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Introducción a Corintios

La corrupción de Corinto

Corinto tenía otra cara. Por un lado tenía fama de prosperidad comercial; pero, por el otro, era la guarida de todo lo malo.

Los griegos habían acuñado el verbo korinthiázesthai, « corintiarse» , vivir como los corintios, es decir, disipadamente. Esta palabra pasó al inglés y, en los tiempos de la Regencia, a los jóvenes ricos y disolutos que cometían toda clase de excesos los llamaban corinthians. Aelian, un escritor griego tardío, nos dice que si alguna vez salía un corintio en una obra teatral haría el papel de un borracho. El mismo nombre de Corinto era sinónimo de una corrupción que tenía su base en la ciudad y era conocida en todo el mundo antiguo. Por encima del istmo se elevaba la colina de la Acrópolis en la que estaba el gran templo de Afrodita, la Venus griega, la diosa del amor. Había adscritas a ese templo mil sacerdotisas, que eran en realidad una especie de prostitutas sagradas, que bajaban de la Acrópolis todas las tardes para cumplir su «ministerio» por las calles de Corinto. Había un proverbio que decía: « No todo el mundo se puede permitir un viaje a Corinto.» Además de esos vicios públicos, florecían otros muchos más recónditos que habían llegado con los viajeros y los marinos desde tierras remotas, de tal manera que Corinto llegó a ser sinónimo, no sólo de riqueza y de lujo, sino también de borrachera, libertinaje y degradación.

La historia de Corinto

La historia de Corinto se divide naturalmente en dos partes. Era una ciudad muy antigua. El historiador griego Tucídides sostiene que fue en Corinto donde se construyeron los primeros trirremes o barcos de guerra. Dice una leyenda que fue en Corinto donde se construyó el Argo, el barco en que Jasón navegó por los mares buscando el vellocino de oro. Pero la desgracia sobrevino a Corinto en 146 a.C. Los romanos se habían lanzado a conquistar el mundo. Cuando trataron de conquistar Grecia, Corinto era el líder de la oposición. Pero los griegos no pudieron resistir frente a los disciplinados romanos, cuyo general, Lucio Mummio, tomó Corinto y la redujo a un montón de ruinas.

Pero un lugar con la posición geográfica de Corinto no podía permanecer devastado mucho tiempo. Casi exactamente cien años después, en el año 46 a.C., Julio César la reedificó, y Corinto renació de sus cenizas, ahora como colonia romana; y más, como capital de la provincia romana de Acaya, que incluía a casi toda Grecia.

En aquel tiempo, que era el de Pablo, tenía una población muy mezclada. (i) Había veteranos romanos a los que Julio César había instalado allí. Cuando un soldado romano había cumplido su tiempo, se le concedía la ciudadanía y se le enviaba a alguna ciudad de reciente fundación, donde se le daban tierras para que fuera un colono. Estas colonias romanas se encontraban por todas partes, y su base eran los veteranos cuyo servicio los había hecho acreedores a la ciudadanía. (ii) Cuando se reedificó Corinto volvieron los comerciantes, porque su ubicación todavía le daba una supremacía comercial.

(iii) Había muchos judíos entre la población. La ciudad reedificada les ofrecía oportunidades comerciales que no tardaron en aprovechar.

(iv) Había algunos fenicios y frigios y otros orientales desperdigados entre la población, con sus costumbres exóticas y sus hábitos histéricos. Farrar habla de « la población mestiza de aventureros griegos y burgueses romanos, con algunas muestras de fenicios; era una masa de judíos, soldados jubilados, filósofos, mercaderes, navegantes, libertos, esclavos, comerciantes, artesanos, buhoneros y traficantes de toda clase de vicios.» Farrar caracteriza a Corinto como « una colonia sin aristocracia, sin tradiciones y sin ciudadanos bien establecidos.»

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