Hebreos 12 La carrera y la meta

Hebreos 12: La carrera y la meta

Así que el autor insiste en que debemos ver las pruebas de la vida como la disciplina de Dios, y como enviadas, no para nuestro daño, sino para nuestro bien supremo y último. Para demostrar su argumento cita Proverbios 3:11, 12. La disciplina que Dios nos manda se puede considerar de muchas maneras.

(i) Se puede aceptar resignadamente. Eso era lo que decían los estoicos. Mantenían que absolutamente nada sucede en el mundo fuera de la voluntad de Dios; por tanto, inferían, no podemos hacer más que aceptarla. Hacer otra cosa sería machacarse la cabeza contra los muros del universo. Es posible que sea ésta la decisión más sabia; pero no se puede negar que se trata de aceptar el poder, y no el amor, del Padre.

(ii) Se puede aceptar la disciplina con el sentido ceñudo de acabar con ella lo más pronto posible. Cierto famoso romano decía: «No voy a dejar que nada me interrumpa la vida.» Si se acepta así la disciplina, se la considera una imposición que hay que pasar a regañadientes, pero no con agradecimiento.

(iii) Se puede aceptar la disciplina con un complejo de víctima que conduce al derrumbamiento final. Hay personas que, cuando se encuentran en una situación difícil, dan la impresión de ser los únicos a los que la vida trata con dureza. Sólo piensan en compadecerse a sí mismos.

(iv) Uno puede aceptar la disciplina como un castigo que se le impone. Es curioso que, por aquel tiempo, los romanos veían en los desastres personales y nacionales simplemente la venganza de los dioses. Lucano escribió: « ¡Feliz sería Roma, y benditos serían sus habitantes, si los dioses estuvieran tan interesados en cuidar de los humanos como parecen estarlo en infligir venganza!» Tácito mantenía que los desastres de la nación eran prueba de que los dioses estaban más interesados en el castigo que en la seguridad de los humanos. Todavía hay quienes consideran vengativo a Dios. Cuando les sucede algo a ellos o a sus seres queridos, se preguntan: «¿Qué he hecho yo para merecer esto?» Y hacen la pregunta en un tono que delata su convicción de que Dios se ha equivocado o pasado en el castigo. Nunca se les ocurre preguntar: « ¿Qué está enseñándome Dios mediante esta experiencia?»

(v) Hemos llegado a la última actitud. Se puede aceptar la disciplina porque nos viene de un Padre amoroso. Jerónimo dijo una paradoja que encierra un gran verdad: « La peor ira de Dios sería que dejara de enfadarse con nosotros cuando pecamos.»

Quería decir que el supremo castigo sería que Dios nos dejara por imposibles. El cristiano sabe que « la mano del Padre nunca causará a Su hijo una lágrima innecesaria», y que todo vale para hacerle a uno más sabio y mejor persona.

Dejaremos de compadecernos de nosotros mismos si recordamos que no hay disciplina de Dios que no venga del manantial de Su amor y que no sea para nuestro bien.

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