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Hebreos 4: El reposo que no osaremos perder

Podemos entender algo de esto si pensamos en la importancia tremenda que han tenido las palabras en la Historia. Un líder acuña una frase, y ésta se convierte en un toque de trompeta que mueve a las personas a sacrificios y hazañas. Algún gran hombre envía un manifiesto, y éste produce un efecto que puede hacer o deshacer naciones. Una y otra vez en la Historia la palabra que ha dicho algún líder o pensador ha salido y ha obrado grandes cosas. Si así sucede con las palabras humanas, cuánto más con la Palabra de Dios.

El autor de Hebreos describe la Palabra de Dios en una serie de expresiones maravillosas.

(i) La Palabra de Dios está henchida de vida. Algunas cuestiones que tuvieron importancia en el pasado están tan muertas como una piedra; algunos libros famosos ya no tienen ninguna vida ni interés. Platón fue uno de los grandes pensadores del mundo, pero es dudoso que hoy hubiera interés para una serie de estudios diarios sobre su pensamiento. Una de las cosas maravillosas de la Palabra de Dios es que es un tema vivo para las personas de todos los tiempos. Otras cosas se sumen en el olvido; otras cosas puede que adquieran un interés académico o histórico; pero la Palabra de Dios es algo con lo que todos nos hemos de enfrentar, y su ofrecimiento es algo que hemos de aceptar o rechazar.

(ii) La Palabra de Dios es efectiva. Es uno de los hechos innegables de la Historia que siempre que se ha tomado en serio la Palabra de Dios han empezado a suceder cosas. Así sucedió en Europa en el siglo XVI: no tenemos más que abrir un libro de Historia para darnos cuenta de lo que sucedió cuando se descubrió la Palabra de Dios que había estado oculta. Y en una época mucho más cercana a nosotros, los grandes cambios que se notan tienen sin duda una relación íntima con la publicación de la Biblia en la lengua del pueblo y el florecimiento de los estudios bíblicos. Cuando tomamos en serio la Palabra de Dios nos damos cuenta en seguida de que no es solamente un libro que se puede leer y estudiar, sino una Palabra viva que hay que poner por obra.

(iii) La Palabra de Dios es penetrante. El autor aporta diversas frases que muestran lo penetrante que es. Penetra hasta la frontera entre el alma y el espíritu. En griego, el alma, psyjé, es el principio vital. Todos los seres vivos tienen psyjé, vida física. En griego, el espíritu, pneuma, es lo que es característico de los seres humanos, lo que nos permite pensar y razonar y mirar más allá de la Tierra, a Dios. Es como si el autor de Hebreos estuviera diciendo que la Palabra de Dios pone a prueba la vida terrena y la existencia espiritual del hombre. Dice que la Palabra de Dios escudriña los deseos e intenciones del corazón. EL deseo (enthymésis) es la parte emocional de la persona, y la intención (énnoia) la parte intelectual. Es como si dijera: «Tu vida emocional e intelectual deben someterse por igual al escrutinio de Dios.»

Por último, el autor de Hebreos resume varias cosas. Dice que todo está descubierto para Dios y no puede por menos de encontrarse ante Sus ojos. Usa dos palabras interesantes. La palabra para desnudo es gymnós. Lo que quiere decir es que, como personas humanas, solemos ocultarnos bajo un disfraz exterior; pero ante Dios estas cosas desaparecen y tenemos que enfrentarnos con Él tal como somos. La otra palabra es aún más gráfica: tetrajélismenos. No es una palabra corriente, y su significado no se conoce con absoluta certeza. Parece que se usaba de tres maneras diferentes.

(i) Es un término técnico de la lucha, y quiere decir agarrar al contrario de tal manera que no se puede mover. Puede que creamos que hemos conseguido evitar a Dios por un cierto tiempo; pero llega el momento en que nos agarra de tal manera que ya no podemos evitar encontrarnos cara a cara con Él. Llega el momento en que no podemos evadirnos más de Dios.

(ii) Es la palabra que se usaba con el sentido de despellejar animales. Éstos se colgaban, y se les quitaba la piel. La gente puede que nos juzgue por nuestra conducta y apariencia exteriores, pero Dios ve lo más secreto de nuestro corazón.

(iii) Algunas veces, cuando se llevaba a un criminal a juicio o a ejecución se le ponía un puñal con la punta debajo de la barbilla para obligarle a mantener la cara levantada para que todos pudieran ver su deshonra. Cuando se le hacía eso se decía que el hombre estaba tetrajélismenos. A fin de cuentas tenemos que enfrentarnos con la mirada de Dios. Tal vez nos podamos esconder de las personas a las que nos daría vergüenza enfren tarnos; pero no podremos evitar mirar a Dios cara a cara. Kermit Eby escribe en su El Dios en Ti: « En algún momento, uno tiene que dejar de correr de sí mismo y de Dios -proba blemente porque ya no tiene adónde huir-.» A todas las personas les llega el- momento en que tienen que encontrarse con ese Dios ante Cuyos ojos nada se puede ocultar.

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