Hebreos 9: La gloria del tabernáculo

(i) El Candelabro de Oro. Estaba colocado en el lado Sur; hecho de un talento de oro puro labrado a martillo; sus siete lamparillas se alimentaban con aceite de oliva puro, y siempre estaban encendidas.

(ii) En el lado del Norte estaba La Mesa de los Panes de la Proposición. Estaba hecha de madera de acacia cubierta de oro, y tenía un metro de largo, setenta y cinco centímetros de ancho y noventa centímetros de alto. Sobre ella se colocaban todos los sábados doce panes, en dos filas de seis, hechos con la harina más pura, que sólo los sacerdotes podían comer cuando se colocaban nuevos el sábado siguiente.

(iii) Estaba El Altar del Incienso. Era de madera de acacia recubierta de oro, de medio metro cuadrado por un metro de alto, y en él se quemaba incienso todas las mañanas y tardes, lo que simbolizaba las oraciones del pueblo que se elevaban al Cielo. Delante del Lugar Santísimo estaba El Velo de azul, púrpura, carmesí y lino torcido con querubines bordados. Sólo el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo, sólo una vez al año, el Día de la Expiación, y sólo después de una preparación elaboradísima. En el Lugar Santísimo estaba El Arca del Pacto, en la que se guardaban tres cosas: la urna de oro que contenía maná, la vara de Aarón que reverdeció y las Tablas de la Ley. Estaba hecha de madera de acacia recubierta de oro por dentro y por fuera. Tenía dos codos y medio de largo, codo y medio de ancho y codo y medio de alto. Recordamos que se calcula que el codo tendría 45 centímetros. La cubierta se llamaba El Propiciatorio, y sobre ella había dos querubines de oro con las alas extendidas. Era allí donde estaba la misma presencia de Dios, porque Él había dicho: «De allí Me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el Arca del Testimonio» (Éxodo 25:22).

En toda esta belleza estaba pensando el autor de Hebreos… sin olvidar que era sólo una mera sombra de la realidad. Tenía en mente otra cosa de la que había de hablar otra vez: un israelita no podía pasar de la puerta del atrio del tabernáculo; los sacerdotes y los levitas sí podían entrar en el atrio; sólo los sacerdotes podían entrar en el Lugar Santo; y el sumo sacerdote era el único que podía entrar en el Lugar Santísimo. Todo era muy hermoso; pero las personas corrientes no podían acercarse a la presencia de Dios. Jesucristo quitó la barrera y abrió de par en par el acceso a la presencia de Dios para toda la humanidad.

El único acceso a la presencia de Dios

Una vez preparadas todas estas cosas, los sacerdotes no hacen más que entrar ininterrumpidamente en la primera parte del tabernáculo para llevar a cabo los diferentes actos de culto; pero en la segunda parte, el sumo sacerdote es el único que entra, y sólo una vez al año y no sin sangre, que ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo. Así daba a entender el Espíritu Santo que todavía no estaba abierto el acceso al Lugar Santísimo mientras siguiera en pie el primer tabernáculo. Ahora bien: el primer tabernáculo está por la era presente, según cuya liturgia se ofrecen sacrificios que no pueden perfeccionar la conciencia de los que ofrecen ese culto; y que, como está basado en comidas y bebidas y diversas clases de abluciones, no son más que ordenanzas materiales, establecidas hasta el tiempo en que llegue el nuevo orden de cosas.

Sólo el sumo sacerdote podía entrar en el Lugar Santísimo, y eso sólo el Día de la Expiación. El autor de Hebreos está aquí pensando en las ceremonias de ese día tan especial. No tenía que describírselas a sus lectores porque las conocían muy bien. Para ellos eran las ceremonias más sagradas del mundo. Tenemos que tener en mente su desarrollo y sentido si queremos entender el pensamiento de nuestro autor. La principal descripción del Día de la Expiación está en Levítico 16.

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