Filipenses-4-Las-grandes-cosas-en-el-Señor

Filipenses 4: Las grandes cosas en el Señor

Así que, hermanos míos a los que amo y anhelo, gozo y corona míos, manteneos firmes en el Señor, amados. Todo este pasaje rezuma el calor del afecto de Pablo a sus amigos filipenses. Los ama y anhela. Son su gozo y su corona. Los que él ha traído a Cristo son su mayor gozo cuando las sombras se cierran a su alrededor.

Cualquier maestro conoce la emoción de poder señalar a alguna persona que ha triunfado en la vida y poder decir: «Era uno de mis chicos.»

Hay figuras gráficas tras la palabra que usa Pablo para decir que los filipenses son su corona. Hay dos palabras griegas para corona, y tienen trasfondos diferentes. Una es diádéma, que quiere decir la corona real, la corona de un rey. Y la otra es stéfanos, que es la que aparece aquí, que tenía dos trasfondos.

(i) Era la corona que recibía el atleta vencedor en los juegos deportivos griegos. Se hacía de hojas de olivo silvestre, entretejidas con perejil verde y hojas de laurel. El ganar esa corona era la cima de las aspiraciones del atleta.

(ii) Era la corona con la que se adornaban los invitados a un banquete, en alguna gran ocasión festiva. Es como si Pablo dijera que sus amigos filipenses eran la corona de todos sus esfuerzos; es como si dijera que en el banquete final de Dios serían su corona festiva. No hay gozo en el mundo comparable al de traer otra alma a Jesucristo.

Tres veces en los primeros cuatro versículos de este cuarto capítulo aparece la frase en el Señor. Hay tres grandes mandamientos que da Pablo en el Señor.

(i) Los filipenses han de mantenerse firmes en el Señor. Solo con Jesucristo puede una persona resistir las seducciones de la tentación y la debilidad de la cobardía. La palabra que usa Pablo para mantenerse firmes (stékete) es la que se usaría de un soldado que tuviera que resistir el fragor de la batalla cuando el enemigo se lanzara sobre él. Sabemos muy bien que hay algunas personas en cuya compañía es fácil hacer lo que no se debe, y que hay otras en cuya compañía es fácil resistir al mal.

Algunas veces, cuando miramos atrás y recordamos algún momento en que nos desviamos o caímos en tentación o perdimos nuestra dignidad, decimos anhelantes, pensando en alguien a quien amamos: « Si él o ella hubiera estado allí, aquello no me habría sucedido.» Nuestra única seguridad frente a la tentación está en el Señor, en sentir Su presencia a nuestro alrededor y en nosotros. La iglesia y el cristiano sólo pueden mantenerse firmes cuando están en Cristo.

(ii) Pablo exhorta a Evodia y a Síntique que estén de acuerdo en el Señor. No puede existir unidad si no es en Cristo.

En los asuntos corrientes de la vida diaria sucede a menudo que personas de lo más diferentes se mantienen en una cierta relación porque reconocen a un gran dirigente. Se lealtad mutua depende totalmente de su lealtad hacia él. Prescindid del dirigente, y todo el grupo se desintegraría en unidades aisladas y a menudo en guerra. Las personas no se pueden amar unas a otras a menos que amen a Cristo. La fraternidad humana es imposible aparte del señorío de Cristo.

(iii) Pablo exhorta a los filipenses a que se regocijen en el Señor. Lo único que todos los seres humanos necesitan aprender acerca del gozo es que no tiene nada que ver con las cosas materiales ni con las circunstancias externas. Es un hecho de la experiencia humana que una persona que viva en el regazo del lujo puede ser desgraciada, y la que viva en las simas de la pobreza puede estar rebosando de gozo. Un hombre al que aparentemente la vida no le haya asestado sus peores golpes puede ser un quejica amargado, mientras que otro al que sí se los haya asestado puede estar siempre serenamente jubiloso.

En su discurso rectoral a los estudiantes de la Universidad de Saint Andrews, J. M. Barrie citó la carta inmortal que el capitán Scott, el héroe de la expedición a la Antártida, le escribió cuando el helado aliento de la muerte se dejaba sentir en toda la expedición: «Estamos colocando estacas en un lugar desapacible… Nos encontramos en una situación desesperada -los pies helados, etc., sin combustible, a mucha distancia de los alimentos, pero le sentaría bien a tu corazón estar en nuestra tienda, escuchar nuestras canciones y nuestra conversación animada.» El secreto está en que la felicidad no depende de cosas ni de lugares, sino siempre de personas. Si estamos con la persona ideal, ninguna otra cosa importa; y si no estamos con esa persona, nada puede compensar por su ausencia. El cristiano está en el Señor, el más maravilloso de los amigos; nada puede separar al cristiano de Su presencia, así es que nada puede arrebatarle el gozo.

