que quisieran destruir la fe cristiana, sino de hombres que pretendían mejorarla. Venía de hombres cuya finalidad era hacer el Cristianismo intelectualmente respetable. Conocían las tendencias intelectuales prevalentes en su día, y creían que había llegado el momento de que el Cristianismo llegara a un acuerdo con la filosofía secular y con el pensamiento contemporáneo.

La filosofía contemporánea

¿Cuáles eran la filosofía y el pensamiento contemporáneos con los que los falsos profetas y los maestros equivocados querían armonizar la fe cristiana? Por todo el mundo griego había una tendencia de pensamiento a la que se ha dado el nombre general de gnosticismo. La idea básica de todo el pensamiento gnóstico era que sólo es bueno el espíritu, y la materia es esencialmente mala. Los gnósticos, por tanto, despreciaban olímpicamente el mundo, puesto que era materia. Y particularmente despreciaban el cuerpo, que, por ser material, era esencialmente malo. El espíritu del hombre estaba prisionero en este cuerpo. El espíritu era una simiente de Dios, que era totalmente buena. Así que la finalidad de la vida debía ser liberar esta semilla celestial prisionera en el cuerpo malo. Esto no se podía hacer más que por medio de un conocimiento secreto y un ritual elaborado que solamente los verdaderos gnósticos podían comunicar. Aquí había una tendencia de pensamiento que estaba enraizada inextricablemente en el pensamiento griego -y que no ha dejado nunca de existir. Su base es la convicción de que toda materia es mala, y sólo el espíritu es bueno; y que el único propósito de la vida es liberar el noble espíritu del hombre del vil cuerpo en que está prisionero.

Los falsos maestros

Teniendo lo dicho en mente, pasemos a Primera de Juan para recoger la evidencia en cuanto a quiénes eran y qué enseñaban estos falsos maestros. Habían estado dentro de la Iglesia, pero se habían separado de ella. «Salieron de nosotros, pero no eran de los nuestros» (1 Juan 2:19). Eran personas influyentes, porque pretendían ser profetas: «Muchos falsos profetas han salido por el mundo» (1 Juan 4:1). Aunque habían salido de la Iglesia, todavía trataban de diseminar sus enseñanzas dentro de ella y de desviar a sus miembros de la verdadera fe (1 Juan 2:26).

La negación del mesiazgo de Jesús

Por lo menos algunos de estos falsos maestros negaban que Jesús fuera el Mesías: « ¿Quién es el mentiroso más que el que niega que Jesús es el Cristo?» (1 Juan 2:22). Es muy probable que estos falsos profetas no fueran gnósticos puros, sino judíos. Siempre habían tenido las cosas difíciles los judíos cristianos; pero los últimos sucesos históricos se las hacían doblemente difíciles. Le era muy difícil a un judíos llegar a creer en un Mesías crucificado, Pero, suponiendo que hubiera empezado a creer, sus dificultades nos habían terminado ni mucho menos. Los cristianos creían que Jesús volvería pronto para vindicar a Su pueblo. Está claro que eso sería una esperanza especialmente preciosa para los corazones de los judíos. Y entonces, en el año 70 d.C., Jerusalén fue capturada por los romanos, que estaban tan enfurecidos con la prolongada intransigencia y resistencia suicida de los judíos que arrasaron la Santa Ciudad hasta el punto de hacer pasar un arado por toda ella. En vista de eso, ¿cómo podía un judío aceptar fácilmente la esperanza de que Jesús vendría para salvar a Su pueblo? La Ciudad Santa estaba desolada; los judíos estaban exiliados por todo el mundo. A la vista de todo eso, ¿cómo podría ser verdad que hubiera venido el Mesías?

La negación de la encarnación

Había otra cosa que era todavía más seria. Había una enseñanza falsa que procedía directamente de un intento surgido en el interior de la Iglesia de poner el Cristianismo en armonía con el gnosticismo. Debemos recordar el punto de vista gnóstico de que sólo el espíritu era bueno, y la materia era completamente mala. Dado ese punto de vista, cualquier encarnación real era imposible. Eso fue exactamente lo que Agustín indicó siglos después. Antes de hacerse cristiano, era instruido en las filosofías de diversas escuelas. En sus Confesiones (6:9) nos dice que en algún lugar de los escritores paganos había leído en una u otra forma casi todas las ideas del Cristianismo; pero había un gran dicho cristiano que nunca encontró, ni encontraría nadie nunca, en ningún escritor pagano: «La Palabra Se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14). Como los pensadores paganos creían en la esencial maldad de la materia, y por tanto, del cuerpo, eso era algo que no dirían nunca.

