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Hebreos 4: El reposo que no osaremos perder

(v) Pero no; la promesa no se agotó, porque, en el Salmo 95:7-11, David oye la voz de Dios que le dice al pueblo que puede entrar en Su reposo si no endurece el corazón. Es decir: siglos después de que Josué introdujera al pueblo en el reposo de la Tierra Prometida, todavía Dios sigue llamando a entrar en Su reposo. Este reposo ya no se refiere a entrar a vivir en la Tierra Prometida.

(vi) Y aquí llega el llamamiento final. Dios sigue llamando a no endurecer el corazón y a entrar en Su reposo. El «hoy» de Dios no ha terminado, y la promesa sigue abierta; pero «hoy» no va a durar siempre; la vida llega a su fin; uno se puede perder la promesa; por tanto, dice nuestro autor: « ¡Aquí y ahora, por la fe, entrad en el verdadero reposo de Dios!»

Hay una cuestión muy interesante de sentido en el versículo 1. Hemos adoptado la traducción: tened cuidado, no sea que alguno de vosotros se encuentre excluido. Es decir: «Tened cuidado, no sea que vuestra desobediencia y falta de fe tenga como consecuencia que se os cierre la entrada en el reposo y la paz que Dios os ofrece.»

Esa puede ser la traducción correcta; pero otra posibilidad muy interesante sería: «Tened cuidado, no sea que creáis que habéis llegado demasiado tarde para entrar a disfrutar ya nunca del reposo de Dios.»

En la segunda traducción hay una advertencia. Es muy fácil llegar a pensar que los grandes días de la religión ya han pasado. Se cuenta que un niño, cuando le contaron alguna de las grandes historias del Antiguo Testamento, dijo con añoranza: «Dios era mucho más emocionante entonces.» Hay una tendencia constante en la iglesia a mirar atrás y pensar que el poder de Dios ha disminuido y que los días dorados se han terminado. El autor de Hebreos nos dirige su toque de atención: « ¡No creáis que habéis llegado demasiado tarde! No creáis que los días de las grandes promesas y de las grandes hazañas han quedado atrás.

Todavía es «el hoy de Dios». Dios te ofrece una bendición tan grande como las de los santos del pasado, y te propone una aventura tan maravillosa como las de los héroes de la fe del pasado. Nuestro Dios es tan grande como ha sido siempre.» Hay dos verdades permanentes en este pasaje.

(i) Una palabra, aunque sea muy grande, no sirve para nada a menos que llegue a formar parte de la persona que la oye. Hay muchas maneras de oír en el mundo: indiferente, desinteresada, crítica, escéptica, cínicamente. El oír que importa es el que escucha con interés, cree, y pone en acción. Las promesas de Dios no son meras piezas hermosas de literatura; son promesas en las que a uno le va la vida.

(ii) En el primer versículo, el autor de Hebreos exhorta a sus lectores para que tengan cuidado de no perder la promesa. La palabra que hemos traducido como tener cuidado quiere decir literalmente temer (fobeisthai). Este temor cristiano no es el miedo que le hace a uno salir huyendo de una tarea; ni el que le reduce a uno a una inactividad paralizada; es el temor que le hace a uno poner toda la carne en el asador en un esfuerzo para no perder aquello que de veras vale la pena.

El temor a la palabra

Por tanto, esforcémonos para entrar en ese reposo, no sea que nos pase lo mismo que a aquellos israelitas y caigamos en la misma clase de desobediencia. Porque la Palabra de Dios está henchida de vida; es efectiva; es más aguda que una espada de doble filo; penetra hasta lo más íntimo de la división entre alma y espíritu, las coyunturas y el tuétano, y escudriña los deseos e intenciones del corazón. No hay cosa creada que pueda permanecer oculta a su vista; todo está descubierto ante Él, y no puede evitar encontrarse ante los ojos de Aquel a Quien tenemos que rendir cuentas.

La lección de este pasaje es que la Palabra de Dios ha venido al mundo, y es tal que no se puede ignorar. Los judíos tenían siempre una idea muy especial acerca de las palabras. Una vez que se decía una palabra, tenía una existencia independiente. No era simplemente un sonido con un cierto significado; era un poder que se liberaba y producía resultados. Isaías Le oyó decir a Dios que la Palabra que salía de Su boca no sería nunca ineficaz, sino que realizaría aquello para lo que Él la destinaba.

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