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I Corintios 7: Sobre el matrimonio, a los casados

Puede que la mujer de Pablo hubiera muerto; pero es más probable que le abandonara y se deshiciera su hogar cuando se hizo cristiano. De todas maneras renunció a ese derecho entre tantos otros y no se casó otra vez. No habría podido llevar aquella clase de vida viajera y arriesgada si hubiera estado casado. Su deseo de que otros fueran como él surgía exclusivamente del hecho de que él esperaba la Segunda Venida en seguida; había tan poco tiempo que no se debía dejar interferir a los lazos terrenales y las cuestiones físicas. No es que Pablo menospreciara el matrimonio, sino que insistía en que había que estar dispuesto para la venida de Cristo.
El vinculo que no se debe romper

A los solteros y a las viudas les digo que estaría bien si se pudieran quedar como yo; pero si les resulta imposible la continencia, que se casen, porque es mejor casarse que estarse consumiendo de pasión. A los casados les transmito esta orden, que no es mía sino del Señor: Que la mujer no se separe de su marido; y, si se separa, que se quede sin casar o se reconcilie con su marido; y que el marido no se divorcie de su mujer. A los otros les digo, pero no como un mandamiento del Señor sino como cosa mía: Si la esposa de un hermano no es creyente, pero está conforme con vivir con él, que no se divorcie; y si el marido de una hermana no es creyente, pero está de acuerdo en vivir con ella, que no se divorcie; porque el marido incrédulo queda incluido en el círculo de la fe por medio de su mujer, y la mujer incrédula mediante su marido creyente. De no ser así, vuestros hijos no estarían en el pueblo de Dios; y de esta manera, están apartados para Dios. Si el cónyuge que no es creyente se quiere separar, que se separe; porque en tal caso el hermano o la hermana no están servilmente obligados. Es al ambiente de la paz al que Dios nos ha llamado.

Esposa: ¿Tú qué sabes si conseguirás que tu marido sea salvo? O marido: ¿Tú qué sabes si conseguirás que se salve tu mujer?

Este pasaje trata de tres clases diferentes de personas.

(i) Los que no están casados o han enviudado. En las condiciones de una edad que Pablo creía que se estaba aproximando a su fin, estarían mejor si se quedaran como estaban. Pero, de nuevo, les advierte que no jueguen con la tentación ni se pongan en situación de peligro. Si tienen una naturaleza normalmente apasionada, que se casen. Pablo siempre estaba seguro de que ningún cristiano debe imponerle a otro ningún determinado curso de acción. Todo depende en cada caso de la persona en cuestión.

(ii) Los que están casados. Pablo prohíbe el divorcio sobre la base de la prohibición de Jesús (Marcos 10:9; Lucas 16:18). Si ya ha tenido lugar la separación, prohibe que se casen otra vez. Esto puede parecer muy duro; pero en Corinto, con su laxitud característica, era mejor no bajar el listón para que no entrara en la iglesia.

(iii) Creyentes casados con no creyentes. Aquí Pablo tiene que dar su parecer, pues no hay ningún mandamiento específico del Señor al respecto. El trasfondo parece ser que había algunos en Corinto que declaraban que un creyente no debe vivir con un incrédulo; y que, en el caso de que uno de los cónyuges se haga cristiano y el otro no, deben separarse lo más pronto posible.

De hecho, una de las quejas principales que tenían los paganos contra los cristianos era precisamente que el cristianismo dividía las familias y era un agente de desintegración en la sociedad. « Se inmiscuyen en cuestiones domésticas» era una de las primeras acusaciones que se presentaron contra los cristianos (1 Pedro 4:15). A veces los cristianos asumían una postura bien elevada. «¿Quiénes fueron tus padres?» -le preguntaron los jueces a Luciano de Antioquía. «Soy cristiano -contestó él-, y los únicos parientes de un cristiano son los santos.»

No cabe duda que los matrimonios mixtos producirían problemas. Tertuliano escribió un libro acerca del tema en el que describe al marido pagano que está furioso con su mujer cristiana porque, «con el achaque de visitar a los hermanos va de calle en calle a las cabañas de otros hombres, especialmente pobres… Y él no le quiere permitir que pase fuera de casa toda la noche porque se celebra una vigilia ola Semana Santa… O dejarla que se introduzca en las cárceles para besar las cadenas de los mártires, o hasta cambiar un beso con cualquiera de los hermanos.» (En la Iglesia Primitiva se saludaban con el ósculo santo o beso de la paz). Es verdad que a uno le cuesta no estar un poco de acuerdo con el marido pagano. Pablo trata de este problema con una suprema sabiduría práctica. Se daba cuenta de la dificultad y procuraba no exacerbarla.

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