Está claro que los falsos maestros contra los que Juan escribió esta primera carta negaban la realidad de la Encarnación y del cuerpo físico de Jesús. «Todo espíritu -escribe Juan- que confiese que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiese a Jesús, no es de Dios» (1 Juan 4:2s; R-V sigue otro texto ligeramente diferente).

En la Iglesia Primitiva esta repulsa a admitir la realidad de la Encarnación tomaba, hablando en general, dos formas.

(i) En su forma más radical y total se llamaba docetismo, que Goodspeed sugería que se podría traducir por Seemism -en inglés, que en español sería parecismo. El verbo griego dokein quiere decir parecer; y los docetistas enseñaban que Jesús solamente parecía tener un cuerpo. Insistían en que era un Ser puramente espiritual Que no tenía sino la apariencia de un cuerpo. Uno de los libros apócrifos que se escribieron desde este punto de vista es Los Hechos de Juan, que data de alrededor del año 160 d.C. En él se presenta a Juan diciendo que algunas veces, cuando tocaba a Jesús, le parecía un cuerpo material; pero otras, «la sustancia era inmaterial, como si no existiera en absoluto;» y también que cuando Jesús andaba nunca dejaba huellas en el suelo. La forma más simple del docetismo era la total negación de que Jesús tuviera nunca un cuerpo físico.

(ii) Había una variante de esta teoría, más sutil y tal vez más. peligrosa, conectada con el nombre de Cerinto. Según la tradición, Juan y Cerinto eran enemigos acérrimos. Eusebio (Historia Eclesiástica 4:14.6) transmite una historia que nos cuenta que una vez fue Juan a los baños públicos de Efeso, y cuando vio que estaba allí Cerinto se negó hasta a entrar en el edificio. «¡Huyamos -exclamó, no sea que se hundan los baños, porque Cerinto, el enemigo de la verdad, está dentro!» Cerinto trazaba una distinción definida entre el Jesús humano y el Cristo divino. Decía que Jesús era un hombre nacido de la manera natural. Vivió en especial obediencia a Dios, y en Su bautismo descendió sobre Él el Cristo en la forma de una paloma de aquel Poder que es sobre todo poder, y entonces trajo a la humanidad la Noticia del Padre que era hasta entonces desconocida. Cerinto no se detenía allí. Decía que, al final de la vida de Jesús, el Cristo se retiró de nuevo de Él, así es que el Cristo nunca sufrió. Fue el Jesús humano el que sufrió, murió y resucitó. Esto sale de nuevo en las historias de los evangelios apócrifos, escritos bajo la influencia de este punto de vista. En el Evangelio de Pedro, escrito alrededor del año 130 d.C., se dice que Jesús no daba señales de tener ningún dolor en la Cruz, y que Su grito fue: « ¡Mi Poder, Mi Poder!, ¿Por qué Me has abandonado?» Fue en ese momento cuando el Cristo divino dejó al Jesús humano. Los Hechos de Juan llegan más lejos. Dicen que, cuando estaban crucificando al Jesús humano en el Calvario, Juan estaba hablando con el Cristo divino en una cueva en la ladera del monte, y que el Cristo le dijo: «Juan, para la multitud allá abajo en Jerusalén me están crucificando y atravesando con cañas y con lanzas, y me dan vinagre y hiel a beber. Pero estoy hablando contigo, y préstame atención a lo que te digo: Nada, por tanto, de las cosas que dirán de mí las he sufrido» (Hechos de Juan 97). Se puede ver hasta qué punto se había extendido esta manera de pensar en las cartas de Ignacio de Antioquía. Las escribió a un grupo de iglesias de Asia Menor que deben de haber sido las mismas a las que iba dirigida Primera de Juan. Ignacio las escribió cuando le llevaban preso a Roma para sufrir el martirio despedazado por las fieras en el circo. Escribió a los tralianos: «Sed sordos, por tanto, cuando alguien os hable de fuera de Jesucristo, Que fue de la familia de David y de María, Que nació de veras, comió y bebió, fue realmente perseguido bajo Poncio Pilato, fue crucificado realmente y murió… Que también resucitó realmente de los muertos… Pero si, como algunos afirman que no son de Dios -es decir, que son incrédulos, Su sufrimiento fue sólo en apariencia… ¿por qué estoy yo preso?» (Ignacio, A los Tralianos, 9 y 10). A los cristianos de Esmirna escribió: «Porque Él sufrió todas estas cosas por nosotros para que alcanzáramos la salvación, y Él murió realmente de la misma manera que también verdaderamente resucitó, no como dicen algunos incrédulos que dicen que Su pasión fue una mera semejanza» (A los Esmirniotas, 2). Y Policarpo, escribiendo a los filipenses, usó las mismas palabras de Juan: « Porque cualquiera que no confiese que Jesucristo ha venido en la carne es un anticristo» (A los Filipenses, 7:1). Esta enseñanza. de Cerinto también se opone en Primera de Juan. Juan escribe de Jesús: «Este es el Que vino mediante agua y sangre, Jesucristo; no con el agua solamente, sino con el agua y la sangre» (1 Juan 5:6). La razón de este versículo es que los maestros gnósticos habrían estado de acuerdo en que el Cristo divino vino por agua, es decir, en el bautismo de Jesús, pero habrían negado que viniera por sangre, es decir, por la Cruz; porque ellos insistían en que el Cristo divino dejó al Jesús humano antes de Su crucifixión. El gran peligro de esta herejía es que viene de lo que no se puede llamar más que una veneración equivocada. Tiene miedo de atribuirle a Jesús una humanidad plena. Considera irreverente pensar que Él tuviera un cuerpo físico. Es una herejía que no ha muerto del todo, y que se sigue encontrando hasta este día, por lo general inconscientemente, entre no pocos devotos cristianos. Pero hay que recordar, como Juan vio tan claramente, que nuestra salvación depende de la plena identificación de Jesucristo con nosotros. Como uno de los grandes primeros padres expresó de manera inolvidable: «Se hizo lo que nosotros somos para hacernos lo que Él es.»

