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Introducción a la primera carta de Juan

Pastor Lionel

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Los falsos maestros

Teniendo lo dicho en mente, pasemos a Primera de Juan para recoger la evidencia en cuanto a quiénes eran y qué enseñaban estos falsos maestros. Habían estado dentro de la Iglesia, pero se habían separado de ella. «Salieron de nosotros, pero no eran de los nuestros» (1 Juan 2:19). Eran personas influyentes, porque pretendían ser profetas: «Muchos falsos profetas han salido por el mundo» (1 Juan 4:1). Aunque habían salido de la Iglesia, todavía trataban de diseminar sus enseñanzas dentro de ella y de desviar a sus miembros de la verdadera fe (1 Juan 2:26).

La negación del mesiazgo de Jesús

Por lo menos algunos de estos falsos maestros negaban que Jesús fuera el Mesías: « ¿Quién es el mentiroso más que el que niega que Jesús es el Cristo?» (1 Juan 2:22). Es muy probable que estos falsos profetas no fueran gnósticos puros, sino judíos. Siempre habían tenido las cosas difíciles los judíos cristianos; pero los últimos sucesos históricos se las hacían doblemente difíciles. Le era muy difícil a un judíos llegar a creer en un Mesías crucificado, Pero, suponiendo que hubiera empezado a creer, sus dificultades nos habían terminado ni mucho menos. Los cristianos creían que Jesús volvería pronto para vindicar a Su pueblo. Está claro que eso sería una esperanza especialmente preciosa para los corazones de los judíos. Y entonces, en el año 70 d.C., Jerusalén fue capturada por los romanos, que estaban tan enfurecidos con la prolongada intransigencia y resistencia suicida de los judíos que arrasaron la Santa Ciudad hasta el punto de hacer pasar un arado por toda ella. En vista de eso, ¿cómo podía un judío aceptar fácilmente la esperanza de que Jesús vendría para salvar a Su pueblo? La Ciudad Santa estaba desolada; los judíos estaban exiliados por todo el mundo. A la vista de todo eso, ¿cómo podría ser verdad que hubiera venido el Mesías?

La negación de la encarnación

Había otra cosa que era todavía más seria. Había una enseñanza falsa que procedía directamente de un intento surgido en el interior de la Iglesia de poner el Cristianismo en armonía con el gnosticismo. Debemos recordar el punto de vista gnóstico de que sólo el espíritu era bueno, y la materia era completamente mala. Dado ese punto de vista, cualquier encarnación real era imposible. Eso fue exactamente lo que Agustín indicó siglos después. Antes de hacerse cristiano, era instruido en las filosofías de diversas escuelas. En sus Confesiones (6:9) nos dice que en algún lugar de los escritores paganos había leído en una u otra forma casi todas las ideas del Cristianismo; pero había un gran dicho cristiano que nunca encontró, ni encontraría nadie nunca, en ningún escritor pagano: «La Palabra Se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14). Como los pensadores paganos creían en la esencial maldad de la materia, y por tanto, del cuerpo, eso era algo que no dirían nunca.

Está claro que los falsos maestros contra los que Juan escribió esta primera carta negaban la realidad de la Encarnación y del cuerpo físico de Jesús. «Todo espíritu -escribe Juan- que confiese que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiese a Jesús, no es de Dios» (1 Juan 4:2s; R-V sigue otro texto ligeramente diferente).

En la Iglesia Primitiva esta repulsa a admitir la realidad de la Encarnación tomaba, hablando en general, dos formas.

(i) En su forma más radical y total se llamaba docetismo, que Goodspeed sugería que se podría traducir por Seemism -en inglés, que en español sería parecismo. El verbo griego dokein quiere decir parecer; y los docetistas enseñaban que Jesús solamente parecía tener un cuerpo. Insistían en que era un Ser puramente espiritual Que no tenía sino la apariencia de un cuerpo. Uno de los libros apócrifos que se escribieron desde este punto de vista es Los Hechos de Juan, que data de alrededor del año 160 d.C. En él se presenta a Juan diciendo que algunas veces, cuando tocaba a Jesús, le parecía un cuerpo material; pero otras, «la sustancia era inmaterial, como si no existiera en absoluto;» y también que cuando Jesús andaba nunca dejaba huellas en el suelo. La forma más simple del docetismo era la total negación de que Jesús tuviera nunca un cuerpo físico.