Haciendo las paces

Exhorto a Evodia y exhorto a Síntique que estén de acuerdo en el Señor. Sí, y te pido también a ti, auténtico colega mío en la obra, que ayudes a estas mujeres; porque se han esforzado conmigo en el Evangelio, lo mismo que Clemente y mis otros colaboradores, cuyos nombres están en el Libro de la Vida.

Este es un pasaje de cuyo trasfondo nos gustaría saber mucho más. Está claro que hay un drama por detrás, dolor de corazón y grandes acciones, pero no podemos más que imaginarnos los personajes. En primer lugar, hay ciertos problemas por resolver en relación con los nombres. La antigua versión Reina-Valera siguió perpetrando la confusión que inició la Biblia del Oso llamando .a estos dos personajes Euodias y Syntyché. Síntique es un nombre de mujer, y Euodias debería serlo de hombre.

Existe la antigua conjetura de que Euodias y Síntique eran el carcelero filipense y su mujer (Hechos 16:2534), que habían llegado a estar entre los dirigentes de la iglesia, y estaban peleados. Pero es seguro que el nombre correcto no es Euodias sino Euodia o Evodia, como aparece en las traducciones modernas, que es un nombre de mujer. Por tanto eran dos mujeres las que estaban peleadas.

Bien puede ser que fueran mujeres en cuyas casas se reunieran dos de las congregaciones caseras de Filipos. Es muy interesante ver mujeres que representaban papeles importantes en la organización de una de las iglesias originales, porque en la cultura griega las mujeres estaban más bien, si acaso, entre bastidores. El ideal de los griegos era que las mujeres respetables «se dejaran ver y oír lo menos posible.» Una mujer respetable no aparecía nunca sola en la calle; tenía su apartamento en la casa, y nunca se reunía con la parte masculina de la familia ni para las comidas. Y mucho menos tomaba parte en la vida pública. Pero Filipos estaba en Macedonia, donde las cosas eran muy diferentes. En ella las mujeres tenían una libertad y un protagonismo que no tenían en el resto de Grecia.

Podemos ver esto hasta en el relato que nos da Hechos del trabajo de Pablo en Macedonia. Su primer contacto en Filipos fue en la reunión de oración que se celebraba en el río, y habló con las mujeres presentes (Hechos 16:13). Lidia sería una figura importante en Filipos (Hechos 16:14). En Tesalónica fueron ganadas para Cristo muchas de las mujeres importantes, y lo mismo sucedió en Berea (Hechos 17:4,12). La evidencia de las inscripciones señala en el mismo sentido. Una mujer erigió una tumba con sus propias ganancias para sí misma y para su marido con los bienes gananciales de ambos, así es que los dos tendrían negocios. Hasta se encuentran monumentos erigidos a mujeres por cuerpos públicos. Sabemos que en muchas de las iglesias paulinas (por ejemplo, en Corinto), las mujeres se tenían que conformar con un lugar subordinado; pero vale la pena recordar, cuando estamos pensando en el lugar de la mujer en la Iglesia original y en la actitud de Pablo hacia ellas, que en las iglesias de Macedonia estaban entre los dirigentes.

Hay aquí otra duda. En este pasaje se dirige Pablo a uno al que llama leal compañero (BC, NBE) con una palabra que quiere decir literalmente compañero de yugo. Es posible que ese fuera su nombre, como sugieren muchos comentadores, Syzygos, y la palabra para auténtico, leal, fiel, es gnésios, qué quiere decir genuino. Puede que haya aquí un juego de palabras, que Pablo esté diciendo: « Te pido a ti, Syzygos -¡qué bien te va tu nombre!-, que ayudes.» Si syzygos no es un nombre propio, no sabemos a quién se refiere. Se han hecho toda clase de sugerencias. Se ha sugerido que el compañero de yugo, cónyuge, era la esposa de Pablo -algunos le han casado con Lidia-, o el marido de Evodia o el de Síntique, que fuera llamado/a en ayuda de su esposa/o para arreglar la contienda, o Timoteo, o Silas, o, como sugería en nota la Biblia del Oso, « el ministro o pastor.» Puede que la mejor sugerencia sea que era Epafrodito, y que así le respalda Pablo encargándole, no sólo de llevar la carta, sino también de poner paz en la iglesia de Filipos. De Clemente no sabemos nada más. Hubo más tarde un famoso Clemente que llegó a ser obispo de Roma y que puede que conociera a Pablo; pero era un nombre bastante corriente.

Hay dos cosas que conviene notar.

(i) Es significativo que cuando había una pelea en Filipos, Pablo movilizara todos los recursos de la iglesia para remediarla. Creía que no había esfuerzo demasiado grande para mantener la paz en la iglesia. Una iglesia en la que hay peleas no es una iglesia, porque Le ha cerrado las puertas a Cristo. No se puede estar en paz con Dios y en guerra con los hermanos al mismo tiempo.