(iii) Esta creencia gnóstica tenía ciertas consecuencias prácticas en las vidas de los que la sustentaban.

(a) La actitud gnóstica hacia la materia y hacia todas las cosas creadas producía una cierta actitud hacia el cuerpo y las cosas del cuerpo. Esa actitud podía tomar tres formas diferentes.

(1) Podía tomar la forma de ascetismo, con ayuno y celibato y rígido control, y aun maltrato deliberado del cuerpo. El punto de vista de que el celibato es mejor que el matrimonio y que el sexo es pecaminoso se remonta a la influencia y fe gnóstica -y este es un punto de vista que todavía se mantiene en ciertos lugares. No se hace la menor referencia a ese punto de vista en esta carta.

(2) Podía tomar la forma. de que el cuerpo no importaba, y que, por tanto, sus apetitos se podían gratificar sin límite. Puesto que el cuerpo era. malo de todas maneras, era indiferente lo que se hiciera con él. Hay ecos de esto en Primera de Juan. Juan condena como mentiroso al que diga que conoce a Dios, y sin embargo no guarde Sus mandamientos; la persona que dice que permanece en Cristo debe andar como Cristo anduvo (1 Juan 1:6; 2:4-6). Había sin duda gnósticos en estas comunidades que pretendían tener un conocimiento especial de Dios, pero cuya conducta estaba muy lejos de las demandas de la ética cristiana. En algunos lugares esta actitud gnóstica llegaba aún más lejos. Los gnósticos eran personas que tenían gnosis, conocimiento. Algunos sostenían que el verdadero gnóstico debía por tanto conocer el bien lo mismo que el mal, y debía entrar en todas las experiencias de la vida, tanto las más elevadas como las más degradadas. Casi se podría decir que tales personas mantenían que era una obligación el pecar. Hay una referencia a esta clase de actitud en la carta a Tiatira en el Apocalipsis, donde el Cristo resucitado Se refiere a los que han conocido «las profundidades de Satanás» (Apocalipsis 2:24). Y bien puede ser que Juan se esté refiriendo a estas personas cuando insiste en que «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en Él» (1 Juan 1: S). Estos gnósticos concretos habrían mantenido que en Dios había, no sólo una luz deslumbrante, sino también profundas tinieblas -y que uno había de penetrar ambas cosas. Es fácil ver las desastrosas consecuencias de tal actitud.

