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Hechos 17: En Tesalónica

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Con esto no querían decir el placer animal o material, porque el placer supremo es el que no conlleva sufrimiento.

(ii) Y estaban los estoicos.

(a) Creían que todo es dios; que dios es un espíritu de fuego, que ha perdido su identidad en la materia, pero que está en todas las cosas. Lo que daba la vida a los humanos era esa chispita del espíritu que moraba en ellos y que cuando morían volvía a Dios.

(b) Creían que todo lo que sucede es la voluntad de Dios, y por tanto hay que aceptarlo sin resentimiento.

(c) Que cada cierto tiempo el mundo se desintegraba en una conflagración y empezaba de nuevo otro ciclo de acontecimientos.

Llevaron a Pablo al Areópago -que quiere decir en griego «La Colina de Marte». Era el nombre de la colina y del tribunal selecto que se reunía en ella, compuesto por unos treinta miembros, que juzgaba los casos de homicidio y se ocupaba de las cuestiones de moralidad pública. Allí, en la ciudad más culta del mundo y ante el tribunal más exclusivo, Pablo tenía que exponer su fe. A otro le habría aterrado la perspectiva; pero Pablo no se avergonzaba nunca del Evangelio de Jesucristo. Para él, aquella era una nueva oportunidad que Dios le concedía de ser testigo de Cristo.

El sermón de los filósofos

Pablo se puso en pie en medio del tribunal del Areópago, y empezó a hablar: Atenienses: No puedo por menos de notar que, en general, sois un pueblo muy religioso. Andando por la ciudad y contemplando vuestros lugares y objetos de culto, me encontré entre otros con un altar en el que había esta inscripción: «A UN DIOS DESCONOCIDO». Pues de Ése, al que dais culto aunque no le conocéis, he venido a hablaros: el Dios que ha hecho el mundo y todo lo que hay en él es el Señor del Cielo y de da Tierra. No vive en templos hechos por los hombres, ni hay nada que podamos hacer con nuestras manos para servirle, como si tuviera necesidad de nosotros. Él es Quien da a todos la vida, el aliento y absolutamente todo. Es Él Quien ha creado todas las naciones de la humanidad de un principio común, y les ha dado sus patrias en todo el mundo. Es Él Quien determina los períodos en los que surge y desaparece cada nación, y Quien les fija las fronteras dentro de las que han de vivir. Los ha creado para que busquen a Dios con la esperanza de encontrarle palpando en las sombras de su ignorancia; porque no cabe duda de que Él está cerca de cada uno de nosotros. «En Él vivimos, y nos movemos y somos» -como han dicho algunos de vuestros poetas; y también-: «Somos sus hijos. » Y como hijos de Dios, no debemos pensar que la Divinidad es como una imagen de oro, o plata, o piedra, esculpida por arte y diseño humanos. Dios ha cerrado los ojos a la locura de aquel tiempo en el que la humanidad no sabía nada, y ahora manda a todos que se arrepientan; porque ha fijado un Día del Juicio justo que ha de llegarle al mundo por medio del Hombre que ha designado para ello. Ese Hombre es Jesús, y Dios ha dado la prueba definitiva para todo el género humano al hacer volver a Jesús a la vida después de haber muerto.

Había muchos altares de dioses desconocidos en Atenas. Hacía seiscientos años hubo una peste terrible que no se podía detener de ninguna manera. Un poeta cretense, Epiménides, propuso un plan: que soltaran desde el Areópago un rebaño de ovejas blancas y negras, y donde se acostara cada una la sacrificaran al dios más cercano; y si no había ningún altar cerca, que la sacrificaran «A un dios desconocido.» De esa situación partió Pablo. Hay una serie de pasos en su sermón:

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