(ii) ¡Es lamentable que todo lo que sabemos de Evodia y Síntique es que eran dos mujeres que estuvieron peleadas! Eso nos hace pensar. Supongamos que nuestra vida se hubiera de resumir en un versículo, ¿qué se diría de nosotros?

Clemente pasó a la Historia como pacificador; Evodia y Síntique como peleadas. Supongamos que hubiéramos de pasar a la Historia por una sola cosa que se supiera de nosotros, ¿cuál sería?

Las marcas de la vida cristiana

Regocijaos en el Señor en todo tiempo. Os lo diré otra vez: ¡Regocijaos! Que todo el mundo os reconozca por vuestra agradable gentileza. ¡El Señor está cerca! Pablo propone a sus amigos filipenses dos grandes cualidades de la vida cristiana.

(i) La primera es la cualidad del gozo. « Regocijaos… Oslo diré otra vez: ¡Regocijaos!» Es como si al haber dicho « ¡Regocijaos!» se le representara en la mente el cuadro de todo lo que se les echaba encima. Él mismo estaba en la cárcel, con la perspectiva de una muerte casi cierta; los filipenses estaban iniciando la carrera cristiana, y les esperaban inevitablemente días tenebrosos, peligros y persecuciones. Así es que Pablo dice: « Sé lo que estoy diciendo. He pensado en todo lo que nos puede suceder. Y todavía digo: ¡Regocijaos!» El gozo cristiano es independiente de todas las cosas de la Tierra, porque tiene su fuente en la presencia continua de Cristo. Dos amantes están siempre felices cuando están juntos, no importa dónde. El cristiano no puede nunca perder el gozo porque no puede nunca perder a Cristo.

(ii) Pablo prosigue: « Vuestra moderación sea conocida de todos los hombres:» La palabra epieikés, traducida por modestia -siguiendo a la Vulgata- hasta la R-Y09 y por gentileza desde R-V› 60, es una de las palabras griegas más intraducibles. La dificultad se puede ver por el número de traducciones que se le dan, de las que citamos solo unas pocas: B-C, moderación; NBE, lo comprensivos que sois; Nou Testament›79, gent de bon tracte; N.T.Living›72, individubs desinteresados y considerados; R-V›77(CLIE), mesura; Hispanoamericana, 1916, y RVA› 89, amabilidad. Se han sugerido, y usado los equivalentes en otras lenguas de: ser comprensivos, simpatía, magnanimidad, autodominio, buenos modales, buena educación, cortesía, gracia. Queda claro que no encontramos una sola palabra española que abarque todos estos sentidos y matices.

Los griegos mismos explicaban esta palabra como « justicia y algo mejor que la justicia.» Decían que la epiea7ceia, palabra gemela de la anterior, debería entrar en juego cuando la estricta justicia resultaría injusta. Puede haber ejemplos individuales en los que una ley perfectamente justa sería injusta, o en los que no sería equitativa. Una persona tiene la cualidad de epieikeia si sabe cuando no debe aplicar la estricta letra de la ley, cuando debe relajar la justicia para introducir la gracia, la misericordia.

Tomemos un ejemplo sencillo que vive un profesor casi todos los días. Tiene dos estudiantes. Corrige sus exámenes. Aplica la justicia, y descubre que uno tiene 80% y el otro 50%. Pero resulta que el primero ha tenido todas las facilidades de libros, tranquilidad y comodidad para estudiar, mientras que el segundo vive en condiciones humildes, tiene un equipo inadecuado, o ha estado enfermo, o ha pasado recientemente por experiencias dolorosas y tensas. En estricta justicia merece 50% y no más; pero epiecWeia elevará su calificación.

EpieaWeia es la cualidad del que sabe que las reglas no deben tener la última palabra, y cuándo no se debe aplicar la letra de la ley. Puede que un consejo de iglesia se reúna con el reglamento de la iglesia sobre la mesa, y tome todas las decisiones de acuerdo con las normas de su denominación; pero hay veces en que la situación exige que no se tome el libro de orden como la última palabra.

El cristiano, como lo veía Pablo, sabe que hay algo por encima de la justicia. Cuando Le trajeron a Jesús a la mujer que había sido sorprendida en adulterio, Jesús podía haber aplicado la letra de la Ley según la cual debía ser lapidada; pero El fue más allá de la justicia. En estricta justicia, ninguno de nosotros merece nada más que la condenación de Dios; pero Él va más allá de la justicia. Pablo establece que el cristiano en sus relaciones personales con sus semejantes debe mostrar que sabe cuándo insistir en la justicia y cuándo recordar que hay algo mejor más allá de la justicia.

