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Hechos 15: El problema se hace agudo

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A eso guardó silencio toda la asamblea, y todos se dispusieron a escuchar a Bernabé y a Pablo, que les refirieron la historia de todas las maravillosas demostraciones de poder divino que Dios había desplegado por medio de ellos entre los gentiles.

En respuesta a los judíos más estrictos, Pedro les recordó que él mismo había sido el instrumento de Dios para recibir a Cornelio en la Iglesia diez años antes. La prueba de que él había actuado rectamente fue que Dios les concedió el Espíritu Santo a los gentiles que se convirtieron, lo mismo que a ellos mismos en Pentecostés. Por lo que se refería a la Ley, serían ritualmente impuros; pero Dios les había limpiado el corazón por medio de su Espíritu. El intento de obedecer los múltiples y diversos mandamientos de la Ley para obtener la salvación siempre había sido una batalla perdida que sumía a todos en el fracaso. No había más que un camino: aceptar el Don gratuito de la gracia de Dios en el acto de rendición de la fe.

Pedro llegó al corazón de la cuestión. En aquella discusión se estaba debatiendo el principio más radical: ¿Puede alguien merecer el favor de Dios? ¿O debe reconocer su propia indefensión y estar dispuesto a aceptar con una fe humilde lo que da inmerecidamente la gracia de Dios? «En efecto -diría el partido de los judíos estrictos-: Religión quiere decir ganar el favor de Dios guardando la Ley.» Pero Pedro dijo: «La verdadera Religión consiste en acogernos, indefensos e indignos, a la gracia de Dios que se nos ofrece en Jesucristo.» Aquí se encuentra implícitamente la diferencia entre la religión de las obras y la religión de la gracia. Nadie alcanzará la paz hasta que se dé cuenta de que no puede hacer nunca que Dios esté en deuda con él, y que lo único que puede hacer es tomar lo que Dios le ofrece en su gracia. La paradoja del Evangelio es que el camino de la victoria pasa por la rendición; y el del poder, por admitir nuestra absoluta impotencia.

El liderato de Santiago

Cuando Bernabé y Pablo acabaron su informe, Santiago tomó la palabra: -Hermanos, prestadme atención. Simón os ha referido la primera ocasión en que Dios demostró su interés en los gentiles y su intención de tomar de ellos un pueblo para Sí. Y esto está de acuerdo con lo que los profetas dijeron que sucedería. Ya conocéis el pasaje: ««Después de esto volveré a reconstruir el tabernáculo derruido de David, reedificaré sus ruinas y lo volveré a levantar, para que el resto de la humanidad busque al Señor, y todos los gentiles que ya me conocen de Nombre» – dice el Señor que hace saber todo esto con amplia antelación. » En vista de lo cual yo considero que no debemos imponerles cargas a los gentiles que se convierten, sino simplemente advertirles que no se involucren en nada que esté contaminado por el contacto con los ídolos, ni en la inmoralidad sexual, ni coman carne de animales que no se hayan desangrado debidamente. Si alguno de ellos a título personal quiere cumplir la Ley, por supuesto que puede hacerlo; para eso están las sinagogas en las que se proclama la Ley de Moisés todos los sábados. Tenemos la impresión de que la aceptación de los gentiles estaba en la balanza hasta que habló Santiago. Era el moderador de la iglesia de Jerusalén. Su autoridad no dependía de un cargo oficial, sino de su carácter como hombre fuera de lo corriente.

Se le conocía como «el hermano del Señor» (Gálatas 1:19). El Señor Resucitado se le había aparecido una vez a él solo (1 Corintios 15:7). Era uno de los pilares de la Iglesia (Gálatas 1:19). Se dice que tenía las rodillas tan encallecidas como las de un camello de pasar tanto tiempo en oración. Era un hombre tan bueno que le llamaban Santiago el Justo. Además, era un riguroso cumplidor de la Ley. Si tal hombre se ponía de parte de los gentiles, todo iría bien. Y eso fue lo que pasó, pronunciándose a favor de que los creyentes gentiles fueran admitidos en la Iglesia sin impedimento.

Pero entonces se planteó una cuestión social. ¿Cómo podría un judío estricto tener relación con un gentil? Para facilitar las cosas Santiago sugirió ciertas reglas que debían observar los gentiles:

(i) Tenían que abstenerse de lo que estuviera contaminado por los ídolos. Uno de los grandes problemas de la iglesia primitiva era el de la carne que había sido sacrificada a los ídolos. Pablo lo trata ampliamente en 1 Corintios 8 y 9. Cuando alguien ofrecía un sacrificio en un templo pagano, lo corriente era que se quemara una pequeña porción de la carne. La mayor parte se le devolvía para que hiciera una fiesta con sus amigos, muchas veces en el templo mismo, y otras en su casa. Y otra parte se la quedaban los sacerdotes, y normalmente se vendía en las carnicerías. Ningún cristiano debía arriesgarse a la contaminación al comer esa carne, porque se había ofrecido a un ídolo.

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