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Hebreos 9: La gloria del tabernáculo

La purificación integral

Así que, si era necesario que las cosas que no son más que copias de las realidades celestiales se purificaran por tales procesos, es necesario que las realidades celestiales mismas se purifiquen por medio de sacrificios más excelentes que los que hemos venido estudiando. No ha sido a un santuario de fabricación humana donde ha entrado Cristo -cosa que no habría sido nada más que un mero símbolo de las cosas reales. ¡Ha sido en el mismo Cielo donde ha entrado, para presentarse esta vez como nuestro representante ante la misma presencia de Dios! Y no va a tener que ofrecerse repetidamente, como entra el sumo sacerdote año tras año en el Lugar Santísimo con sangre que no es suya propia. Si así fuera, Cristo habría tenido que sufrir una y otra vez desde que empezó el mundo. Ahora, de veras, una vez para siempre, al fin del tiempo presente, Él se ha presentado con el Sacrificio de Sí mismo, para cancelar la deuda de nuestros pecados. Y, de la misma manera que está establecido que los hombres no mueran más que una vez por todas para después presentarse ajuicio, así también Cristo, después de ser sacrificado de una vez para siempre para sobrellevar la carga de los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, no ya para resolver el problema del pecado, sino para traer la Salvación a todos los que Le están esperando. El autor de Hebreos sigue pensando en la suprema eficacia del Sacrificio de Jesús; y comienza con un vuelo de pensamiento que es alucinante hasta para un escritor tan aventurero como él. Recordemos otra vez la idea básica de la carta, de que el culto de este mundo no es más que una copia confusa del Culto real. El autor dice que, en este mundo, los sacrificios levíticos estaban diseñados para purificar los medios del culto; por ejemplo: los sacrificios del Día de la Expiación purificaban el tabernáculo, el altar y el Lugar Santísimo. Ahora pasa a decir que la Obra de Cristo purifica no sólo la Tierra, sino también el Cielo. Tiene el pensamiento grandioso de una especie de Redención cósmica que purifica todo el universo, visible e invisible.

Así que procede a subrayar una vez más en qué son supremos la Obra y el Sacrificio de Cristo.

(i) Cristo no entró en ningún santuario de fabricación humana, sino en la misma presencia de Dios. Debemos pensar en el Evangelio, no en términos de membresía de una iglesia, sino en términos de íntima comunión con Dios.

(ii) Cristo entró a la presencia de Dios, no solamente por Sí mismo, sino también como nuestro Representante. Entró para abrirnos el camino a nosotros, y para defender nuestra causa. En Cristo se da la paradoja más grande del mundo: la paradoja de la más excelsa gloria y del más humilde servicio, la paradoja de Uno por Quien existe todo el universo y Que existe para el universo, la paradoja del Rey eterno y del eterno Servidor.

(iii) El Sacrificio de Cristo no es necesario que se repita nunca. Año tras año se tenía que seguir el ritual del Día de la Expiación, porque había que expiar nuevamente las cosas que bloqueaban el camino hacia Dios; pero ya, gracias al Sacrificio de Cristo, el camino que conduce a Dios está abierto para siempre. Los hombres siempre han sido pecadores, y siempre lo serán; pero eso no quiere decir que Cristo tenga que seguir ofreciéndose a Sí mismo una y otra vez. El acceso está abierto de una vez para siempre. Podemos poner un ejemplo sencillo: Hacía mucho tiempo que cierta operación quirúrgica se consideraba imposible; pero un buen día, un buen cirujano descubre la manera de salvar las dificultades, y desde ese día el camino está abierto, y la operación es posible. Podemos decir que nunca habrá nada que añadir a la Obra de Cristo para abrir el camino que conduce a los pecadores a la presencia de Dios.

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