¿Por qué hemos de ser así? ¿Por qué hemos de tener en nuestra vida ese gozo y esa amable gentileza? Porque, dice Pablo, el Señor está cerca. Si esperamos la venida triunfal de Cristo, no podemos perder nunca la esperanza ni el gozo. Si recordamos que la vida es corta, no insistiremos en aplicar la estricta justicia que tantas veces divide a las personas, sino querremos tratarlas con amor, como esperamos que Dios nos trate. La justicia es humana, pero epiefeia es divina.

La paz de la oración creyente

No os preocupéis por nada; sino en todas las cosas, con oración y súplica, con acción de gracias, hacedle saber a Dios vuestras peticiones. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo lo imaginable, montará la guardia sobre vuestros corazones y mentes en Jesucristo.

Para los filipenses, la vida no podía por menos de ser preocupante. Hasta el ser un ser humano, y por lo tanto vulnerable a todos los azares y avatares de esta vida mortal es ya en sí una situación preocupante; y en la Iglesia primitiva, a las preocupaciones normales de la condición humana se añadía la preocupación de ser cristiano, lo que suponía llevar la vida en la mano. La solución de Pablo era la oración. Como dice M. R. Vincent: «La paz es el fruto de la oración creyente.» En este pasaje está comprimida toda una filosofía de la oración.

(i) Pablo insiste en que podemos llevar absolutamente- todo a Dios en oración. Como se ha dicho hermosamente: «No hay nada demasiado grande para el poder de Dios; ni nada demasiado pequeño para Su cuidado paternal.» Un niño puede llevarle todo a su padre o madre, seguro de que sea lo que sea lo que le suceda encontrará interés: sus pequeños triunfos o desilusiones, sus heridas o cortes pasajeros; de la misma manera podemos nosotros llevarle nuestras cosas a Dios, seguros de Su interés y ayuda.

(ii) Podemos presentarle nuestras oraciones, nuestras súplicas y nuestras peticiones a Dios; podemos orar por nosotros mismos. Podemos pedirle perdón por el pasado, podemos pedirle las cosas que necesitamos en el presente, y la ayuda y dirección para el futuro. Podemos llevar nuestro pasado y presente y futuro a la presencia de Dios. Podemos orar por otros.

Podemos encomendar al cuidado de Dios a los que tenemos cerca y lejos que están en el ámbito de nuestra memoria y de nuestro corazón.

(iii) Pablo establece que «la acción de gracias debe ser el acompañamiento universal de la oración.» El cristiano debe tener el sentimiento, como ha dicho alguien, de que toda su vida está, como si dijéramos, suspendida entre bendiciones pasadas y presentes.» Todas las oraciones deben incluir, sin duda, el dar gracias por el gran privilegio de la misma oración. Pablo insiste en que debemos dar gracias en todo, en el dolor y en la alegría igualmente. Esto implica dos cosas: gratitud, y perfecta sumisión a la voluntad de Dios. Sólo cuando estamos totalmente convencidos de que Dios hace todas las cosas bien y para bien podemos realmente sentir hacia Él la perfecta gratitud que demanda la oración creyente.

Cuando oramos, debemos siempre recordar tres cosas. Debemos recordar el amor de Dios, que siempre desea sólo lo mejor para nosotros. Debemos recordar la sabiduría de Dios, Que es el único que sabe lo que es mejor para nosotros. Debemos recordar el poder de Dios, Que es el único que puede hacer que suceda lo que es mejor para nosotros. El que ore con una confianza perfecta en el amor, la sabiduría y el poder de Dios encontrará la paz de Dios.

El resultado de la oración creyente es que la paz de Dios será el centinela que guarde nuestros corazones. La palabra que usa Pablo (frurein) es el término militar para montar la guardia. Esa paz de Dios, dice Pablo, como dice la ReinaValera, sobrepasa todo entendimiento. Eso no quiere decir que sea tan misteriosa que la mente humana no la pueda entender, aunque eso también es cierto. Quiere decir que la paz de Dios es tan preciosa que la mente humana, con toda su habilidad y conocimiento, nunca la puede producir; no es algo que uno se puede ingeniar; es exclusivamente un don de Dios. El camino a la paz consiste en confiarnos a nosotros mismos y todo lo que nos es querido en las amorosas manos de Dios.

Los verdaderos países de la mente

Creo que solo me falta por decir, hermanos, que vuestro pensamiento se debe concentrar en todo lo que sea auténtico, en todo lo que esté revestido de la dignidad de la santidad, en todo lo que sea correcto, en todo lo que sea puro, en todo lo que merezca amor, en todo lo que sea bienhablado, en todo lo que se reconozca excelente, y en todo lo que gane la alabanza de las personas. Debéis perseverar en poner en práctica las lecciones que habéis recibido de mí y el ejemplo que os he dado en palabra y en acción. Así el Dios de la paz estará con vosotros.

