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Hechos 17: En Tesalónica

Predicando en Corinto

Su posición geográfica hacía de Corinto una ciudad clave de Grecia. Grecia está casi dividida por el mar en dos partes. A un lado está el Golfo de Arenas con su puerto Cencreas, y al otro el Golfo de Corinto con su puerto Laqueo. Entre los dos hay una lengua de tierra de menos de ocho kilómetros de ancho, y en ese istmo estaba Corinto. Todo el tráfico terrestre de Norte a Sur de Grecia tenía que pasar inevitablemente por Corinto, que por eso le llamaban « El Puente de Grecia». El viaje por mar pasando por la extremidad Sur de Grecia era muy peligroso. El cabo más al Sur era el cabo Malea, y el rodearlo era proverbialmente malo. Los griegos tenían un proverbio: «Si vas a rodear Malea, haz el testamento.» Por consiguiente, el comercio de Este a Oeste del Mediterráneo también pasaba por Corinto, usando una pista de acarreo por la que los barcos se deslizaban de un lado al otro del istmo. Por eso Corinto era «el mercado de Grecia».

Pero Corinto era mucho más que un gran centro comercial. Era la sede de los Juegos ístmicos, que eran los más importantes después de los Olímpicos. Corinto tenía fama de ser una ciudad malvada. Los griegos habían acuñado el verbo «corintiarse» para indicar una vida de toda clase de excesos y vicios. Si salía un corintio a escena en una comedia, era un borracho. La colina de la Acrópolis que dominaba la ciudad era, además de una fortaleza, un templo de Afrodita. En sus «mejores» días había en el templo un millar de sacerdotisas de Afrodita que eran en realidad «prostitutas sagradas» que, por las tardes, bajaban a las calles de la ciudad para practicar su «sacerdocio». Se había hecho proverbial que «No todo el mundo puede pagarse un viaje a Corinto.»

Esta era la ciudad en la que Pablo vivió y trabajó y obtuvo algunos de sus mayores triunfos. Escribiendo a los corintios hizo una lista de toda clase de maldad: «¿Es que no sabéis que las malas personas no pueden llegar a poseer el Reino de Dios que se nos ha prometido? No os engañéis, que ni los viciosos sexuales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los que practican la homosexualidad, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los sucios de lengua, ni los estafadores van a heredar el Reino de Dios.» Y entonces viene la frase triunfal: «¡Eso es lo que erais algunos de vosotros! Pero ya os habéis despojado de las inmundicias, y consagrado a Dios, y tenéis una nueva relación con Él mediante el Nombre de Jesús y el Espíritu de nuestro Dios» (1 Corintios 6: 9-11). La iniquidad de Corinto era la oportunidad para Cristo.

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