Hebreos 11: La fe de la ofrenda aceptable

Creer lo increíble

Fue por su fe por lo que Sara también recibió poder para quedarse embarazada y dar a luz aunque ya se le había pasado el tiempo con mucho; porque creyó que se podía confiar plenamente en el Que lo había prometido. Y así, de un solo hombre, y un hombre cuyo cuerpo había perdido ya toda la vitalidad, nació una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y tan incontable como la arena de las playas.

La historia de la promesa que Dios les hizo a Abraham y Sara de que tendrían un hijo se cuenta en Génesis 17:15-22; 18:9-15; 21:1-8. Lo maravilloso es que Abraham y Sara eran muy ancianos, y hacía mucho que se les había pasado la edad de engendrar y concebir hijos; pero, según la antigua historia, Dios les hizo la promesa, y la cumplió.

La reacción de Abraham y Sara tuvo tres etapas.

(i) Empezó por la más completa incredulidad. Cuando Abraham oyó la promesa se llevó las manos a la cabeza y se echó a reír (Génesis 17:17). Cuando la oyó Sara se rió para sus adentros (Génesis 18:12). Al escuchar por primera vez las promesas de Dios, la reacción humana esa menudo pensar que son demasiado buenas para ser verdad. No hay misterio en toda la creación que se pueda comparar con el amor de Dios. Que ame a la humanidad y sufra y muera por ella es algo que nos mueve a la más absoluta incredulidad. Por eso el Mensaje de Cristo es Evangelio, Buena Noticia; tan buena que nos parece increíble.

(ii) De ahí pasó al amanecer del darse cuenta. Después de la incredulidad vino el amanecer de que era Dios el Que les había hablado, y Dios no puede mentir. Los judíos solían establecer como ley primaria para un maestro que no debe prometerles nunca a sus alumnos lo que no tiene intención o posibilidad de cumplir; el hacerlo sería enseñarles a faltar a su palabra. Cuando recordamos que el que hace la promesa es Dios, nos damos cuenta de que tiene que ser cierta.

(iii) Y culminó en la capacidad de creer lo imposible. El que Abraham y Sara tuvieran un hijo, humanamente hablando era imposible. Como dijo Sara: « ¿Quién iba a decir que Sara iba a dar de mamar a hijos?» (Génesis 21:7). Pero, por la gracia y el poder de Dios, lo imposible se hizo realidad. Hay algo aquí que eleva y ablanda cualquier corazón. Cavour dijo que lo más esencial de un estadista es « el sentido de lo imposible.» Cuando oímos a los hombres planificar y discutir y pensar en voz alta, nos da la impresión de que un gran número de cosas de este mundo que son deseables tienen que descartarse como imposibles.

La gente se pasa la mayor parte de la vida poniéndole trabas al poder de Dios. La fe es la capacidad de echar mano de esa Gracia que es suficiente para todas nuestras necesidades, de tal manera que lo que era humanamente imposible se vuelve divinamente posible. Todo es posible para Dios y, por tanto, la palabra imposible no figura en el diccionario del cristiano ni de la Iglesia Cristiana.

Forasteros y apátridas

Todos éstos murieron sin llegar a poseer lo prometido. Solamente lo oteaban en la distancia y lo saludaban desde lejos, confesándose apátridas y forasteros en la Tierra. Ahora bien, los que hablan así dejan bien claro que están buscando una patria; y, si estuvieran pensando en la que dejaron atrás, tiempo tenían de volver a ella. Pero, está claro que lo que buscaban era algo mejor; quiero decir, la patria celestial. Por eso mismo a Dios no Le daba vergüenza que Le llamaran su Dios, porque les tenía preparada esa ciudad que estaban buscando.

Ninguno de los patriarcas llegó a tomar posesión de la Tierra Prometida. Fueron nómadas toda la vida, y no vivieron nunca como residentes en ningún sitio. De aquí sacamos ciertas lecciones de carácter permanente.

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