(3) Había una tercera clase de fe gnóstica. El verdadero gnóstico, se consideraba a sí mismo como un hombre completamente espiritual, que se había despojado de todas las cosas materiales de la vida y había liberado su espíritu de la esclavitud de la materia. Tales gnósticos sostenían que eran tan espirituales que estaban por encima y más allá del pecado, y que habían alcanzado la perfección espiritual. Es a ellos a los que se refiere Juan cuando habla de los que se engañan a sí mismos diciendo que no tienen pecado (1 Juan 1:8-10). Cualquiera que fuera de estas tres formas la que tomara la fe gnóstica, sus consecuencias eran peligrosas en extremo; y está claro que las dos últimas se encontraban en las iglesias a las que Juan escribió.

(b) Además, este gnosticismo desembocaba en una actitud hacia las personas que producía la destrucción de la comunión cristiana. Ya hemos visto que los gnósticos aspiraban a la liberación del espíritu de la prisión del cuerpo malo mediante un conocimiento elaborado y esotérico. Está claro que tal conocimiento no era para todo el mundo. La gente ordinaria estaba demasiado involucrada en la vida diaria y el trabajo del mundo para tener tiempo para la disciplina y el estudio necesarios; y, aunque hubieran tenido tiempo, muchos eran intelectualmente incapaces de captar las especulaciones implicadas en la llamada teosofía y filosofía gnóstica.

Esto producía un resultado inevitable. Dividía a las personas en dos clases: los que eran capaces de una vida realmente espiritual, y ‹lo que no. Los gnósticos daban nombre a estas dos clases de personas. Los antiguos dividían generalmente el ser del hombre en tres partes. Estaba el sóma, el cuerpo, -la parte física de la persona. Estaba la psyjé, que solemos traducir por alma, pero debemos tener cuidado, porque no quiere decir lo que solemos entender por el alma. Para los griegos la psyjé era el principio de la vida física. Todo lo que tiene vida física tiene psyjé. Psyjé era ese principio vital que el ser humano tiene en común con todos los seres vivos. Estaba el pneuma, el espíritu, y era el espíritu la parte que sólo el ser humano poseía, y que le hacía semejante a Dios.

La finalidad del gnosticismo era liberar el pneuma del sóma; pero esa liberación no se podía alcanzar nada más que tras un largo y arduo estudio que solamente podían emprender los intelectuales ociosos. Los gnósticos por tanto dividían a las personas en dos categorías: los psyjikoi, que no podían nunca sobrepasar el principio de la vida física ni alcanzar ninguna otra cosa que lo que para todos los sentidos y propósitos era la vida animal. Y los pneumatikoi, que eran los verdaderamente espirituales y verdaderamente semejantes a Dios.

El resultado estaba claro: los gnósticos producían una aristocracia espiritual que miraba por encima del hombro y aun aborrecía a los hombres inferiores. Los pneumatikoi consideraban a los psyjikoi como despreciables criaturas terrenales que no podrían nunca saber lo que era la verdadera religión. La consecuencia era obviamente la aniquilación de la comunión cristiana.

Por eso Juan insiste en toda su carta en que la verdadera prueba del Cristianismo es el amor a los hermanos. Si andamos de veras en la luz, tenemos comunión entre nosotros (1:7). El que dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está de hecho en las tinieblas (2:9-1 l). La prueba de que hemos pasado de las tinieblas a la luz es que amamos a los hermanos 3:14-17). Las marcas del Cristianismo son la fe en Cristo y el amor a los hermanos (3:23). Dios es amor, y el que no ama no conoce a Dios en absoluto (4:7s). Porque Dios nos ha amado, nosotros debemos amarnos unos a otros; es cuando nos amamos unos a otros cuando Dios mora en nosotros (4:10-12). El mandamiento es que el que ame a Dios debe también amar a su hermano, y el que diga que ama a Dios aborreciendo al mismo tiempo a su hermano es un mentiroso (4:20s). Los gnósticos, para decirlo bien a las claras, habrían dicho que la cualidad distintiva de la verdadera religión es el desprecio a la gente ordinaria. Juan insiste en todos los capítulos en que la cualidad distintiva de la verdadera religión es el amor a todos.