La mente humana se tiene que concentrar en algo, y Pablo quería estar seguro de que los filipenses se concentraran en cosas que valieran la pena. Esto es algo de suprema importancia porque es una ley de vida que si uno piensa en algo con suficiente frecuencia e intensidad llegará al punto en que no pueda dejar de pensar en ello:-Sus pensamientos discurrirán literalmente por un cauce del que no se podrán salir. Es por tanto de la mayor importancia el que concentremos nuestro pensamiento en cosas buenas, y Pablo hace una lista de algunas de ellas.

Hay cosas que son auténticas. Muchas de las cosas de este mundo son engañosas e ilusorias, prometen lo que no pueden cumplir, ofrecen una paz imaginaria y una felicidad inalcanzable. Uno debe siempre fijar su pensamiento en cosas que no le fallen.

Hay cosas que son, como dice la Reina-Valera, honestas. Este es un uso clásico de la palabra en el sentido de probo, recto, honrado, como defina el D.R.A.E. en la acepción 4. Otras traducciones ponen decorosas (B.C.), respetable (RV›77, N.B.E.), honorable (R-V.A.), noble (HA, L.B.).

Por todo esto se puede ver que el original (semnós) es difícil de traducir. Es la palabra que se usa propiamente de los dioses y de sus templos. Cuando se usa de una persona, la describe como alguien que se mueve por el mundo como si estuviera en el templo de Dios. Pero la palabra realmente describe lo que está revestido de la dignidad de la santidad. Hay cosas en este mundo que son ligeras, que no tienen seriedad, que no son atractivas más que para los ligeros de cascos; por el contrario, es en las cosas que son serias y dignas en las que el cristiano debe concentrar la mente.

Hay cosas que son justas. En griego, la palabra daclaios define al que da a Dios y a los hombres lo que les es debido. El juez injusto de la parábola se definía como uno que « ni temía a Dios ni respetaba a hombre» (Lucas 18:2). En otras palabras, daclcaios es la palabra del deber asumido y cumplido. Hay quienes no piensan más que en el placer, la comodidad y la buena vida. El cristiano concentra su pensamiento en sus deberes para con Dios y para con sus semejantes.

Hay cosas que son puras. La palabra original es hagnós, otra palabra de muchos matices. Define lo que está moralmente incontaminado. Cuando se refiere a los sacrificios describe lo que se ha purificado hasta dejarlo apto para ser presentado a Dios y usado en Su servicio. Este mundo está lleno de cosas que son asquerosas y desharrapadas y sucias y obscenas. Muchas personas tienen la mente en tal estado que ensucian todo lo que piensan. La mente del cristiano se concentra en lo que es puro; sus pensamientos son tan limpios que pueden resistir el escrutinio de Dios. Hay cosas que son, como dicen muchas versiones de la Biblia, amables. Es la traducción más exacta de la palabra original prosfilés si le damos su sentido original de digno de ser amado. Hay algunos que tienen la mente tan concentrada en el castigo y la venganza que no provocan más que amargura y miedo en otros. Hay algunos que tienen la mente tan programada para la crítica y la bronca y la burla que no provocan más que resentimiento en los demás. La mente de la persona cristiana se concentra en cosas amables -la simpatía; la tolerancia, la comprensión- de tal manera que resulta amable para los demás: basta verla para quererla.

Hay cosas que son, como dicen la Reina-Valera y otras, de buen nombre. Otras traducciones proponen bien reputadas (B.C.), de bona reputació (Nou T), de buena fama (N.B.E.). No es fácil llegar al sentido de esta palabra, euféma, que quiere decir literalmente bien habladas, pero que se conectaba especialmente con el silencio santo al principio de un sacrificio en la presencia de los dioses. Tal vez no fuera excesivo decir que describe lo que es apto para que Dios lo oiga. Hay demasiadas palabrotas y tacos y blasfemias en el mundo. En los labios y en las mentes de los cristianos debe haber solamente palabras aptas para que Dios las oiga.

Pablo prosigue: Si hay virtud alguna (R-V). Otros traducen la palabra original areté por excelencia en vez de virtud. Lo curioso es que, aunque areté era una de las grandes palabras clásicas, parece que Pablo la evita deliberadamente, y esta es la única vez que aparece en sus escritos. En el pensamiento clásico describía cualquier clase de excelencia. Podía referirse a la excelencia de un campo, de una herramienta para cierto uso, a la excelencia física de un animal, al coraje de un soldado, a la virtud moral. Lightfoot sugiere que, con esta palabra, Pablo convoca como aliado todo lo que era excelente en el trasfondo pagano de sus amigos. Es como si estuviera diciendo: «Si la antigua idea pagana de la excelencia en la que os criasteis tiene alguna influencia sobre vosotros, incluidla en vuestro pensamiento. Pensad en vuestra vida pasada en su nivel más alto, para que os estimule a alcanzar nuevas alturas en el camino cristiano.» El mundo tiene sus impurezas y sus degradaciones, pero es indudable que tiene también sus noblezas e ideales, y es en las cosas más elevadas en las que debe pensar el cristiano.

