Hechos 13: Enviados por el Espíritu Santo

Desde este episodio a Saulo se le llama Pablo. En aquel tiempo casi todos los judíos tenían dos nombres; uno era el nombre hebreo, que usaban en su círculo privado y familiar, y el otro era un nombre griego, por el que se les conocía en un ambiente más amplio. A veces el nombre griego era la traducción del hebreo; por ejemplo, Cefas es la palabra hebrea y Petros -Pedro- la griega para piedra; Tomás en hebreo y Dídymos en griego quieren decir mellizo. A veces los dos nombres sonaban parecidos, como Eliakim en hebreo y Alcimos en griego, o Yeshúa y Iesús -Jesús.

Por eso Saulo -Saúl, el primer rey de Israel, de la tribu de Benjamín- también se llamaba Paulos -Pablo. Curiosamente es a partir de la conversión de Sergio Paulo -el mismo nombre que Pablo- cuándo se le deja de llamar Saulo en Hechos. Se ha sugerido que el cambio de nombre podría tener que ver con este episodio. Tal vez fue entonces cuando asumió tan completamente su misión como «Apóstol de los gentiles» que decidió usar solamente su nombre gentil. Si fue así, esta fue la señal de haberse lanzado desde este momento a cumplir la misión que le había asignado el Espíritu Santo sin mirar atrás.

El desertor

Pablo y sus amigos se embarcaron en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Allí Juan los abandonó y se volvió a Jerusalén.

Aunque no se le menciona, en este versículo se le hace a Bernabé el más grande de los elogios. Hasta este momento siempre se le ha nombrado en primer lugar: Bernabé y Pablo (Hechos 11:30; 12:25; 13:2, 7). Bernabé empezó siendo el líder de la expedición; pero desde este momento casi siempre se invertirá el orden: Pablo y Bernabé (13:43, 46, 50), lo que quiere decir que Pablo es ahora el líder, a lo que Bernabé no opuso resistencia. Estaba dispuesto a ocupar un segundo puesto siempre que se hiciera la obra del Señor.

El interés de este versículo es que indica un fallo en la biografía de Juan Marcos -pues el Juan que se menciona aquí es el que conocemos mejor por su otro nombre, Marcos-, el desertor que se rehabilitó.

Marcos era muy joven. La casa de su madre parece que era el centro de la Iglesia en Jerusalén (Hechos 12:12), así es que él debe de haber estado muy cerca del centro de la fe. Pablo y Bernabé se le llevaron de ayudante porque era pariente de Bernabé; pero Marcos los dejó y se volvió a casa. Nunca sabremos por qué. Tal vez se molestó de que Bernabé dejara de ser el líder; o quizá le diera miedo el viaje propuesto a la meseta donde estaba Antioquía de Pisidia, que era uno de los más duros y peligrosos del mundo antiguo; o tal vez, como venía de Jerusalén, tenía sus dudas acerca de la evangelización de los gentiles; o puede ser que, en esa etapa de su vida, fuera uno de los muchos a los que se les da mejor empezar que acabar empresas; o quizá -como dijo Crisóstomo hace mucho- el mozo echaba de menos a su madre. El caso es que se volvió atrás.

Por algún tiempo a Pablo le resultó difícil olvidar aquella defección. Cuando estaban para iniciar su segundo viaje misionero, Bernabé quería llevar a Marcos otra vez, pero Pablo se negó a admitir al que ya se les había rajado en una ocasión (Hechos 15:38), y él y Bernabé dejaron de formar equipo juntos definitivamente por esta causa. En este momento Marcos desaparece de la escena, aunque según la tradición fue a Alejandría en Egipto y fundó allí la iglesia. Cuando vuelve a aparecer en escena veinte años después aparece como uno que se rehabilitó. Pablo, escribiendo a los colosenses desde la prisión romana, les dice que le den la bienvenida a Marcos si va por allí. Y cuando le escribe a Timoteo, dice: «Toma a Marcos y tráetele, porque me puede ser de gran ayuda» (2 Timoteo 4:11). Como lo expresó Fosdick, «nadie tiene que seguir siempre igual». Por la gracia de Dios, el que una vez resultó un desertor llegó a ser el autor de un evangelio y el hombre que Pablo quería tener a su lado al final de su vida.

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