Hebreos 12 La carrera y la meta

Hebreos 12: La carrera y la meta

Deuteronomio 9:19 alude al terror de Moisés, pero el autor de Hebreos ha transferido estas palabras a la escena de la promulgación de la Ley, aunque en la historia original las pronunció Moisés cuando bajó de la montaña y se encontró con que el pueblo estaba adorando el becerro de oro. Todo el pasaje hasta el versículo 21 incluye reminiscencias de la historia del Monte Sinaí; y todos los detalles subrayan el horror de la escena. En tres cosas se hace hincapié.

(i) La majestad soberana de Dios. Es Su poder lo que se manifiesta, no Su amor.

(ii) La absoluta inaccesibilidad de Dios. Lejos de estar abierto el acceso a Dios, el
que intente acercarse a Él encontrará la muerte.

(iii) El absoluto terror de Dios. Aquí no hay más que un temor sobrecogedor que tiene miedo de mirar y aun de oír.

Y entonces, a partir del versículo 22, vemos la diferencia. La primera sección trata de todo lo que el hombre podía esperar bajo el Antiguo Pacto: un Dios de majestad solitaria, separado absolutamente del hombre y que inspira un terror demoledor.

Pero el cristiano ha entrado en un Nuevo Pacto y en una relación nueva con Dios que es amor.

Hebreos hace una especie de lista de las nuevas glorias que esperan al cristiano.

(i) Le espera la Nueva Jerusalén. Se acaba este mundo, con toda su transitoriedad, sus miedos, sus misterios y sus separaciones, y al cristiano se le ofrece una vida nueva.

(ii) Le esperan los ángeles, reunidos en jubilosa asamblea. La palabra es panéguyris, que se usaba para hablar de una jubilosa asamblea nacional en honor de los dioses. Describía para los griegos un día de fiesta muy alegre en el que todo el mundo se lo pasaba estupendamente. Para el cristiano, el gozo del Cielo es tal que hace que hasta los ángeles se pongan jubilosos.

(iii) Le espera el pueblo escogido de Dios. El autor de Hebreos usa dos palabras para describirlo. Dice literalmente que son los primogénitos. Lo que caracteriza al primogénito es que le corresponden la herencia y el honor. Dice que son aquellos cuyos nombres figuran en los registros del Cielo. En la antigüedad, los reyes guardaban un registro de los ciudadanos fieles. Así es que al cristiano le esperan todos los que Dios ha distinguido y ha considerado súbditos fieles de Su Reino.

(iv) Le espera Dios el Juez. El autor de Hebreos no olvida nunca que, al final de todo, el cristiano tendrá que presentarse ante el tribunal de Dios. Allí está la gloria; pero permanece el temor de Dios. El Nuevo Testamento no corre nunca peligro de convertir la idea de Dios en algo sensiblero.

(v) Le esperan los espíritus de los justos que han alcanzado su meta. Antes le rodeaban como una nube invisible; al fin, el cristiano será uno de ellos; se habrá reunido con aquellos cuyos nombres están en el cuadro de honor de Dios.

(vi) Por último, el autor de Hebreos dice que allí le espera Jesús, el Que inició este Nuevo Pacto e hizo posible esta nueva relación con Dios. Fue Él, el Sumo Sacerdote perfecto y el perfecto Sacrificio, el que hizo accesible lo inaccesible, y eso al precio de Su Sangre. Así es que la sección termina con el curioso contraste entre la sangre de Abel y la de Jesús. Cuando Abel fue asesinado, su sangre pedía venganza desde la tierra (Génesis 4:10); pero cuando Jesús fue asesinado, Su Sangre abrió el camino de la reconciliación. Su Sacrificio hizo que los hombres pudieran ser amigos de Dios.

La humanidad había vivido bajo el terror de la Ley; Dios estaba a una distancia infranqueable de terror paralizador. Pero, cuando Jesús vino y vivió y murió, el Dios tan distante se hizo cercano, y se abrió el acceso a Su presencia.

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