Aquí, pues, tenemos una descripción de estos herejes gnósticos. Hablaban de ser nacidos de Dios, de andar en la luz, de no tener pecado, de morar en Dios y de conocer a Dios. Estos eran sus lemas. No se proponían destruir la Iglesia y la fe; lo que pretendían era limpiar la Iglesia de la escoria y convertir el Cristianismo en una filosofía intelectualmente respetable, apta para mantenerse al lado de los grandes sistemas del día. Pero la consecuencia de esta enseñanza era negar la Encarnación, eliminar la ética cristiana y hacer imposible la comunión dentro de la Iglesia. No debe sorprendernos que Juan, con una devoción pastoral tan ferviente, tratara de defender de un ataque tan insidioso que les venía a las iglesias que amaba desde dentro de ellas. Esta era una amenaza mucho más peligrosa que cualquier persecución pagana; lo que estaba en peligro era la misma existencia de la fe cristiana.

El mensaje de Juan

Primera de Juan es una carta breve, y no debemos buscar en ella una exposición sistemática de la fe cristiana. Sin embargo, será del mayor interés para nosotros el examinar las creencias .básicas subyacentes con las que Juan confronta a aquellos que amenazaban con dar al traste con la fe cristiana.

El propósito de la carta

El propósito de Juan al escribir esta carta era doble, y sin embargo uno solo. Escribe para que el gozo de su pueblo sea completo (1:4), y para que no caigan en pecado (2:1). Ve claramente que por muy atractivo que sea el camino falso, no conduce a la felicidad. Producirles gozo y preservarlos del pecado es una y la misma cosa.

La idea de Dios

Juan tiene dos grandes cosas que decir acerca de dios. Dios es luz, y en Él no caben las tinieblas (J:5). Dios es amor, y eso Le movió a amarnos antes de que nosotros Le amáramos a Él, y a enviar a Su Hijo como el remedio para nuestros pecados (4:7-10, 16). Juan está convencido de que Dios Se revela a Sí mismo y Se da a Sí mismo. Dios es luz y no tinieblas; es amor y no odio..

La idea de Jesús

Como el ataque principal de los falsos maestros era a la Persona de Cristo, esta carta, que se propone contestarles, es especialmente rica y de ayuda por lo que tiene que decir acerca de El.

(i) Jesús es el Que era desde el principio (1:1; 2:14). Cuando una persona se encuentra cara a cara con Jesús, está ante lo eterno.

(ii) Otra manera de expresarlo sería decir que Jesús es el Hijo de Dios, y para Juan era esencial estar convencido de eso (4:15; 5:5). La relación de Jesús con Dios es única, y en Él se ve el corazón siempre buscador y siempre perdonador de Dios.

(iii) Jesús es el Cristo, el Mesías (2:22; 5:1). De nuevo encontramos que esto era para Juan un artículo esencial de la fe. Puede que parezca que aquí entramos en un mundo de ideas que es mucho más estrecho, y de hecho específicamente judío; pero aquí nos encontramos con algo esencial. Decir que Jesús es desde el principio y que es el Hijo de Dios es mantener Su conexión con la eternidad. Decir que Él es el Mesías es mantener Su relación con la Historia. Es ver Su venida como el acontecimiento hacia el cual se iba moviendo el plan de Dios, y desarrollándose en Su pueblo escogido.

(iv) Jesús era verdadera y totalmente hombre. El negar que Jesús viniera en la carne era estar bajo la influencia del espíritu del anticristo (4:2s). El testimonio de Juan es que Jesús era tan verdaderamente humano que él mismo Le había conocido y tocado y experimentado (1:1,3). Ningún escritor del Nuevo Testamento subraya con más intensidad la plena realidad de la Encarnación. No solamente el Hijo de Dios se hizo hombre, sino que sufrió por los hombres. Vino por agua y por sangre (5:6) y ofreció. Su vida por los hombres (3:16).

