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Hechos 10: Pedro, Cornelio y la cuestión gentil

Así es que Pedro bajó de la azotea y les dijo a los hombres: -Yo soy el que buscáis. ¿Qué os trae por aquí? -Un santo ángel le ha dado instrucciones al centurión Cornelio, que es un hombre bueno y temeroso de Dios y al que estima todo el pueblo judío, que te mande a buscar para que vayas a su casa, y que preste atención a lo que tú le vas a decir.

Pedro les dijo que entraran y que fueran sus huéspedes; y al día siguiente se marchó con ellos y con algunos miembros de la iglesia de Jope que los acompañaron. Y después de un día de viaje entraron en Cesarea, donde los estaba esperando Cornelio, que había invitado a sus amigos íntimos y a sus parientes.

Cuando Pedro estaba a punto de entrar en la casa, salió Comelio a recibirle, y se arrodilló a sus pies como si le considerara un ser sobrenatural. Pero Pedro le hizo levantarse, y le dijo: – ¡Levántate, que yo no soy más que un ser humano como tú! Luego entró hablando con él, y se encontró con aquella nutrida concurrencia. -Vosotros sabéis muy bien -empezó a decirles Pedro- que la Ley le prohibe a un judío el tener contacto con un extranjero o ir a visitarle. Pero Dios me ha mostrado a mí que no debo considerar impuro o inmundo a ningún ser humano. Por eso he venido sin discutir cuando habéis mandado a buscarme. Y ahora os pregunto: ¿Para que me habéis llamado? -Hace exactamente cuatro días a esta hora -le contestó Cornelio- que estaba yo orando en mi casa a las tres de la tarde, cuando se me presentó un varón con ropa resplandeciente, que me dijo: «Comelio, Dios ha escuchado tu oración, y se ha fijado en tus obras de caridad. Manda mensajeros a Jope, e invita a un cierto Simón al que llaman Pedro para que venga a verte. Está alojado en casa del curtidor Simón, que vive ala orilla del mar. » Entonces te mandé a buscar sin pérdida de tiempo, y has sido muy amable en venir. Así es que nos hemos reunido aquí en la presencia de Dios para escuchar todo lo que el Señor te ha instruido que nos digas.

En este pasaje suceden cosas extraordinarias. Recordemos una vez más que los judíos creían que los demás pueblos estaban fuera de la misericordia de Dios. Un judío verdaderamente estricto no tenía contacto con un gentil, ni aun con un judío que no cumpliera la ley tradicional. Especialmente, jamás tendría como huésped o sería el huésped de un hombre que no cumpliera la Ley. Recordando eso, fijémonos en lo que hizo Pedro. Cuando los emisarios de Cornelio estaban a la puerta -y, conociendo las normas de los judíos, no pasaron de la puerta-, Pedro los invitó a entrar y les dio hospitalidad.

Cuando Pedro llegó a Cesarea, Cornelio le salió a recibir a la puerta, sin duda preguntándose si Pedro atravesaría el umbral; y Pedro entró. De la manera más maravillosa, las barreras empiezan a venirse abajo. Eso es típico de la obra de Cristo. Un misionero nos relata que una vez estaba haciendo un culto de comunión en África. A su lado estaba sentado como anciano un jefe de edad de los ngoni que se llamaba Manlyheart, «corazón viril». El anciano jefe recordaba los días cuando los jóvenes guerreros ngoni habían dejado tras su paso una estela de poblados incendiados y devastados, y habían vuelto a casa con las lanzas teñidas de sangre, y con las mujeres de sus enemigos como botín. ¿Y cuáles eran las tribus que habían asolado? Las de los senga y los tumbuka. ¿Y quiénes estaban participando de aquel culto de comunión? Los ngoni, los senga y los tumbuka formaban aquella congregación ahora que el amor de Cristo les había hecho olvidar sus enemistades ancestrales. En los primeros días de la Iglesia el Evangelio quitaba las barreras. Todavía sucede cuando se le ofrece la oportunidad.

El corazón del Evangelio

Pedro empezó a decir: Ahora sí que no me cabe la menor duda de que Dios no tiene favoritos, sino que mira con agrado al que Le teme y obra como es debido, sea de la nación que sea. Vosotros conocéis el Mensaje que Dios envió al pueblo de Israel, la Buena Nueva de la paz que se ha hecho realidad por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. Ya sabéis lo que se divulgó por toda Judea, que había empezado en Galilea a partir del bautismo que proclamó Juan: Que Dios ungió como Mesías con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, que fue por todo el país haciendo buenas obras y devolviendo la salud a todos los que el diablo tenía oprimidos, porque Dios estaba con El. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo Jesús en Judea y en Jerusalén. Ya sabéis que le mataron colgándole de una cruz; pero Dios le resucitó al tercer día e hizo que se presentara para no dejar lugar a dudas, no a toda la gente, sino a los testigos que había escogido de antemano; es decir, a nosotros, que comimos con Él después de su Resurrección. Él mismo nos ha mandado a predicar al pueblo, y a dar testimonio de que Dios Le ha puesto como juez de vivos y muertos. Todos los profetas dan testimonio de Él, y de que todos los que crean que Jesús es el Mesías recibirán el perdón de los pecados.

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