Por último, Pablo dice: Si alguna alabanza (épainos). En un sentido, es cierto que el cristiano no tiene en cuenta la alabanza de los hombres; pero, en otro sentido, a toda persona buena la eleva la alabanza de los buenos. Así es que Pablo dice que el cristiano debe vivir de tal manera que ni desee vanidosamente ni desprecie neciamente la alabanza de los hombres. Pero está más de acuerdo con el contexto lo que dice la Reina-Valera: Si algo digno de alabanza (digne d›elogi, Nou T). Aunque muchas veces el cristiano no estará de acuerdo en que muchas de las cosas que alaba el mundo sean dignas de alabanza, habrá casos en que sí; y le debe importar la aprobación de los suyos, y supremamente la de Dios.

La verdadera enseñanza y el verdadero Dios

En este pasaje, Pablo establece el método de la enseñanza correcta. Habla de las cosas que los filipenses han aprendido. Estas eran las cosas que él mismo les había enseñado. Esto representa la interpretación personal del Evangelio que Pablo les aportó. Habla de las cosas que los filipenses han recibido. La palabra original es paralambánein, que quiere decir específicamente aceptar una tradición fijada. Esto equivale a la enseñanza de la Iglesia que Pablo les había transmitido.

De estas dos palabras podemos deducir que la enseñanza incluía dos partes. Una parte era el cuerpo de doctrina que mantenía toda la Iglesia; y otra era la explicación de esa doctrina por medio de la interpretación e instrucción del maestro.

Si hemos de enseñar o de predicar debemos conocer el cuerpo de doctrina aceptada por la Iglesia; y luego lo tenemos que pasar por nuestra mente y entregárselo a otros, tanto en su sencillez original como en el sentido que nuestra propia experiencia y pensamiento le hayan dado.

Pablo pasa más adelante. Les dice a los filipenses que imiten lo que han oído y visto en él. Desgraciadamente, pocos maestros y predicadores pueden decir eso; y sin embargo, sigue siendo verdad que el ejemplo personal es una parte esencial de la enseñanza. El maestro debe demostrar en acción la verdad que expresa en palabras.

Por último, Pablo les dice a sus amigos filipenses que, si hacen eso con fidelidad, el Dios de la paz estará con ellos. Es de gran interés estudiar los títulos que el apóstol Pablo Le da a Dios.

(i) Es el Dios de la paz. Este es, de hecho, su título favorito de Dios (Romanos 16:20; 1 Corintios 14:33; 1 Tesalonicenses 5:23). Para un judío la paz no era algo puramente negativo, como la ausencia de guerra o de problemas. Era todo lo que contribuye al bien supremo del ser humano. Sólo en la amistad con Dios puede una persona encontrar la vida como es debido. Pero también para un judío esta paz se manifestaba especialmente en las relaciones personales correctas. Sólo por la gracia de Dios podemos entrar en la relación correcta con Él y con nuestros semejantes. El Dios de la paz puede hacer que nuestra vida sea conforme a Su propósito, permitiéndonos entrar en las debidas relaciones consigo mismo y con nuestros semejantes.

(ii) Es el Dios de la esperanza manos 15:13). La fe en Dios es lo único que puede guardar a una persona de la desesperación total. Sólo el sentimiento de la gracia de Dios puede guardarle a uno de desesperar de sí mismo; y sólo el sentimiento de la providencia general de Dios puede guardarle de desesperar del mundo. El salmista cantaba: « ¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, ¡salvación mía y Dios mío!» (Salmos 42:11; 43:5). La esperanza del cristiano es indestructible, porque está fundada en el Dios eterno.

(iii) Es el Dios de la paciencia y de la consolación (Romanos 15:5; 2 Corintios 1:3). Aquí tenemos dos grandes palabras.

Paciencia es el griego hypomoné, que no quiere decir nunca la actitud del proverbio chino del que se sienta a su puerta a esperar que pase el cortejo fúnebre de su enemigo, sino la del que se levanta y se enfrenta y conquista las situaciones adversas. Dios es Quien nos da el poder para usar cualquier experiencia para revestir la vida de grandeza y de gloria. Dios es Aquel en Quien aprendemos a usar el gozo y el dolor, el éxito y el fracaso, el logro y la desilusión igualmente para ennoblecer y enriquecer la vida, para hacernos más útiles a los demás y para acercarnos a Él. La consolación es la palabra griega paraklésis, que es mucho más que un gesto de simpatía; es el aliento. Es la ayuda que no se limita a echar el brazo por el hombro, sino que anima a enfrentarse con el mundo; no consiste en secar las lágrimas, sino en capacitar al afligido o débil a enfrentarse con el mundo con mirada firme.

