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Gálatas 2: Uno que no se dejaba intimidar

Aquí debemos estar seguros del sentido de una palabra. Cuando los judíos aplicaban la palabra pecadores a los gentiles, no estaban pensando en sus cualidades morales, sino en la observancia de la ley. Para dar un ejemplo: Levítico 11 establece los animales que se pueden comer, y los que no. Una persona que comiera liebre o cerdo, quebrantaba estas leyes, y se convertía en un pecador en este sentido del término. Así es que Pedro respondería a Pablo: «Pero, si yo como con los gentiles y como lo mismo que ellos, me convierto en un pecador.» La respuesta de Pablo era doble. Primero, decía: «Estuvimos de acuerdo hace mucho en que ninguna cantidad de cumplimiento de la ley puede hacer que una persona esté en la debida relación con Dios. Eso solo puede lograrse por Gracia. Una persona no puede ganar, sino que tiene que aceptar el ofrecimiento generoso del amor de Dios en Jesucristo. Por tanto, todo lo relativo a la ley es irrelevante.» A continuación decía: « Tú dices que el dejar de lado todo lo referente a reglas y normas te convertirá en un pecador. Pero eso es precisamente lo que Jesucristo te dijo que hicieras. No te dijo que trataras de ganar la salvación comiendo de este animal y no comiendo del otro. Te dijo que te rindieras sin reserva a la Gracia de Dios. ¿Vas a suponer entonces que Él te enseñó a convertirte en pecador?» Está claro que no podía haber nada más que una conclusión adecuada a este problema: Que la vieja ley había sido abolida.

A este punto se había llegado. No podía ser verdad que los gentiles vinieran a Dios por la Gracia, y los judíos por la Ley. Para Pablo no había más que una realidad: la Gracia, y era mediante el rendimiento a esa Gracia como todos los hombres tenían que llegar a Dios.

Hay dos grandes tentaciones en la vida de la Iglesia; y, en cierto sentido, cuanto mejor sea una persona tanto más propensa está a caer. Primero: existe la tentación de tratar de ganar el favor de Dios; y segundo: la tentación de usar algún pequeño logro para compararse con los semejantes con ventaja propia y desventaja ajena. Pero un cristianismo al que le queda demasiado del yo como para pensar que por sus propios esfuerzos puede acomprar el favor de Dios, y que por sus propios logros puede mostrarse superior a otros, no es el verdadero Cristianismo de ninguna manera.

La vida crucificada y resucitada

Si yo reconstruyo las mismas cosas que he echado abajo, no consigo más que quedar como transgresor. Porque por medio de la Ley yo he muerto a la Ley para vivir para Dios. He sido crucificado con Cristo. Es verdad que estoy vivo; pero ya no soy yo el que vive, sino Cristo el Que vive en mí. La vida que estoy viviendo ahora, aunque sigue siendo en la naturaleza humana, es una vida que vivo por fe en el Hijo de Dios, Que me amó y Se dio a Sí mismo por mí. No voy a cancelar la Gracia de Dios; porque, si yo hubiera podido llegar a estar en paz con Dios por medio de la Ley, entonces la muerte de Cristo habría sido innecesaria.

Pablo habla desde las profundidades de la experiencia personal. Para él, el reerigir toda la fábrica de la Ley habría sido cometer un suicidio espiritual. Dice que por la Ley él murió a la Ley parra poder vivir para Dios. Lo que quiere decir es esto: Él había probado el camino de la Ley. Había intentado, con toda la terrible intensidad de su cálido corazón, ponerse en relación con Dios mediante una vida que buscaba obedecer cada pequeño detalle de esa Ley. Había encontrado que tal intento no producía más que un sentimiento cada vez más profundo de que todo lo que él pudiera hacer nunca le pondría en la debida relación con Dios. Lo único que había hecho la Ley era mostrarle su propia indefensión. En vista de lo cual, había abandonado inmediata y totalmente aquel camino, y se había arrojado, pecador y todo como era, en los brazos de la misericordia de Dios. Había sido la Ley lo que le había conducido a la Gracia de Dios. El volver a la Ley no habría hecho más que enredarle otra vez totalmente en el sentimiento de alejamiento de Dios. Tan grande había sido el cambio, que la única manera en que podía describirlo era diciendo que había sido crucificado con Cristo para que muriera el hombre que había sido, y el poder viviente en su interior ahora era Cristo mismo. « Si yo pudiera ponerme en la debida relación con Dios cumpliendo meticulosamente la Ley, ¿qué falta me haría entonces la Gracia? Si yo pudiera ganar mi propia salvación, entonces, ¿por qué tenía que morir Cristo?» Pablo estaba totalmente seguro de una cosa: de que Jesucristo había hecho por él lo que él nunca podría haber hecho por sí mismo. El otro hombre que revivió la experiencia de Pablo fue Martín Lutero. Lutero era un dechado de disciplina y penitencia, de autonegación y de autotortura. «Si alguna vez -decía- una persona pudiera haberse salvado por medio del monacato, esa persona sería yo.» Había ido a Roma. Se consideraba un acto de gran mérito el subir la Scala Sancta, la gran escalera sagrada, de rodillas. Estaba poniendo todo su empeño buscando ese mérito, y repentinamente le vino la voz del Cielo: «El justo vivirá por la fe.» La vida de paz con Dios no se podía obtener por medio de ese esfuerzo inútil, interminable, siempre derrotado. Solo se podía recibir arrojándose al amor de Dios que Jesucristo había revelado a la humanidad.

Cuando Pablo Le tomó la Palabra a Dios, la medianoche de la frustración de la Ley se convirtió en el mediodía de la Gracia.

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