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Hechos 7: El hombre que salió

(i) Gracia es una palabra preciosa. En un principio quiere decir simplemente agradable por su aspecto o cualidades, lo que indicamos con la palabra encanto. José poseía esa cualidad que es característica de todo hombre realmente bueno. Habría sido normal que se convirtiera en un tipo amargado; pero cumplió cada día con su deber como se le presentaba, sirviendo con la misma lealtad como esclavo o como primer ministro.

(ii) La palabra sabiduría es todavía más difícil de definir. Quiere decir mucho más que inteligencia. La vida de José nos da la clave para su sentido: en esencia, la sabiduría consiste en ver las cosas como Dios las ve.

Una vez más nos encontramos con el contraste. Los judíos estaban perdidos en la contemplación de su pasado, y prisioneros en el laberinto de su ley; pero José recibía con agrado cualquier tarea nueva, aunque fuera de rebote, y adoptaba el punto de vista de Dios en la vida.

El que nunca olvidó a sus compatriotas

Cuando estaba llegando el momento del cumplimiento de la promesa que Dios le había hecho a Abraham, los israelitas se iban multiplicando en Egipto; y así siguió la cosa hasta que ocupó el trono otro rey de Egipto que ni conocía la historia de José. Ese rey se puso a perseguir veladamente a nuestro pueblo. Obligó a nuestros antepasados a exponer a sus hijos para que no pudieran seguir viviendo y crecer. Por aquel tiempo fue cuando nació Moisés, que era un bebé de una belleza realmente extraordinaria. Tres meses le tuvieron escondido sus padres en su casa; y, cuando tuvieron que abandonarle, la hija del Faraón le adoptó y le crió como si fuera su hijo. Moisés recibió educación acerca de toda la sabiduría de los egipcios, y llegó a ser un hombre extraordinario, tanto en palabras como en obras. Cuando tenía cuarenta años sintió deseos de visitar a sus compatriotas israelitas. Intervino para ayudara uno de ellos al que estaba maltratando injustamente un egipcio; se puso de parte del maltratado, y golpeó al egipcio. Creyó que sus compatriotas comprenderían que Dios iba a usarle para rescatarlos; pero ellos no se habían enterado. Al día siguiente vio que se estaban peleando dos israelitas, y trató de apaciguarlos, diciéndoles: «¡Hombres, que sois compatriotas! ¿Qué vais a sacar peleándoos entre vosotros?» Pero el que estaba maltratando al otro le dio un empellón a Moisés y le dijo: «c¿Quién te ha puesto a ti de jefe o de juez sobre nosotros? ¿Es que quieres matarme a mí también como mataste ayer al egipcio?» Cuando oyó aquello Moisés tuvo que huir, y se exilió al país de Madián, donde tuvo dos hijos. Cuando pasaron otros cuarenta años, estaba en el desierto del monte Sinaí y se le apareció un ángel en una llama de fuego de una zarza. Cuando Moisés vio aquello, le extrañó mucho; y, al dirigirse al lugar para verlo más de cerca, oyó a Dios que le decía: «Yo soy el Dios de tus padres Abraham, Isaac y Jacob. » Moisés estaba temblando de miedo y no se atrevía ni a mirar. Entonces le dijo el Señor: « ¡Quítate el calzado de los pies, porque estás en terreno santo! He visto cómo están maltratando a mi pueblo en Egipto y he oído sus gemidos, y he bajado a redimirlos. Prepárate, porque te voy a mandar a Egipto. » Fue éste el mismo Moisés al que habían rechazado cuando le dijeron: «¿Quién te ha puesto a ti de jefe o de juez?» A él fue al que mandó Dios como guía y libertador por conducto del ángel que se le apareció en la zarza ardiendo. Fue él mismo el que los condujo a la libertad después de dar pruebas maravillosas del poder de Dios en acción en tierra de Egipto, y en el mar Rojo, y cuarenta años en el desierto.

El siguiente personaje que Esteban llama a escena es Moisés. Para los judíos, Moisés era supremamente el hombre que respondió al mandamiento de Dios de salir de donde estaba. Fue literalmente uno que renunció a un reino para obedecer a la llamada de Dios a convertirse en el guía de su pueblo. En la Biblia encontramos poco acerca de los primeros años de la vida de Moisés; pero los historiadores judíos tenían mucho más que contar. Según Josefo, Moisés era un niño tan hermoso que, cuando la niñera le llevaba de paseo en brazos, la gente se paraba a mirarle. Era tan inteligente que sobrepasaba a todos los otros en rapidez y capacidad de estudio. Un día, la hija de Faraón se lo llevó a su padre y le pidió que le nombrara su sucesor en el trono de Egipto, y Faraón accedió. Entonces -continúa el relato- Faraón se quitó la corona y se la puso a Moisés en la cabeza en broma; pero el niño se la quitó y la tiró al suelo. Uno de los sabios egipcios que estaba cerca dijo que ese gesto era señal de que, si no mataba a ese niño en seguida, estaba destinado a traer desastre a la corona de Egipto. Pero la hija de Faraón tomó a Moisés en sus brazos y convenció a su padre de que no hiciera caso de la advertencia. Cuando Moisés se hizo mayor llegó a ser el más famoso de los generales egipcios y llevó a cabo una campaña victoriosa en la lejana Etiopía, donde se casó con la princesa de aquel país.

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