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Haciendo bien todas las cosas

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Dejando Jesús otra vez los confines de Tiro, se fue por los de Sidón hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de Decápolis; y su­biendo a un monte, se sentó, y le presentaron un hombre sordo y mudo, suplicándole que pusiese sobre el su mano para curarle. Y apartándole Jesús del bullicio de la gente, le metió los dedos en las orejas, y con la saliva le tocó la lengua. Y alzando los ojos al cielo, arrojó un suspiro y la dijo: Effeta, que quiere decir Abríos. Y al mo­mento se le abrieron los oídos, y se le soltó el impedimento de la len­gua, y hablaba claramente. Y les mandó que no lo dijeran a nadie, pero cuanto mas se lo mandaba, con tanto mayor empeño lo publicaban; y tanto mas crecía su admiración, y decían: Todo lo ha hecho bien: Él ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos. Y se acercaron a Él muchas gentes, trayendo consigo mudos, ciegos, cojos, inválidos y otros muchos dolientes, y los pusieron a sus pies, y los curó. Marcos 7: 31-37; Mateo 15: 29-31

Esta historia empieza describiéndonos lo que tuvo que ser un viaje alucinante. Jesús fue de Tiro al territorio del mar de Galilea, de Tiro, al Norte, a Galilea, al Sur; y empezó por ir a Sidón. Es decir: ¡se dirigió hacia el Sur pasando por el Norte!

Algo así como si hubiera ido de Zaragoza a Valencia pasando por Barcelona. Ante este hecho aparentemente extraño, algunos han pensado que el texto está equivocado, y que Sidón no debería aparecer en él. Pero es bastante cierto que el texto es correcto tal como está. Otros han pensado que este viaje tuvo que prolongarse durante no menos de ocho meses, lo cual es perfectamente probable.

Puede ser que este largo viaje fuera la paz antes de la tormenta; un largo período de comunión con Sus discípulos antes de que se desencadenara la tempestad final. En el capítulo siguiente, Pedro hace el gran descubrimiento de que Jesús es el Mesías (Marcos 8:27-29), y bien puede ser que fuera en este largo viaje en que estuvieron los discípulos a solas con Jesús cuando se le hizo la luz en el corazón a Pedro. Jesús necesitaba este período extenso con Sus hombres antes del estrés y la tensión del próximo final.

Cuando Jesús llegó otra vez a la región de Galilea, pasó por el distrito de la Decápolis, y fue allí donde Le trajeron a un hombre que era sordo y tenía un impedimento en el habla. Lo más probable es que las dos cosas estuvieran relacionadas; sería su incapacidad para oír lo que hiciera su habla tan imperfecta. No hay milagro que nos muestre más hermosamente la manera que tenía Jesús de tratar con las personas.

(i) Jesús apartó al hombre de la multitud. Aquí tenemos una consideración de lo más tierna. Los sordos siempre tienen un sentido del ridículo muy agudo. En algunos sentidos es más vergonzoso ser sordo que ser ciego. Un sordo sabe que no puede oír; y cuando alguien de la multitud le grita y trata de hacerlo comprender algo, por su nerviosismo se coloca en una situación aún más desesperada. Jesús mostró la consideración más sensible hacia los sentimientos de un hombre para quien la vida era muy difícil.

(ii) En todo este episodio Jesús representa lo que está haciendo con gestos, como en una escena muda. Puso las manos en los oídos del hombre y le tocó la lengua con saliva. En aquel tiempo se creía que la saliva tenía una cualidad curativa.

El historiador romano Suetonio cuenta un incidente de la vida del emperador Vespasiano. «Sucedió que un cierto plebeyo totalmente ciego y otro hombre que tenía una pierna coja y débil se llegaron juntos a él cuando estaba sentado en el tribunal, suplicándole la ayuda y el remedio para sus dolencias que les había revelado Serapis en sueños: que el Emperador habría de restaurarle al uno la vista con solo escupirle en los ojos, y fortalecerle la pierna al otro simplemente consintiendo tocársela con su talón. Ahora bien: aunque Vespasiano no podía creer en la eficacia de esos gestos, y por tanto no se atrevía ni a hacer la prueba, por último, ante la insistencia de sus amigos, probó los dos medios en presencia de la asamblea, y resultaron efectivos» (Suetonio, Vida de Vespasiano 7). Jesús elevó la mirada al cielo para mostrar que la ayuda había de venir de Dios. Entonces dijo la palabra, y el hombre fue sanado.

Todo el relató nos muestra claramente que Jesús no consideraba a aquel hombre meramente como un caso clínico; le consideraba una persona individual. Aquel hombre tenía una necesidad y un problema especiales, y con la consideración más tierna, Jesús le trató de una manera que respetaba sus sentimientos y que él podía entender.

Cuando concluyó la curación, la gente declaró que Jesús había hecho todas las cosas bien. Ese había sido el veredicto de Dios cuando completó Su propia creación en el principio (Génesis 1:31). Cuando vino Jesús trayendo sanidad a los cuerpos y salvación a las almas, empezó una nueva creación. En el principio, todo había sido bueno; el pecado humano lo había echado todo a perder; y ahora Jesús estaba devolviéndole la belleza de Dios al mundo afeado por el pecado humano.

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