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Hay esperanza

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Leslie Weatherhead narró una historia de esperanza en medio de los días obscuros de la Segunda Guerra Mundial y de los bombardeos relámpagos de los nazis contra Londres, extraída de uno de los museos de arte de Inglaterra. Se habían tomado muchas precauciones para proteger los tesoros de arte en los museos de Londres, pero algunas galerías permanecían todavía abiertas al público durante esos días difíciles.

En una ocasión, un museo estaba exhibiendo la interpretación de un artista del poema épico de Goethe, Fausto. En la pintura, Fausto y Mefistófeles estaban sentados frente a una mesa de ajedrez. Fausto, quien es el símbolo de todos los hombres en el poema de Goethe, era el cuadro de la desesperación. Mefistófeles, quien para Goethe era la encarnación del mal, reflejaba un estado de gozo y alegría. Mirando la mesa de ajedrez, parecería como si Mefistófeles hubiera acorralado a Fausto. El rey de Fausto estaba en jaque mate. La batalla entre los dos oponentes había terminado.

Mefistófeles había ganado.

Una tarde, un hombre mayor, que era un maestro en el juego de ajedrez, estaba caminando con un grupo de visitantes por la galería. El se sintió fascinado por la escena de la tabla de ajedrez y los dos jugadores. Apartándose del grupo, el hombre se sentó frente a la pintura para estudiarla en detalle. Aquella tarde justo antes de que cerraran, el hombre saltó sobre sus pies y quebró el silencio de la galería, gritando, «¡Es una mentira! ¡Es una mentira! El rey y el caballo se pueden mover!» La miserable resignación y la desesperanza de Fausto estaban mal fundadas. El alborozo demoníaco de Mefistófeles no era eterno.

Este incidente es una parábola de la experiencia de toda persona. El hombre es un pecador. El ha sido atrapado por la trampa del maligno. Pero el dilema del hombre no es una situación sin esperanza. En Jesucristo, como el Rey de reyes y el Príncipe de paz, Dios ha hecho algo para traer liberación y redención a la humanidad perdida.

Pablo expresó esto poderosamente al escribir a los cristianos en Corinto: «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación».

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