(v) La venida de Jesús, Su Encarnación, Su vida, Su muerte, Su Resurrección y Su Ascensión se combinan todas para tratar el pecado humano. Jesús era sin pecado (3:5); y el hombre es esencialmente pecador, aunque en sú arrogancia pretenda ser sin pecado (1:8-10); y sin embargo el único sin pecado vino a desplazar de los pecadores el pecado (3:5). En relación con el pecado humano Jesús es dos cosas.

(a) Es nuestro Abogado con el Padre (2:1). La palabra que se usa es paráklétos. Un paráklétos el alguien que es llamado para ayudar. La palabra se podía aplicar a un médico; se usaba a menudo de un testigo convocado para dar evidencia a favor de alguien en un juicio, o de un abogado convocado para defender a alguien bajo acusación. Jesús aboga nuestra causa con Dios; Él, el único sin pecado, es el Defensor de los pecadores.

(b) Pero Jesús es más que eso. Juan Le llama dos veces expiación por nuestros pecados (2:2; 4:10). Cuando uno peca, la relacipn que debería existir entre él y Dios se rompe. Un sacrificio expiatorio es el que restaura esa relación; o, más bien, un sacrificio en virtud del cual se restaura esa relación. Es un sacrificio reconciliador, un sacrificio que vuelve a hacer que el hombre y Dios se aúnen. Así pues, por medio de lo que Jesús era e hizo, la relación entre Dios y el hombre, rota por el pecado, es restaurada. Jesús no solamente defiende la causa del pecador; le coloca en estrecha relación filial con Dios. La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado (1:7).

(vi) En consecuencia de todo esto, por medio de Jesucristo los creyentes tienen vida (4:9; 5:11 s). Esto es verdad en un doble sentido. Tienen la vida en el sentido de que son librados de la muerte; y tienen la vida porque para ellos el vivir ya no es un mero existir, sino que se ha convertido en la verdadera vida.

(vii) Todo esto se puede resumir diciendo que Jesús es el Salvador del mundo (4:14). Aquí tenemos algo que tiene que presentarse plenamente en su totalidad. «El Padre envió al Hijo para que fuera el Salvador del mundo» (4:14). Ya hemos dicho que Jesús aboga la causa de la humanidad delante de Dios. Si dejáramos así la cosa, se podría pensar que Dios quería condenar a la humanidad, y cambió de intención a causa del sacrificio personal de. Jesucristo. Pero esa no es la verdad, porque para Juan, como para todos los autores del Nuevo Testamento, la iniciativa y el proyecto fueron cosa de Dios. Fue Él el Que dio a Su Hijo para que fuera el Salvador de la humanidad.

En el breve espacio de esta carta se nos presenta en toda su plenitud la maravilla y la gloria y la gracia de Cristo.

El espíritu

En esta carta Juan tiene menos que decir acerca del Espíritu; para su enseñanza más completa acerca de Él debemos volver al Cuarto Evangelio. Se podría decir que en Primera de Juan la función de Espíritu es la de ser de alguna manera el enlace entre Dios y el hombre. Es el Espíritu el Que nos hace conscientes de la presencia permanente de Dios en nosotros por medio de Jesucristo (3:24; 4:13). Se podría decir que es el Espíritu el Que nos capacita para aceptar la preciosa comunión con Dios que se nos ofrece.

El mundo

El mundo en el que vive el cristiano es hostil; es un mundo sin Dios. No conoce a los cristianos, porque tampoco conoció a Cristo (3:1). Aborrece a los cristianos de la misma manera que aborreció a Cristo (3:13). Los falsos maestros son del mundo y no de Dios, y como hablan el lenguaje del mundo, el mundo está dispuesto a escucharlos y aceptarlos (4:4s). Todo el mundo, dice Juan abierta y comprehensivamente, está en poder del maligno (5:19). Esa es la razón por la que el cristiano ha vencido al mundo, y su arma en esta lucha con el mundo es la fe (5:4).

El mundo hostil está condenado. El mundo y todos sus deseos son pasajeros (2:17). Por esta razón, está claro que es una necedad darle nuestro corazón al mundo. El mundo lleva camino de desintegrarse. Aunque el cristiano vive en un mundo hostil que está en vías de desaparecer, no hay por qué desesperar o temer. Las tinieblas han pasado, y ya alumbra la verdadera luz (2:8). Dios Se ha introducido en el mundo en la Persona de Cristo; la nueva edad ya ha comenzado. No ha alcanzado todavía su plenitud, pero su consumación es segura.

