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Hechos 10: Pedro, Cornelio y la cuestión gentil

Pedro aprende una lección

Al día siguiente, mientras los mensajeros de Comelio iban de camino y se encontraban ya cerca del pueblo, Pedro subió a orar a la azotea de la casa ya casi al mediodía. Tenía hambre, y quería comer algo; pero, mientras se lo preparaban, tuvo un éxtasis: vio que se abrían los cielos y bajaba al suelo algo así como una gran lona atada por las cuatro puntas y llena de toda clase de cuadrúpedos, y reptiles, y aves. Y oyó una voz que le decía: «¡Venga, Pedro, mata y come!» «¡Nada de eso -contestó Pedro-, porque yo no he comido nunca nada contaminado ni inmundo!» Luego oyó la voz que le decía por segunda vez: «Lo que Dios ha limpiado no lo debes tú considerar inmundo.» Esto sucedió tres veces, y seguidamente se llevaron la lona al cielo.

Antes de que Comelio pudiera ser recibido en la Iglesia, Pedro tenía que aprender una lección. Un estricto judío creía que Dios no tenía ningún interés en los gentiles. Algunos extremistas llegaron a decir que no se debía ayudar a una mujer gentil en el parto, porque no se hacía más que contribuir a que llegara otro gentil al mundo. Pedro tenía que desaprender todo eso antes de que Cornelio pudiera entrar.

Hay algo que nos indica que Pedro ya había iniciado el camino para desaprender algo de la rigidez que le habían enseñado.

Estaba parando con otro Simón, que era curtidor (9:43; 10:5). Un curtidor tenía que trabajar con restos de animales muertos y, por tanto, siempre estaba en estado de impureza ritual (Números 19:11-13). Ningún judío estricto habría aceptado la hospitalidad de un curtidor. La impureza ritual era lo que obligaba a Simón a vivir a la orilla del mar, fuera de la ciudad. Sin duda este curtidor era cristiano, y Pedro había empezado a ver que el Evangelio abolía esas leyes o tabúes.

Al mediodía Pedro se subió a orar a la azotea. Las casas solían tener la cubierta en esa forma y, como eran pequeñas por lo general, se subía a la terraza cuando se quería estar tranquilo. Allí tuvo la visión de la lona que bajaba del cielo. Tal vez había un toldo en aquella terraza para protegerla del calor del sol, y ese toldo sugiriera la lona de la visión; pero eso no quiere decir que todo fuera imaginación y nada más. La palabra para lona es la que se usa para la vela de un barco. También es probable que Pedro estuviera viendo en las aguas del Mediterráneo barquitos cuyas velas sugirieran algo de la visión.

El caso es que Pedro vio la lona llena de animales y oyó la voz que le decía que matara y comiera. Ahora bien: los judíos tenían estrictas leyes alimentarias que encontramos en Levítico 11. En general, los judíos no podían comer más que animales que rumian y que tienen la pezuña hendida. Todos los demás eran inmundos y estaba prohibido comerlos. A Pedro le escandalizó la voz, y contestó que él no había comido nunca nada inmundo. Y la voz le dijo que no llamara inmundo a lo que Dios había limpiado. Y esto sucedió tres veces, para que no cupiera posibilidad de error o incomprensión.

Tal vez antes Pedro habría llamado inmundo a un gentil; pero Dios le preparó para que recibiera a los mensajeros que venían de camino.

El encuentro de Pedro y Cornelio

Pedro se quedó hecho un lío sin saber lo que querría decir aquella visión; pero entonces llegaron a la puerta los hombres que había mandado Cornelio, que habían venido preguntando por la casa de Simón; y preguntaron en voz alta si estaba parando allí un cierto Simón al que también llamaban Pedro. Cuando Pedro estaba pensando en lo que querría decir la visión, el Espíritu le dijo: «Hay tres hombres preguntando por ti. Anda, baja, y no tengas reparo de ir con ellos; porque soy Yo quien te los he mandado.»

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