Éxodo 7: Jehová comisiona a Moisés

Los egipcios y los cananeos consideraban la creación unida inextricablemente con la naturaleza de sus dioses. Israel veía la naturaleza como la creación de Dios. Así pues, los hebreos evitaban el peligro del panteísmo, el cual iguala a Dios y la creación, y el deísmo, que niega el control de Dios sobre el mundo que ha creado. Las Escrituras enseñan que Jehová mantiene su señorío sobre la historia y la creación. Las plagas (mejor entendidas en Exodo como “aflicciones” en vez de «enfermedades”) son demostraciones de esto y reflejan claramente el conflicto teológico entre la fe bíblica y la egipcia.

Las siguientes características de las creencias egipcias muestran la diferencia entre el concepto de Dios en el AT y el que tenían los egipcios:

(1) Los egipcios consideraban al faraón como un dios poseedor de poderes sobrenaturales. Lo identificaban con Horus, el señor de los cielos, en su autoridad absoluta, y con Re, el dios del sol —el dios creador—, en su poder.

(2) Con el clima prácticamente sin lluvia, el río Nilo era lo que hacía posible la vida. Consecuentemente, los egipcios lo veían como la fuente de su existencia y lo hacían objeto de adoración.

(3) Además, los egipcios reverenciaban toda vida animal (incluyendo los insectos). La veían como algo sobrehumano y la deificaban.

Las plagas fueron actos justicieros contra todos los dioses de Egipto: fueron más que simples juicios contra un rey obstinado. Sin embargo, las señales y prodigios atacaron la teología errónea de los egipcios acerca del faraón como un ser divino, de las creencias acerca del sol y del río Nilo y de la reverencia (deificación) de toda vida animal. Las plagas fueron demostraciones históricas de la soberanía de Jehová sobre la historia, sobre la creación y sobre todos los hombres.

El agua hecha sangre.

El faraón siguió su camino obstinado; por tanto, el Señor ordenó a Moisés que encontrara al faraón de mañana a la orilla del Nilo. Dramáticamente, Moisés demandó otra vez en nombre de Dios que el faraón dejara ir al pueblo. Para que se conociera que era Jehová el que lo mandaba, Moisés golpeó el agua del Nilo con la vara y la convirtió en sangre, que apestó el río. El Nilo, la fuente de la vida para los egipcios, llegó a ser un instrumento de juicio, caos y muerte; fue contaminado y los peces murieron.

Además, Aarón, por orden de Jehová , alzó la vara sobre las aguas del Nilo y se convirtieron en sangre todas las aguas de Egipto, incluyendo las de los brazos naturales del río, las de su red artificial de canales usados con fines de irrigación agrícola, las de sus estanques, y las de sus depósitos.

El texto masorético indica literalmente que habrá sangre en toda la tierra de Egipto, hasta en la madera y en la piedra (v. 19b; Tr. del autor). El original no contiene las palabras interpretantes “los baldes de” ni “las vasijas de”. Parece mejor traducir el versículo sin agregar las palabras adicionales; es decir, la sangre llegó hasta la savia de los árboles (madera) y salió de las fuentes (piedras). Los dos, árboles y fuentes, eran elementos considerados sagrados en los lugares apartados o designados para la adoración (ver los oasis sagrados). Si se acepta esta interpretación, se evitará el problema acerca de dónde consiguieron los magos su agua cuando hicieron lo mismo con sus encantamientos (v. 22).

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