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Hebreos 8: El acceso a la realidad

Pastor Lionel

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La idea de que la religión es fundamentalmente acceso a Dios nunca estuvo lejos de la mente del autor de Hebreos. Por tanto, el ministerio supremo del Sacerdote es abrirle a la humanidad el camino hacia Dios. Jesús ha suprimido las barreras que había entre Dios y el hombre, y nos ha dejado un camino o un puente, que es Él mismo, por el que el hombre puede llegar a la presencia de Dios. Pero esto lo podemos decir de otra manera: en vez de acceso a Dios podemos llamarlo acceso a la-realidad. Todos los escritores religiosos tienen que buscar términos que puedan entender sus lectores. Tienen que presentar su mensaje en un lenguaje y en unos términos que lleguen al lector porque le son familiares o, por lo menos, pulsan una cuerda en su inteligencia. Los griegos tenían una idea básica del universo: pensaban en términos de dos mundos, el real y el irreal -que era éste. Creían que este mundo del espacio y el tiempo no era más que una reproducción imperfecta del mundo real. Esa era la doctrina fundamental de Platón, el más grande de los filósofos griegos. Creía en lo que él llamaba las formas. Había un mundo en algún lugar en el que estaban desplegadas las formas perfectas de las que son copias imperfectas todas las cosas de este mundo. Algunas veces llamaba a las formas ideas. En algún lugar está la idea de una silla, de la que son copias imperfectas todas las sillas concretas. En algún lugar existe la idea de un caballo, de la que son reflejo deficiente todos los caballos. A los griegos les fascinaba esta concepción del mundo real -el otro mundo- del que éste no es más que una reproducción imperfecta y aproximada. En este mundo nos movemos entre sombras; pero en algún lugar existe la realidad. El mayor problema de la vida es pasar del mundo de las sombras al mundo de las realidades.

A este problema alude y ofrece solución el autor de Hebreos. El templo terrenal es un pálido trasunto del verdadero Templo de Dios; el culto terrenal es un reflejo remoto del verdadero Culto; el sacerdocio terrenal es una copia inadecuada del verdadero Sacerdocio. Todas las cosas que conocemos señalan, más allá de sí mismas, a la realidad de la que no son más que reproducciones insatisfactorias. El autor de Hebreos encuentra la base para esa manera de pensar en el Antiguo Testamento.

Cuando Moisés recibió instrucciones para la construcción del tabernáculo con todo su mobiliario, Dios le dijo: «Mira que los hagas de acuerdo con el modelo que se te ha mostrado en el monte» (Éxodo 25:9, 40). Dios le había mostrado a Moisés el modelo real del que todo culto terrenal es sólo una copia difusa; así que el autor de Hebreos dice que los sacerdotes terrenales cumplen un ministerio que no es más que un boceto confuso del orden celestial. Para la expresión boceto confuso combina dos palabras griegas: hypodeigma, que quiere decir espécimen, o, más exactamente, boceto; y skiá, que quiere decir sombra, reflejo, fantasma, silueta. El sacerdocio terrenal es irreal, y no puede guiar a los hombres a la realidad; pero Jesús, sí puede. Podemos decir que Jesús nos introduce a la presencia de Dios, o que Jesús nos introduce a la realidad; ambas expresiones quieren decir lo mismo. Cuando el autor de Hebreos hablaba de la realidad, estaba usando un término que sus contemporáneos entendían perfectamente.

En lo mejor que puede ofrecer este mundo hay siempre imperfección. Nunca llega a lo que creemos que puede ser. Nada de lo que experimentamos o logramos aquí alcanza al ideal que nos atrae. El mundo real está más allá. Llámalo Cielo, o llámalo realidad; llámalo idea o forma; o llámalo Dios… Siempre está más allá.

Como lo vio el autor de Hebreos, sólo Jesús nos puede guiar, de la frustrante actualidad, a la plenamente satisfactoria realidad. Por eso Le llama Mediador (Mesités). Mesités viene de mesos, que, en este caso, quiere decir en medio. Un mesités es, por tanto, uno que se coloca entre dos personas que están enemistadas, y las reconcilia. Cuando Job clamaba en su angustia por poder presentar su caso ante Dios, grita desalentado: « ¡No hay entre nosotros árbitro (mesités) – que ponga su mano sobre nosotros dos!» (Job 9:33, R-V). Pablo llama a Moisés mesités (Gálatas 3:19) porque hizo de mediador para traer la Ley, de Dios a los hombres. En el período clásico de Atenas había un grupo de hombres -ciudadanos de no menos de sesenta años- a los que se podía llamar para que actuaran como mediadores cuando había una disputa entre dos ciudadanos, y su misión principal era lograr la reconciliación. En Roma estaban los arbitri. El juez decidía en cuestiones legales, péro los arbitri resolvían cuestiones de equidad, y su deber era poner punto final a los litigios. Además, en griego jurídico, mesités era el avalista, garante o fiador. Salía fiador por un amigo que estaba procesado; respondía de una deuda o descubierto. El mesités era el que estaba dispuesto a pagar la deuda de un amigo para arreglar las cosas.

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