Hebreos 11: La fe de la ofrenda aceptable

El autor de Hebreos está tratando aquí de inspirar nuevo valor y un sentido de responsabilidad nuevo recordándoles a sus lectores su pasado. No lo hace de una manera obvia, sino con un arte exquisito. No les recuerda abiertamente las cosas, sino les da pistas para que las recuerden por sí mismos. Cuando Oliver Cromwell estaba haciendo los preparativos para la educación de su hijo Richard, dijo: «Me gustaría que aprendiera un poco de Historia.» Cuando estemos desanimados, recordemos, y nos animaremos. A Dios no se Le ha achicado el brazo, ni se Le ha disminuido el poder. Lo que hizo una vez, puede hacerlo de nuevo; porque el Dios de la Historia es el mismo que adoramos hoy.

El desafío del sufrimiento

A las mujeres se les devolvieron los suyos que habían perdido resucitados de los muertos. Otros fueron crucificados al negarse a aceptar el rescate; porque esperaban una mejor resurrección. Otros soportaron burlas y palizas; sí, y cadenas y cárceles. A otros los apedrearon; a otros, los serraron vivos; otros pasaron por toda clase de pruebas; y otros murieron asesinados a espada. Algunos fueron vestidos de pieles de ovejas o de cabras; pasaron necesidades, fueron oprimidos, maltratados por un mundo que no era digno de ellos… Vagaron por los desiertos y por las montañas viviendo en cuevas y en cavernas de la tierra. Y todos estos, aunque tenían la confirmación por la fe, no recibieron lo que estaba prometido; porque Dios tenía algo mejor para nosotros, de forma que ellos, sin nosotros, no habrían podido alcanzar el cumplimiento de los propósitos de Dios.

El autor de Hebreos mezcla en este pasaje diferentes períodos de la historia de Israel. Algunas veces toma sus ilustraciones del Antiguo Testamento hebreo; pero más a menudo del período de los macabeos, que se encuentra entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

En primer lugar vamos a fijarnos en las cosas que se pueden explicar desde el trasfondo del Antiguo Testamento. En las vidas de Elías (1 Reyes 17:17ss) y de Eliseo (2 Reyes 4:8ss) leemos cómo, por el poder y la fe de los profetas, hubo mujeres que recuperaron a sus hijos que ya se habían muerto.

2 Crónicas 24:20-22 nos dice que el profeta Zacarías fue apédreado por su propio pueblo porque les dijo la verdad. Una leyenda nos cuenta que a Jeremías le apedrearon sus compatriotas en Egipto. Otra leyenda nos cuenta que a Isaías le serraron vivo. Cuando Ezequías, el buen rey, murió, le sucedió en el trono Manasés, que dio culto a los ídolos y trató de obligar a Isaías a que tomara parte en su idolatría y la aprobara. Isaías se negó, y el rey le condenó a que le serraran vivo con una sierra de madera. Mientras sus enemigos intentaban hacerle renegar de su fe, él seguía desafiándolos y profetizando su destrucción. « Y, mientras la sierra le iba cortando la carne, Isaías no profería quejas ni derramaba lágrimas; pero no dejó de mantenerse en comunión con el Espíritu Santo hasta que la sierra le llegó a la mitad del cuerpo.»

Pero el autor de Hebreos recorre con el pensamiento aún más los días terribles y heroicos de la lucha de los macabeos. Ese es un período que los cristianos debemos estudiar; porque, si sus enemigos hubieran destruido la fe de Israel, Jesús no habría podido venir. La historia es como sigue.

Hacia el año 170 a.C. ocupaba el trono de Siria un rey que se llamaba Antíoco Epífanes. Fue un buen político; pero tenía un amor casi anormal a todo lo griego, y se consideraba un misionero de la manera griega de vivir. Intentó introducir todo esto en Palestina, no sin éxito, porque había algunos que querían aceptar la cultura griega, con sus obras dramáticas y juegos atléticos.

Los atletas griegos se entrenaban y competían desnudos, y algunos sacerdotes llegaron hasta a operarse para quitarse del cuerpo la señal de la circuncisión y helenizarse del todo. Hasta entonces, lo único que había conseguido Antíoco había sido causar una división en el pueblo de Israel. La mayor parte de los judíos permanecían inalterablemente fieles a su religión, y no se los podían cambiar. Todavía no se habían usado la fuerza y la violencia.

Entonces, hacia 168 a.C., el problema alcanzó su clímax. Antíoco tenía interés en Egipto. Preparó un ejército e invadió ese país. Para su humillación, los romanos le hicieron que se volviera a su tierra. No mandaron un ejército para resistirle; el poder de Roma era tal que no tenían necesidad de llegar a eso.

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