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Génesis 27: Bendición de Jacob y Esaú

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Isaac concede a Jacob la bendición del pacto.

El relato del encuentro de Isaac con Jacob intentando hacerse pasar por Esaú es el más riesgoso y dramático en todo el desarrollo de estos encuentros. El encuentro de Jacob con Isaac se desarrolla de la siguiente manera: En primer lugar, Jacob se presenta a su padre. Este, que era ciego, requiere una identificación verbal. Al identificarse Jacob como Esaú, expresa la primera declaración de engaño. Segundo, le ofrece el potaje favorito para que coma y luego le bendiga. Esta declaración coincide con el requisito que Isaac diera a Esaú, aparentemente creyendo que nadie más estaba presente, de modo que la presentación del potaje daba credibilidad. Tercero, viene una serie de objeciones que Isaac presenta que dan expresión a su duda en cuanto al cumplimiento exacto del requisito de bendición (potaje e hijo correctos). El engaño no resulta fácil. Pareciera como si Isaac reconocía que este momento no era de simple resolución y que necesitaba toda la seguridad posible para obrar correctamente.

Isaac presenta varias dudas y objeciones a Jacob y éste magistralmente satisface a todas ellas. La primera objeción es la rapidez con la que se presenta la comida. Isaac sabía que la caza de un animal silvestre no era tan fácil y que la preparación del mismo requería cierto tiempo. Es un hecho que una mentira demanda otra y así sucesivamente. Y Jacob inventa rapidamente una respuesta: el “Dios de Isaac” actuó en su favor. La siguiente objeción tiene que ver con la identidad propia del hijo. Aunque no se menciona, el temor de Isaac aparentemente era que Jacob se presentara a reclamar la bendición. Ya que la ceguera de Isaac le impedía hacer una distinción visual, él usa sus otros sentidos para asegurarse de que no estaba siendo engañado. El usa el tacto para palpar y reconocer el aspecto externo (velludo) de Esaú. El usa el gusto a través del pedido de beso a su hijo y el olfato oliéndole de cerca. Rebeca había previsto con precisión para todas estas pruebas con la piel de los cabritos en las manos de Jacob y la ropa de Esaú con la “fragancia” propia a Esaú. Todas estas pruebas hacen inclinar a Isaac a convencerse que el hijo presentado es Esaú, aunque la voz de Jacob permanece distintivamente: La voz es… de Jacob. Finalmente y después de una última interrogación de identidad, Isaac queda satisfecho y come la comida presentada.

El requisito del potaje favorito estaba cumplido; la identificación del hijo estaba hecha. Ya nada podía impedir que el padre otorgara su bendición. La bendición contiene una promesa divina de prosperidad material, preeminencia política en el concierto de naciones, liderazgo del clan y continuidad con la bendición a Abraham. Una vez pronunciada la bendición e identificado el recipiente, ésta se vuelve irrevocable e intransferible. La conexión del pasado con el futuro estaba hecha.

Aquí debemos admitir que la bendición no fue solamente el resultado de un plan humano de engaño trazado y ejecutado magistralmente. Detrás de todo estaba el poder de Dios que obra en y a través de las circunstancias. Detrás de la moralidad está el factor religioso que hasta ese momento tiene como única referencia el pacto de Dios con Abraham con las promesas de descendencia, tierra y bendiciones. Será bueno repetir los tres factores “religiosos” detrás de este engaño. El anuncio profético durante el embarazo: El mayor servirá al menor; el menosprecio de Esaú por la primogenitura y su venta a Jacob; y el casamiento de Esaú con mujeres hititas arriesgando así la identidad racial y cultural del naciente pueblo escogido por Dios. Todos ellos con seguridad apuntan a un fracaso al plan redentor de Dios. Por ello, por encima de los autores humanos, hay una fuerza superior que permite todo este desarrollo. Esa fuerza es imposible de explicar o de justificar. Es esfera o área exclusiva a la soberanía absoluta de Dios.

La bendición de Isaac a Esaú.

Aunque Esaú no obtiene la bendición patriarcal, sin embargo el padre también le concede una bendición, diríamos, secundaria. Tanto Isaac como Esaú reconocen la necesidad de una bendición que al final llega. Pero antes, padre e hijo pasan por momentos de tristeza, amargura e impotencia. El primero en reaccionar ante la realidad de lo acontecido es Isaac quien se conmueve profundamente al comprobar que había otorgado la bendición a otro. Luego Esaú es quien se lamenta grandemente: Profirió un grito fuerte y muy amargo. Una vez recuperado ruega a su padre reclamando también la bendición. Pero la bendición, como la primogenitura, es única. No se puede duplicar ni recuperar.

Isaac entonces admite que fue Jacob quien había suplantado a Esaú y declara que ha otorgado todo a Jacob. Nada sustancial le queda para bendecir a Esaú. Este reconoce el engaño como esperado y consistente con el carácter de Jacob. Dicha realidad llevará a una hostilidad peligrosa entre los dos hermanos y más tarde entre las dos naciones originadas por los dos hermanos. Se puede notar la persistencia de Esaú en que el padre le otorgue no ya “la” bendición, sino aunque sea “una” bendición. Para nosotros es extraña la insistencia de Esaú de no quedar sin una bendición del padre. Pero, en el mundo espiritual de los patriarcas y de la Biblia, una generación con otra estaban firmemente ligadas. La tradición, herencia, propósito de vida, es decir, el pasado, el presente y el futuro, estaban firmemente conectados con la bendición de una generación a la otra.

Finalmente Isaac concede una bendición a Esaú que consiste en prosperidad material, en un territorio propio, la realidad histórica de una sobrevivencia difícil y en base a lucha. Además implica la sumisión o inferioridad política a su hermano con la esperanza de liberación con el tiempo. La Biblia y la historia testifican del cumplimiento de esta bendición en el desarrollo del pueblo de Edom y su relación con Israel. La relación de Esaú y Jacob no termina con la resolución de la herencia. Continúa en hostilidad, separación y finalmente reconciliación.

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