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Filipenses 3: El gozo indestructible

Pastor Lionel

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En la Biblia los perros representan lo más bajo que se pueda imaginar. Cuando Saúl estaba tratando de matarle, David le preguntó: «¿Contra quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¿A un perro muerto? ¿A una pulga?» (1 Samuel 24:14; cp. 2 Reyes 8:13; Salmo 22:16,20). En la parábola del Rico y Lázaro, parte de la tortura de Lázaro era que los perros callejeros le molestaban chupándole las heridas (Lucas 16:21). En Deuteronomio, la Ley relaciona el precio de un perro con la paga de una prostituta para decir que ninguna de las dos cosas es apta para ofrecérsela a Dios (Deuteronomio 23:18). Y en Apocalipsis la palabra perro representa a los que son tan impuros que están excluidos de la Santa Ciudad (Apocalipsis 22:15). Lo santo no debe darse a los perros (Mateo 7:6). Y el pensamiento griego está de acuerdo; el perro representa todo lo desvergonzadamente sucio.

Los judíos les daban ese nombre a los gentiles. Hay un dicho rabínico: «Las naciones gentiles son como perros.» Y Pablo les aplica el mismo nombre a los maestros judíos. Es como si les dijera: «En vuestra orgullosa autojustificación llamáis perros a los otros hombres; pero sois vosotros los que sois perros, porque pervertís desvergonzadamente el Evangelio de Jesucristo.» Toma el nombre que los maestros judíos les habrían aplicado a los gentiles impuros, y se lo lanza de vuelta a ellos mismos. Todos debemos asegurarnos de no ser culpables de los mismos pecados que atribuimos a otros.

(ii) Los llama obreros malvados, realizadores de malas acciones. Los judíos estarían muy seguros de ser obradores de justicia. Estaban convencidos de que el cumplir las innumerables reglas y preceptos de la Ley era obrar justicia; pero Pablo estaba seguro de que la única clase de justicia que existe viene de rendirnos incondicionalmente a la gracia de Dios. La consecuencia de la enseñanza de ellos era alejar a las personas cada vez más de Dios en vez de acercárselas. Creían que estaban haciendo el bien, pero de hecho estaban obrando maldad. Todo maestro debe estar más profundamente interesado en escuchar a Dios que en propagar sus propias ideas y opiniones, so pena de correr el riesgo de ser un obrero del mal hasta cuando se tiene por obrador de justicia.

La única circuncisión verdadera

(iii) Por último, los llama la secta de los mutiladores. Hay aquí un juego de palabras en griego que no se puede reproducir en español. Hay dos verbos griegos que son muy semejantes: peritémnein, que quiere decir circuncidar, y katatémnein, que quiere decir mutilar, como aparece en Levítico 21:5, que describe las automutilaciones tales como el castrarse. Pablo dice: «Vosotros los judíos creéis que estáis circuncidados, cuando lo que estáis es mutilados.»

¿Qué quería Pablo resaltar? Según la creencia judía, la circuncisión se instituyó en Israel como una señal y símbolo de que era el pueblo con el que Dios había entrado en una relación especial. La historia del principio de ese signo se encuentra en Génesis 17:9-10. Cuando Dios hizo un pacto especial con Abraham, estableció la circuncisión como su señal eterna. Ahora bien: la circuncisión no es más que un signo en la carne, algo que se hace en el cuerpo de un hombre. Pero, si un hombre ha de tener una relación especial con Dios, necesita mucho más que una marca en su cuerpo. Debe tener una cierta clase de mentalidad y de carácter y de corazón. Aquí era donde por lo menos algunos de los judíos cometían una equivocación.

Consideraban que la circuncisión, en sí, era suficiente para apartarlos especialmente para Dios. Mucho, mucho antes de esto, los grandes maestros y profetas se habían dado cuenta de que la circuncisión en la carne no era en sí misma ni mucho menos suficiente, y que lo-que se necesitaba era una circuncisión espiritual. En Levítico, el santo Legislador dice que los corazones incircuncisos de Israel deben ser humillados para aceptar el castigo de Dios (Levítico 26:41). La exhortación del autor del Deuteronomio es: « Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz» (Deuteronomio 10:16). Dice que el Señor les circuncidará el corazón para hacer que Le amen (Deuteronomio 30:6). Jeremías habla del oído incircunciso, que se niega a escuchar la Palabra de Dios (Jeremías 6:10). El autor del Éxodo habla de labios incircuncisos (Éxodo 6:12).

Así es que lo que dice Pablo es: « Si no tenéis nada que mostrar más que la circuncisión de la carne, no sois circuncidados de verdad -no estáis más que mutilados. La verdadera circuncisión es la devoción del corazón y de la mente y de la vida a Dios.»

Por tanto, dice Pablo, son los cristianos los que están circuncidados de veras. Están circuncidados, no con una marca exterior en la carne, sino con la circuncisión interior de la que hablaron los grandes legisladores y maestros y profetas.

Entonces, ¿cuáles son las señales de esa circuncisión verdadera? Pablo establece tres.

(i) Nosotros adoramos en el Espíritu de Dios; o, nosotros adoramos a Dios en el Espíritu. El culto cristiano no es un mero ritual, ni la observancia de los detalles de la Ley; es algo del corazón. Es perfectamente posible que uno cumpla una liturgia elaborada, y que su corazón esté sin embargo lejos de Dios. Es perfectamente posible que observe todas las reglas externas de la religión, y sin embargo tenga el corazón lleno de odio y rencor y orgullo. El verdadero cristiano da culto a Dios, no con fórmulas y normas externas, sino con la verdadera devoción y la sinceridad real de su corazón. Su culto es amor a Dios y servicio a los hombres.

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