El cristiano vive en un mundo malo y hostil, pero posee algo con lo que puede vencer al mundo; y, cuando llegue el fin inevitable del mundo, el cristiano estará a salvo, porque ya posee lo que le hace miembro de la nueva comunidad en la nueva edad.

La comunión de la iglesia

Juan no se limita a moverse por las altas esferas de la teología; tiene algunas cosas inmensamente prácticas que decir acerca de la Iglesia Cristiana y de la vida cristiana. Ningún otro autor del Nuevo Testamento subraya tan insistente y enfáticamente la necesidad de la comunión cristiana. Juan estaba convencido de que los cristianos no están vinculados solamente con Dios, sino también entre sí. Cuando andamos en la luz, tenemos comunión unos con otros (1:7). El que pretenda andar en la luz pero aborrezca a su hermano, en realidad está andando en las tinieblas; es el que de veras ama a su hermano el que está realmente en la luz (2:9-1 l). La prueba de que una persona ha pasado de las tinieblas a la luz es el hecho de que ama a sus hermanos. El odiar a un hermano es en esencia ser un asesino, como lo fue Caín. Si uno tiene recursos propios para ayudar a su hermano en su pobreza, y no lo hace, es ridículo que pretenda tener el amor de Dios. La esencia de la religión es creer en el nombre del Señor Jesucristo, y amarnos unos a otros (3:11-17, 23). Dios es amor; y, por tanto, el que ama. participa de la naturaleza de Dios. Dios nos ama, y esa es la mejor razón para amarnos unos a otros (4:7-12). Si uno dice que ama a Dios, y al mismo tiempo aborrece a su hermano, es un mentiroso. El mandamiento es que el que ame a Dios debe amar también a su hermano (4:20s).

Juan estaba convencido de que la única manera en que podemos demostrar que amamos a Dios es amando a nuestros hermanos; y que ese amor no debe ser meramente una emoción sensiblera, sino una dinámica que nos mueva a la ayuda práctica.

La integridad del cristiano

No hay otro escritor del Nuevo Testamento que haga una llamada ética tan insistente como Juan, ni que condene más enérgicamente una supuesta religión que no desemboque en la acción ética. Dios es justo, y la vida de todos los que Le conozcan debe reflejar Su justicia (2:29). El que permanezca en Cristo y sea nacido de Dios, no peca; el que no obra como es debido no es de Dios (3:3-10); y la característica de esta justicia es que se manifiesta en el amor a los hermanos (3: l0s).

Mostramos que amamos a Dios y a nuestros semejantes cuando guardamos los mandamientos de Dios (5:2). Quienquiera que sea nacido de Dios, no peca (5:18).

Para. Juan, el conocimiento de Dios y la obediencia a Sus mandamientos deben ir siempre de la mano. Es guardando Sus mandamientos como probamos que conocemos de veras a Dios. El que diga que Le conoce y no guarde Sus mandamientos, es un mentiroso (2:3-5).

De hecho esta obediencia es la base de la oración efectiva. Recibimos lo que Le pedimos a Dios porque guardamos Sus mandamientos y hacemos lo que a Él Le agrada (3:22).

Los dos distintivos que caracterizan el verdadero Cristianismo son el amor a los hermanos y la obediencia a los mandamientos revelados de Dios.

Los destinatarios de la carta

Hay algunos problemas alucinantes en relación con los destinatarios de la carta. La carta misma no nos da ninguna clave en cuanto a dónde iba dirigida. La tradición la relaciona con Asia Menor, y especialmente con Éfeso, donde según la tradición Juan vivió muchos años. Pero hay algunos otros hechos curiosos que hay que explicar de alguna manera. Casiodoro dice que la Primera de Juan se titulaba Ad Parthos, A los Partos; y Agustín tiene una serie de diez tratados sobre la Epístola de Juan ad Parthos. Un manuscrito de Ginebra complica la cosa todavía más titulando la carta Ad Sparthos. No existe que se sepa la palabra Sparthós. Hay dos posibles^explicaciones de este título improbable.

