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Hechos 22: La defensa de la experiencia

El comandante no sabría arameo, y no se habría enterado de lo que había dicho Pablo; pero una cosa sí sabía: que de ninguna manera podía consentir una alteración del orden público, y que tenía que castigar en el acto al que la causara. Por eso mandó que le dieran una paliza a Pablo para tomarle declaración. Eso no era un castigo, sino la manera más rápida y eficaz de obtener una confesión, aunque, desgraciadamente, con ese método no es fácil distinguir al culpable del inocente. En esos casos se solía usar un látigo de cuero con incrustaciones de hueso o plomo. Pocos lo podían soportar conservando su sano juicio, y muchos perecían.

Entonces Pablo habló. Cicerón había dicho: « Es una injuria atar a un ciudadano romano; es un crimen azotarle; matarle es tan malo como asesinar a un padre.» Así es que Pablo afirmó que era ciudadano romano. El comandante se quedó aterrado, porque se dio cuenta de que había estado a punto de hacer algo que le habría acarreado el despido, y hasta tal vez la ejecución.

Así es que le soltó las ligaduras a Pablo, y decidió preparar una confrontación con el Sanedrín para resolver la cuestión. Hubo casos en los que Pablo hizo valer sus derechos, pero nunca con un fin egoísta. Sabía que no había terminado su tarea. Cuando consideró que había llegado al final de su carrera, aceptó con alegría morir por Cristo; pero antes, Pablo era demasiado inteligente para dejar escapar la oportunidad de seguir sirviendo a Cristo.

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