Paraklésis es consuelo y fuerza combinados. Dios es Aquel en Quien cualquier situación se convierte en gloriosa, y en Quien puede uno encontrar la fuerza para proseguir gallardamente cuando la vida parece desmoronarse.

(iv) Es el Dios del amor y de la paz (2 Corintios 13: Il ). Aquí llegamos al corazón del asunto. Detrás de todas las cosas está ese amor de Dios que no nos abandona nunca, que soporta todos nuestros pecados, que no nos arroja como inservibles, que no nos debilita con sensiblerías sino que nos fortalece virilmente para la batalla de la vida. Paz, esperanza, paciencia, aliento, amor -estas son las cosas que Pablo encontró en Dios. No cabe duda de que «nuestra capacidad proviene de Dios» (2 Corintios 3:5).

El secreto de la verdadera independencia

Mucho gozo me produjo en el Señor el que últimamente hayáis hecho florecer otra vez vuestra preocupación por mí. Esto es algo en lo que siempre habéis tenido interés, pero no teníais oportunidad. No lo digo como si estuviera pasando apuros, porque he aprendido a contentarme en cualquier situación que me encuentre.

Lo mismo sé vivir en las circunstancias más estrechas que tener más de lo necesario. En todo y por todo he aprendido el secreto de estar bien alimentado o de pasar hambre, de tener más, o menos, de lo necesario: ¡Todo lo puedo arrostrar gracias al Que me infunde las fuerzas!

Al ir llegando al final de su carta, Pablo expresa muy cordialmente su agradecimiento por lo que le han mandado los hermanos filipenses. Sabía que le habían tenido siempre presente en su mente y oraciones, pero las circunstancias hasta el momento no les había deparado oportunidad para demostrárselo.

No era que no estuviera conforme con sus circunstancias, porque había aprendido a ser independiente. Pablo emplea una de las grandes palabras de la ética pagana (autárkés), que quiere decir totalmente autosuficiente. Autárkeia, autosuficiencia, era la meta suprema de j la ética estoica; por ella entendían los estoicos un estado mental en el que el hombre era totalmente independiente de todas las cosas y de todas las personas. Se proponían llegar a ese estado siguiendo un proceso mental.

(i) Se proponían eliminar todos los deseos. Los estoicos creían acertadamente que la autosuficiencia no consistía en poseer mucho, sino en desear poco: «Si queréis hacer feliz a un hombre decían-, no aumentéis sus posesiones, sino reducid sus deseos.» A Sócrates le preguntaron una vez quién era el hombre más rico. Contestó: « El que se contenta con menos, porque autárkeia es la riqueza de la naturaleza.» Los estoicos creían que la única manera de llegar a la autosuficiencia era abolir todo deseo hasta que uno llegaba a la situación en que nada ni nadie le era esencial.

(ii) Proponían eliminar toda emoción hasta que uno llegaba a la situación en la que dejaba de importarle lo que le sucediera a él o a ningún otro. Decía Epicteto: « Empieza con una taza o con cualquier otro utensilio casero. Si se te rompe, di: «No me importa.» Pasa a un caballo o a un perro doméstico; si le pasa algo, di: «No me importa.» Pasa a ti mismo, y si te haces daño o sufres de alguna manera, di: «No me importa.» Si perseveras en esta actitud, y si la mantienes en serio, llegarás a la situación en que puedas ver sufrir y aun morir a la persona que te sea más querida, y decir: «No me importa.»» La meta de los estoicos era abolir todo sentimiento del corazón humano.

(iii) Esto se tenía que hacer mediante un acto deliberado de la mente que veía en todo la voluntad de Dios. Los estoicos creían que no había absolutamente nada que pudiera suceder que no fuera la voluntad de Dios. Por muy doloroso que fuera, por muy desastroso que pareciera, era la voluntad de Dios. Por tanto, era inútil tratar de resistirse; uno tenía que endurecerse y aceptar absolutamente todo.
Para llegar a la autosuficiencia, los estoicos abolían todos los deseos y eliminaban todas las emociones. Se desarraigaba de la vida el amor y se prohibía el interés. Como dice T. R. Glover: « Los estoicos convertían el corazón en un desierto, y le llamaban paz.»

Vemos en seguida la diferencia entre los estoicos y Pablo. Los estoicos decían: « Aprenderé a ser autosuficiente mediante un acto de mi propia voluntad.» Pablo decía: «Todo lo puedo arrostrar gracias al Cristo Que me infunde las fuerzas.» Para los estoicos, la autosuficiencia era un logro humano; para Pablo era un don divino. El estoico era auto- suficiente; Pablo era Dios- suficiente. El estoicismo fracasaba porque no era humano; el Cristianismo triunfa porque está enraizado en lo divino.

