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Hechos 8: Estragos en la iglesia

Pastor Lionel

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A Simón le impresionaban los efectos visibles de la imposición de manos, e intentó comprar la capacidad para hacer lo que hacían los apóstoles. Del nombre de Simón nos ha quedado la palabra simonía, que quiere decir la compra y venta indigna de dignidades eclesiásticas. Simón tenía dos faltas:

(i) No estaba tan interesado en que la gente recibiera el Espíritu Santo como en el poder y prestigio que eso le reportaría a él. Esta exaltación del ego es un peligro que acecha especialmente al pastor y al predicador. Es verdad que deben irradiar luz; pero también lo es -como decía James Denneyque no se puede demostrar que uno es maravilloso y que Cristo es poderoso para salvar.

(ii) Simón olvidó, o no sabía, que ciertos dones dependen del carácter. No se compran con dinero. También aquí deben tener cuidado los predicadores y los pastores. «La predicación es la comunicación de la verdad por medio de la personalidad.» Para comunicar a otros el Espíritu hay que ser, no un hombre rico, sino un hombre controlado por el Espíritu.

Cristo viene a un etíope

Un ángel del Señor le dijo a Felipe: Anda, ponte en camino hacia el Sur, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza. Es este un camino que va por despoblados. Felipe hizo como se le indicó. Y pasaba por allí un etíope eunuco, ministro de hacienda de Candace, que es la reina de los etíopes; este eunuco había venido a dar culto a Dios en Jerusalén, y ahora volvía para su tierra. Iba sentado en el carruaje, leyendo al profeta Isaías; y el Espíritu le dijo a Felipe: Acércate hasta ponerte al lado de ese carruaje. Felipe se le acercó corriendo, y le oyó leer en voz alta al profeta Isaías. -¿Entindes lo que estás leyendo? -le preguntó. -¿Y cómo lo voy a entender si no tengo quien me lo explique? -contestó el etíope, mientras invitaba a Felipe a subirse al coche y sentarse con él. El pasaje de la Escritura que iba leyendo era: « Le llevaron a la matanza como a una oveja, y como un cordero, mudo cuando lo llevan a esquilar, no abrió la boca para quejarse. Le humillaron, y no le hicieron justicia. ¿Quién podrá contar su descendencia ahora que han desarraigado su vida de la tierra?» -Por favor, dime de quién dice esto el profeta, si de sí mismo o de algún otro – le preguntó el etíope a Felipe. Y éste se puso a contarle, a partir de este pasaje de la Escritura, la Buena Nueva de Jesús. Mientras iban de camino llegaron a un lugar donde había agua; y el eunuco le dijo a Felipe: Aquí hay agua. ¿Por qué no me bautizas? -Si crees de todo corazón, no hay inconveniente – le contestó Felipe. – ¡Creo que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios! -respondió el etíope. Entonces mandó detener el carruaje, y bajaron los dos al agua, y Felipe le bautizó. Y cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor se llevó a Felipe, y el etíope no volvió a verle, pero prosiguió su camino rebosando de alegría. Felipe llegó después a Azoto, y fue por todas la ciudades de por allí proclamando la Buena Noticia hasta que llegó a Cesarea.

Había una carretera desde Jerusalén que pasaba por Belén y Hebrón y se unía a la carretera principal de Egipto un poco al Sur de Gaza. Había dos ciudades de este nombre. Una Gaza había sido destruida en la guerra en el año 93 a.C., y una nueva Gaza se había edificado más al Sur en el año 57 a.C. La primera se llamaba la Gaza vieja o desierta para distinguirla de la segunda. Esta carretera que pasaba cerca de Gaza debe de haber sido una por la que iba la mitad del tráfico de todo el mundo.

Por esta carretera iba el eunuco etíope en su carruaje. Era el ministro de hacienda de Etiopía. Candace no era un nombre propio, sino el título de las reinas de Etiopía, como Faraón el de los reyes de Egipto. Este eunuco había ido a Jerusalén a dar culto a Dios. En aquellos días había muchas personas que estaban cansadas e insatisfechas de la idolatría y la consiguiente inmoralidad de las naciones. En el judaísmo encontraban la fe en un Dios único y una moralidad austera que le daba sentido a la vida. Si se convertían al judaísmo y se circuncidaban, se los llamaba prosélitos; si no llegaban a ese punto, pero asistían regularmente a la sinagoga y leían las Escrituras, se los llamaba temerosos de Dios. Este etíope debe de haber sido uno de esos buscadores, ya fuera prosélito o temeroso de Dios. Iba leyendo el capítulo 53 de Isaías; y, partiendo de ahí, Felipe le presentó a Jesús.

Cuando se convirtió, fue bautizado. Los gentiles entraban a formar parte del pueblo de Israel mediante la circuncisión y el bautismo. Cuando se habla del bautismo en el Nuevo Testamento se refiere al bautismo de creyentes. El bautismo era, cuando se podía, por inmersión y en agua corriente, y simbolizaba tres cosas:

(i) Limpieza. Como se lava el cuerpo con agua, así se bañaba el alma en la gracia de Cristo.

(ii) Representaba un cambio radical. Se cuenta de un misionero que, al bautizar a los convertidos, los hacía entrar en el río por una orilla y salir por la otra, como para indicar que el bautismo era la línea divisoria entre su vida pasada y la nueva.

(iii) El bautismo era una unión real con Cristo. Al cerrarse las aguas sobre su cabeza, el convertido consideraba que había muerto y había sido sepultado con Cristo; y, al salir del agua, resucitaba con Cristo a una nueva vida (Romanos 6:1-4).

Según la tradición, este eunuco evangelizó Etiopía a su vuelta. Por lo menos, podemos estar seguros de que el que regresó a su tierra rebosando de alegría no podría guardársela para él solo.

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