Hebreos 11: La fe de la ofrenda aceptable

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Enviaron a un senador que se llamaba Popilio Lena, con un pequeño séquito sin armas. Popilio y Antíoco se encontraron cerca de la frontera de Egipto. Como ya se conocían de Roma y habían sido amigos, hablaron. Y entonces, muy gentilmente, Popilio le dijo a Antíoco que Roma quería que no prosiguiera con la campaña y que se volviera a casa. Antíoco dijo que ya se lo pensaría. Popilio cogió el bastón, trazó un círculo en la arena alrededor de Antíoco y le dijo tranquilamente: « Piénsatelo de prisa; tienes que darme la respuesta antes de salir de este círculo.» Antíoco se lo pensó un momento, y se dio cuenta de que era imposible desafiar a Roma; así es que dijo: « Me vuelvo a casa.» Era una humillación demoledora para un rey.

Antíoco se volvía a su tierra, medio loco de rabia, y de camino se desvió y atacó a Jerusalén, capturándola casi sin esfuerzo. Se dice que murieron 80.000 judíos, y otros 10.000 fueron vendidos como esclavos. Pero aún tenían que ponerse peor las cosas. Saqueó el templo. Se llevó los altares de oro de los panes de la proposición y del incienso, el candelabro de oro, los instrumentos y vasijas de oro y hasta los velos y las cortinas. Saqueó el tesoro del templo. Y aún peor: en el altar de los holocaustos ofreció a Júpiter sacrificios de puerco, y convirtió en burdeles las salas del templo. No omitió ningún sacrilegio imaginable. Y todavía peor: prohibió la circuncisión y la posesión de las Escrituras y de la Ley. Ordenó que obligaran a los judíos a comer carne que consideraban inmunda y a ofrecer sacrificios a los dioses griegos. Puso inspectores que recorrieran todo el país comprobando que se cumplían estas órdenes; y, si se encontraba gente que las desafiara, «le hacían pasar grandes miserias y crueles tormentos; porque los azotaban con varas y les destrozaban el cuerpo; los crucificaban mientras estaban todavía vivos y respirando; estrangulaban a las mujeres y a sus hijos circuncidados como había mandado el rey, colgándoles los hijos por el cuello como si estuvieran en cruces. Y si encontraban algún libro de la Ley, lo destruían miserablemente, juntamente con los que lo poseyeran» (Josefo, Antigüedades de los Judíos, 12:5,4). Probablemente este es el plan más sádico que ha habido para acabar con una religión.

Es fácil comprender que este pasaje se podía leer en relación con los terribles acontecimientos de aquellos días. El Cuarto Libro de los Macabeos tiene dos historias famosas que estarían sin duda en la mente del autor de Hebreos cuando escribió esta lista de lo que habían tenido que sufrir los hombres de fe.

La primera historia es la del anciano sacerdote Eleazar (4 Macabeos 5-7). Le trajeron ante Antíoco, que le mandó comer carne de cerdo bajo amenaza de las peores torturas si se negaba. Él se negó. «Nosotros, Antíoco -le dijo-, que estamos convencidos de que vivimos bajo una Ley divina, no consideramos que haya nada que nos obligue más que la obediencia a nuestra Ley.» El no cumpliría las órdenes del rey. «Ni aunque me saques los ojos o me abrases las entrañas.» Le desnudaron y le azotaron con látigos, mientras un heraldo le repetía: « ¡Obedece las órdenes del rey!» Le rasgaron la carne con látigos de forma que la sangre le corría por, todo el cuerpo y tenía los costados abiertos de heridas. Cayó al suelo, y uno de los soldados le dio de patadas en el estómago para obligarle a levantarse. Por último, hasta los guardias se sintieron movidos a compasión, y le sugirieron traerle carne que no fuera de cerdo para que la comiera como si lo fuera. El rehusó. «Así nos convertiríamos en un ejemplo de impiedad ante los jóvenes, si les diéramos una excusa para comer lo inmundo.» Por último le llevaron, y le arrojaron al fuego, «quemándole con instrumentos de sofisticada crueldad y echándole líquidos hediondos por la nariz.» Así murió, declarando: «Muero en tormentos rabiosos por amor a la Ley.»

La segunda historia es la de los siete hermanos (4 Macabeos 8-14). También a ellos les presentaron la misma alternativa y les advirtieron con las mismas amenazas. Les presentaron « ruedas y potros y garfios y catapultas y braseros y sartenes y torniquetes de dedos y manos de hierro y cuñas y brasas.» El primer hermano se negó a comer cosas inmundas. Le azotaron con látigos y le ataron a la rueda hasta dislocarle y fracturarle todos los miembros. «Hicieron un montón de leña y le prendieron fuego mientras le estiraban aún más en la rueda. Y la rueda estaba toda embadurnada de sangre, y el fuego se extinguió del goteo de sangre coagulada, y trozos de carne volaban por los ejes de la máquina.» Pero él soportó las torturas y murió fiel.

Ataron al segundo hermano a las catapultas. Se pusieron guantes de pinchos de hierro. «Aquellas bestias salvajes, fieras como panteras, primero le rasgaron toda la carne que cubre los tendones con los guantes de hierro hasta las mandíbulas y le arrancaron la piel de la cabeza.» También él murió fiel. Hicieron avanzar al tercer hermano. «Los oficiales, impacientes ante su firmeza, le dislocaron las manos y los pies con aparatos de tortura, y lo mismo hicieron con todos sus miembros. Luego le fracturaron los dedos, las manos, las piernas y los codos.» Por último le partieron el cuerpo en la catapulta y le despellejaron vivo. También él murió fiel. Al cuarto hermano le cortaron la lengua antes de someterle a torturas semejantes. Al quinto hermano le ataron a la rueda y le doblaron hasta el límite; luego le sujetaron con grilletes a la catapulta y le destrozaron completamente. Al sexto quebrantaron en la rueda «mientras un fuego le abrasaba por debajo. Luego calentaban espetones agudos y se los aplicaban a la espalda; y atravesándole los costados le quemaban las entrañas.» A1 séptimo hermano asaron vivo en una sartén inmensa. Éstos murieron fieles también.

Estas eran las cosas que el autor de Hebreos tenía en mente, y que nosotros haremos bien en recordar. Fue la fe de estas personas lo que hizo que la religión judía no fuera destruida totalmente. Si esa religión hubiera desaparecido, ¿qué habría sido del propósito de Dios? ¿Cómo podría haber nacido Jesús en el mundo si la religión judía hubiera dejado de existir? En un sentido muy real debemos el que el Evangelio se pudiera cumplir a estos mártires de los tiempos cuando Antíoco Epífanes se propuso acabar con la religión judía a toda costa.

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Lionel Valentin Calderón

Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco, Puerto Rico. Ha publicado varios libros entre los que destacan Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV, Bendiciones Cristianas Vols I-II y La Biblia comentada de Génesis a Apocalipsis.

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