Pablo podía arrostrar cualquier cosa, porque en toda situación tenía a Cristo; la persona que camina con Cristo puede arrostrarlo todo.

La verdadera valía de un donativo

De todas maneras, os agradezco mucho que estuvierais dispuestos a compartir la carga de mis problemas. Ya sabéis vosotros, amigos filipenses, que al principio de la labor evangelizadora, cuando salí para Macedonia, ninguna iglesia se asoció conmigo dando y recibiendo más que vosotros, porque a Tesalónica me enviasteis para ayudarme en mis necesidades, no una, sino hasta dos veces. No es que esté esperando regalos; lo que estoy buscando es el fruto de vuestra fe que acrecienta vuestra cuenta. Yo tengo ya lo necesario, y mucho más, en todos sentidos. Estoy bien aprovisionado ahora que he recibido por medio de Epafrodito el donativo que me ha llegado de vosotros, olor de dulce aroma, un sacrificio aceptable, agradable a Dios. Y mi Dios suplirá generosamente todas vuestras necesidades conforme a Sus riquezas en Jesucristo. ¡Gloria sea a nuestro Dios y Padre para siempre jamás! Amén.

La generosidad de la iglesia filipense con Pablo había empezado hacía un tiempo considerable. En Hechos 16 y 17, leemos que Pablo predicó el Evangelio en Filipos, y de ahí pasó a Tesalónica y Berea. Ya entonces la iglesia filipense dio prueba de su amor a Pablo. Él estaba en una relación única con los filipenses, porque de ninguna otra iglesia había aceptado donativos o ayuda. Eso había sido lo que había molestado a los corintios (2 Corintios 11:7-12).

Pablo dice algo encantador: «No es que esté buscando vuestros donativos para aprovecharme, aunque vuestra aportación me conmueve en lo más íntimo y me hace feliz. No necesito nada, porque tengo más que suficiente; pero estoy contento de que me hayáis mandado este donativo por el bien que os reporta a vosotros mismos, porque vuestra amabilidad os concede un crédito considerable a la vista de Dios.» La generosidad de sus amigos le hacía feliz, no por el propio interés de Pablo, sino por el de sus amigos filipenses. Y entonces usa palabras que definen el donativo de los filipenses como un sacrificio ofrecido a Dios: «Olor de dulce aroma,» lo llama. Esa era una frase corriente en el Antiguo Testamento hablando de un sacrificio agradable a Dios. Es como si el olor del sacrificio fuera agradable al olfato de Dios (Génesis 8:21; Levítico 1:9,13,17). La alegría de Pablo al recibir el regalo no se la produjo ningún interés egoísta, sino altruista: por el beneficio que reportaba a los donantes, porque en sí mismo y en el amor que generaba era agradable a Dios.

En la última frase, Pablo establece que el hacer un regalo nunca deja más pobre al que lo hace. La riqueza de Dios está abierta a los que Le aman y aman a sus semejantes. El que da se hace más rico, porque el dar le abre a los dones de Dios.

Saludos

Recuerdos en Jesucristo a todos los que están dedicados a Dios. Los hermanos que están conmigo os mandan muchos recuerdos, especialmente los que son de la casa de César. ¡Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu!

La carta llega a su final con saludos. En esta última sección hay una frase intensamente interesante. Pablo manda recuerdos especialmente de los hermanos cristianos que son de la casa de César. Es importante que entendamos correctamente esta frase.

No quiere decir que fueran de la familia de César en el sentido corriente. La casa de César era el nombre que se daba a lo que nosotros llamaríamos el servicio civil del Imperio, que tenía miembros por todo el mundo. Los funcionarios de palacio, los secretarios, los que estaban a cargo de los fondos imperiales, los responsables de la administración cotidiana de los asuntos del Imperio, todos estos eran la casa de César. Es del máximo interés que nos demos cuenta de que el Cristianismo ya había penetrado hasta en el mismo centro del gobierno romano y sus esferas más elevadas. Esta es la frase que nos lo revela más claramente en todo el Nuevo Testamento. Habrían de pasar otros trescientos años antes de que el Cristianismo llegara a ser la religión del Imperio, pero ya se vislumbraban las primeras señales del triunfo definitivo de Cristo. El Carpintero que fue crucificado ya había empezado a reinar en las vidas de los que gobernaban el mayor imperio del mundo.

Y así termina la carta: «¡Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu!» Los filipenses le habían enviado su donativo a Pablo. Él no tenía más que un regalo que hacerles: su bendición. Pero, ¿qué mayor don se le puede dar a nadie que recordarle en nuestras oraciones?

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