Introducción a la carta a los Colosenses

Las ciudades del Valle del Lico

A unos ciento cincuenta kilómetros de Éfeso, en el valle del río Lico, cerca de donde se une con el Meandro, hubo una vez tres ciudades importantes: Laodicea, Hierápolis y Colosas. En su origen habían sido ciudades frigias, pero en el tiempo que nos ocupa eran parte de la provincia romana de Asia. Casi se podían ver cada una desde las otras.

Hierápolis y Laodicea estaban en orillas opuestas del río Lico que corría entre ambas, separadas solo unos diez kilómetros, a la vista la una de la otra; Colosas estaba situada a ambos lados, como una silla de montar, quince kilómetros río arriba.

El valle del Lico tenía dos características notables.

(i) Era famoso por sus terremotos. Estrabón lo describía con un curioso adjetivo, euseistós, bueno para seismos. Laodicea había sido destruida por terremotos más de una vez; pero era una ciudad tan rica e independiente que había surgido de sus ruinas sin aceptar la ayuda que le había ofrecido el gobierno romano. Como el Juan que escribió el Apocalipsis había de decir de ella, sé consideraba rica y no tenía necesidad de nada (Apocalipsis 3:17).
(ii) Las aguas del Lico y de sus afluentes estaban impregnadas de cal. Esta cal se concentraba formando un paisaje de formas naturales de lo más alucinantes. Lightfoot escribe en su descripción del área: «Los monumentos antiguos están enterrados; la tierra fértil está cubierta de costras impenetrables; los cauces de los ríos se embozan, y las corrientes se desvían; se forman grutas fantásticas y cascadas y arcos de piedra por este poder extraño, caprichoso, a la vez creador y destructivo, que labora calladamente a través de los siglos. Fatales para la vegetación, estas incrustaciones se extienden como una mortaja pétrea sobre el suelo. Reluciendo como glaciares en las colinas, atraen la mirada de los viajeros a una distancia de treinta kilómetros, y forman un esquema impactante de escenario de belleza y grandeza nada corrientes.»

Una región rica

A pesar de todo esto, esta era un área rica y famosa por dos características estrechamente entrelazadas. El terreno volcánico es siempre fértil; y donde no estaba cubierto de incrustaciones caliginosas había una formidable tierra de pastos, en los que se criaban grandes rebaños de ovejas que hacían que aquella área fuera probablemente el centro más importante del mundo para la industria de la lana. Laodicea era especialmente famosa por la fabricación de ropa de la mejor calidad. El negocio parejo era el de los tintes. Aquellas aguas calizas tenían una cualidad que las hacía especialmente idóneas para teñir el paño, y Colosas era tan famosa por este comercio que le daba su nombre a un cierto tinte. Así es que estas tres ciudades se encontraban en un distrito de considerable interés geográfico y de la mayor prosperidad comercial.
Una ciudad sin importancia

En su origen, las tres ciudades habían tenido la misma importancia; pero, con el paso de los años, sus caminos se separaron.

Laodicea se convirtió en el centro político del distrito y en el cuartel general financiero de toda aquella área, una ciudad extraordinariamente próspera. Hierápolis se convirtió en un gran centro comercial y tenía unos baños fámosísimos. En aquella área volcánica había muchas grietas en el terreno por las que se filtraban vapores y fuentes famosas por sus propiedades medicinales; y la gente iba a millares a Hierápolis a seguir un tratamiento en los baños y a beber las aguas.

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