(ii) Había una variante de esta teoría, más sutil y tal vez más. peligrosa, conectada con el nombre de Cerinto. Según la tradición, Juan y Cerinto eran enemigos acérrimos. Eusebio (Historia Eclesiástica 4:14.6) transmite una historia que nos cuenta que una vez fue Juan a los baños públicos de Efeso, y cuando vio que estaba allí Cerinto se negó hasta a entrar en el edificio. «¡Huyamos -exclamó, no sea que se hundan los baños, porque Cerinto, el enemigo de la verdad, está dentro!» Cerinto trazaba una distinción definida entre el Jesús humano y el Cristo divino. Decía que Jesús era un hombre nacido de la manera natural. Vivió en especial obediencia a Dios, y en Su bautismo descendió sobre Él el Cristo en la forma de una paloma de aquel Poder que es sobre todo poder, y entonces trajo a la humanidad la Noticia del Padre que era hasta entonces desconocida. Cerinto no se detenía allí. Decía que, al final de la vida de Jesús, el Cristo se retiró de nuevo de Él, así es que el Cristo nunca sufrió. Fue el Jesús humano el que sufrió, murió y resucitó. Esto sale de nuevo en las historias de los evangelios apócrifos, escritos bajo la influencia de este punto de vista. En el Evangelio de Pedro, escrito alrededor del año 130 d.C., se dice que Jesús no daba señales de tener ningún dolor en la Cruz, y que Su grito fue: « ¡Mi Poder, Mi Poder!, ¿Por qué Me has abandonado?» Fue en ese momento cuando el Cristo divino dejó al Jesús humano. Los Hechos de Juan llegan más lejos. Dicen que, cuando estaban crucificando al Jesús humano en el Calvario, Juan estaba hablando con el Cristo divino en una cueva en la ladera del monte, y que el Cristo le dijo: «Juan, para la multitud allá abajo en Jerusalén me están crucificando y atravesando con cañas y con lanzas, y me dan vinagre y hiel a beber. Pero estoy hablando contigo, y préstame atención a lo que te digo: Nada, por tanto, de las cosas que dirán de mí las he sufrido» (Hechos de Juan 97). Se puede ver hasta qué punto se había extendido esta manera de pensar en las cartas de Ignacio de Antioquía. Las escribió a un grupo de iglesias de Asia Menor que deben de haber sido las mismas a las que iba dirigida Primera de Juan. Ignacio las escribió cuando le llevaban preso a Roma para sufrir el martirio despedazado por las fieras en el circo. Escribió a los tralianos: «Sed sordos, por tanto, cuando alguien os hable de fuera de Jesucristo, Que fue de la familia de David y de María, Que nació de veras, comió y bebió, fue realmente perseguido bajo Poncio Pilato, fue crucificado realmente y murió… Que también resucitó realmente de los muertos… Pero si, como algunos afirman que no son de Dios -es decir, que son incrédulos, Su sufrimiento fue sólo en apariencia… ¿por qué estoy yo preso?» (Ignacio, A los Tralianos, 9 y 10). A los cristianos de Esmirna escribió: «Porque Él sufrió todas estas cosas por nosotros para que alcanzáramos la salvación, y Él murió realmente de la misma manera que también verdaderamente resucitó, no como dicen algunos incrédulos que dicen que Su pasión fue una mera semejanza» (A los Esmirniotas, 2). Y Policarpo, escribiendo a los filipenses, usó las mismas palabras de Juan: « Porque cualquiera que no confiese que Jesucristo ha venido en la carne es un anticristo» (A los Filipenses, 7:1). Esta enseñanza. de Cerinto también se opone en Primera de Juan. Juan escribe de Jesús: «Este es el Que vino mediante agua y sangre, Jesucristo; no con el agua solamente, sino con el agua y la sangre» (1 Juan 5:6). La razón de este versículo es que los maestros gnósticos habrían estado de acuerdo en que el Cristo divino vino por agua, es decir, en el bautismo de Jesús, pero habrían negado que viniera por sangre, es decir, por la Cruz; porque ellos insistían en que el Cristo divino dejó al Jesús humano antes de Su crucifixión. El gran peligro de esta herejía es que viene de lo que no se puede llamar más que una veneración equivocada. Tiene miedo de atribuirle a Jesús una humanidad plena. Considera irreverente pensar que Él tuviera un cuerpo físico. Es una herejía que no ha muerto del todo, y que se sigue encontrando hasta este día, por lo general inconscientemente, entre no pocos devotos cristianos. Pero hay que recordar, como Juan vio tan claramente, que nuestra salvación depende de la plena identificación de Jesucristo con nosotros. Como uno de los grandes primeros padres expresó de manera inolvidable: «Se hizo lo que nosotros somos para hacernos lo que Él es.»

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