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Fidelidad y perseverancia

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En 1924 se celebraron los Juegos Olímpicos en París. Fue durante esta Olimpíada que Eri Liddell, el escocés volador, sorprendió a Inglaterra al negarse a correr la carrera de los 100 metros porque la competencia se realizaba en domingo, el día del Señor.

Liddell, estudiante de la Universidad de Edimburgo, se había distinguido por sus marcas primeramente en 1920, y pronto se convirtió en una superestrella. No era una exageración la descripción que hicieron de él: «El atleta más famoso, popular y amado que Escocia jamás había producido.»
La segunda característica que distinguía a Eric Liddell era su interés por los demás. Se cuenta que durante una de las carreras él insistió en hablar con un corredor negro al que nadie dirigía la palabra. Además se había formado el hábito de estrechar la mano de sus oponentes y desearles lo mejor. Todo el mundo lo quería.

Liddell era una pieza importante en el equipo olímpico británico en 1924. Cuando se hizo público el programa de las competencias olímpicas, la carrera de los 100 metros apareció programada para un domingo. Liddell no trató de hacer de su posición una exhibición, sólo explicó con sencillez que él no participaría. Las autoridades británicas se horrorizaron. Le acusaron de traicionar a su país, pero Liddell permaneció firme en su decisión. Para él el respeto por el día del Señor era tan natural como el respirar, de manera que su decisión no fue algo difícil para él. Tenía el poder de perseverar y permaneció fiel a su decisión a pesar de toda oposición y crítica.

En vez de correr los 100 metros, se propuso participar en la carrera de los 400 metros. Por lo general se creía que los atletas especializados en los 100 y 200 metros no destacaban en los 400 y 800 metros y, precisamente, el tiempo de Liddell en los 400 metros no era nada sobresaliente. El viernes 11 de julio de 1924, Liddell ganó y batió también el récord mundial dejándolo en 47,6 segundos.

Cuando Liddell volvió a Edimburgo fue recibido como un héroe. Al año siguiente, 1925, marchó a China donde sirvió como misionero el resto de su vida. En 1942, la provincia china donde él vivía, fue invadida por el ejército japonés. Liddell envió a su esposa y a sus dos hijas al Canadá. Nunca llegó a conocer a su tercera hija que nació poco después en aquel país, porque en 1943 fue internado en un campo de concentración. Allí se dedicó a cuidar de las necesidades físicas y espirituales de sus compañeros de prisión hasta que falleció en 1945.

Cuando vi la película Carros de Fuego, que presenta la vida de Eric Liddell, me sentí atraído por el magnetismo de su persistencia. La perseverancia atrae. El punto cumbre de la película es cuando el Príncipe de Gales y las autoridades británicas pusieron en juego todas sus dotes persuasivas para convencerle de que corriera en domingo. Cuando él respondió que no lo haría en el día del Señor, un grupo de adolescentes que estaba viendo la película se puso de pie y aplaudió. Observaban sin respirar la historia de Liddell. Su perseverancia les impactó más que sus récords mundiales.

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