(i) Es remotamente posible que quiera decir Ad Sparsos, que querría decir A los cristianos diseminados; y

(ii), en griego Ad Parthos sería Pros Parthus. Ahora bien, en los primeros manuscritos no había ningún espacio entre las palabras, y estaba todo escrito en letras mayúsculas; así que el título podría haber sido PROSPARTHUS. Un amanuense que estuviera escribiendo al dictado podría muy fácilmente ponerlo como PROSSPARTHUS, especialmente si no sabía lo que quería decir el título.

Ad Sparthos se puede eliminar como una mera errata.

Pero, ¿de dónde salió eso de A los partos? Hay una posible explicación. Segunda de Juan nos dice adónde iba destinada: se le escribió a La señora elegida y sus hijos (2 Juan 1). Veamos el final de Primera de Pedro. La Reina-Valera dice: «La iglesia que está en Babilonia, elegida juntamente con vosotros, y Marcos mi hijo, os saludan» (1 Pedro 5:13). La palabra iglesia se ponía en cursiva en las revisiones anteriores a 1960 para indicar que no está en el original. Alguna otra traducción pone « La que está en Babilonia, que es igualmente elegida, os envía saludos.» Por lo que se refiere al original sería perfectamente posible y hasta natural el tomar esto como una referencia, no a una iglesia, sino a una señora. Eso precisamente fue lo que hicieron algunos de los investigadores de la Iglesia Primitiva. Ahora aparece la señora elegida otra vez en Segunda de Juan. Era fácil identificar las dos señoras elegidas y suponer que Segunda de Juan también se escribió a Babilonia. El gentilicio natural de los habitantes de Babilonia era el de partos, y aquí. tenemos la explicación del-curioso título.

El proceso llegó más lejos. La señora elegida es en griego hé eklekté. Ya hemos visto que los primeros manuscritos estaban escritos en letras mayúsculas; y sería posible tomar EKLEKTÉ, no como un adjetivo que significa elegida, sino como nombre propio, Eklekta. Esto sería, de hecho, lo que habría hecho Clemente de Alejandría; porque tenemos información de que él decía que las cartas joaninas ibas dirigidas a una cierta señora de Babilonia llamada Eklekta y a sus hijos.

Bien puede ser entonces que el título Ad Parthos surgiera de una serie de malentendidos. La elegida de Primera de Pedro es seguramente la iglesia, como traduce correctamente la Reina-Valera. Moffatt tradujo: « Tu iglesia hermana en Babilonia, elegida como vosotros, os saluda.» Además, es casi seguro que en cualquier caso Babilonia era el nombre que se daba a Roma, que los primeros cristianos identificaban con Babilonia, la gran ramera, borracha de la sangre de los santos (Cp. Apocalipsis 17:5). El título Ad Parthos tiene una historia muy interesante, pero está claro que surgió de un malentendido.

Hay otra complicación adicional. Clemente de Alejandría se refería a las cartas de Juan como « escritas a vírgenes.» Eso es extraño, porque no hay nada en ellas que lo sugiera. Ahora bien, ¿de dónde salió esa idea? El griego sería Pros Parthenus, que se parece mucho a Pros Parthus; y resulta que a Juan se le llamaba frecuentemente Ho Parthenos, el virgen, porque no se casó nunca y por la pureza de su vida. Este nuevo título debe de haber salido de una confusión entre Ad Parthos y Ho Parthenos.

Este es un caso en el que podemos considerar que la tradición es correcta, y que todas las teorías ingeniosas están equivocadas. Podemos considerar que estas cartas se escribieron en Éfeso, e iban dirigidas a las iglesias próximas de Asia Menor. Cuando Juan las escribió, sería al distrito en el que se reconocía su autoridad, que eran Éfeso y el territorio circundante. Nunca se le menciona en relación con Babilonia.

En defensa de la fe

Juan escribió su gran primera carta para salir al paso de una situación amenazadora y en defensa de la fe. Las herejías que atacaba no son meros « ecos de viejas cosas desdichadas y peregrinas, y batallas de. mucho tiempo ha;» están todavía bajo la superficie, y algunas veces hasta asoman la cabeza. El estudiar esta carta nos confirmará en la verdadera fe, y nos permitirá tener a mano una defensa contra lo que nos quiera seducir a apartarnos de ella.[/private][/private][/private][/private]

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