Éxodo 4: Moisés vuelve a Egipto, creerán que se te ha aparecido Jehová

La señal de la lepra. El segundo milagro fue igualmente dramático. A la orden de Jehová , Moisés se metió su mano en su seno, y al sacarla, he aquí que su mano estaba leprosa, blanca como la nieve. La mano bien bronceada por el sol caliente del desierto se había convertido en una blanca: leprosa. Era la plaga tan temida, la que aislaba al individuo de la sociedad y producía la muerte lenta pero segura con dolores agudísimos. Era una enfermedad incurable. Entonces el Señor le dijo Vuelve a meter tu mano en tu seno, y la sacó sana como el resto de su carne.

La señal del agua. Como si estos dos milagros no fueran suficientes, Jehová le dijo que tomase agua del Nilo y la derramara en tierra seca y se convertiría en sangre.

Dios le dio tres señales que serían suficientes para convencer al pueblo, y parecería que satisfarían a Moisés también, pero no fue así. Todavía seguía protestando obstinadamente, buscando liberación de su responsabilidad en el plan redentor divino.

El problema de la comunicación. Moisés protestaba que nunca había sido hombre de palabras y que era tardo [lit. “pesado”] de boca y de lengua. Se ha sugerido que probablemente tenía un impedimento en el habla; sin embargo, de un análisis del texto no lo parece. No tenía dificultad en presentar pronto las razones por las cuales no debiera hacer el trabajo. Según el texto hablaba bien para formular excusas y dar razones por las cuales el Señor no debía mandarlo a él al faraón. Era tardo en decir que “sí” al llamamiento; era presto para decir que “no”. Parece que el problema estaba no tanto en el hablar sino en la falta de deseo de hacer lo que Jehová le pedía.

El Señor le respondía claramente; lo conocía completamente, no solamente por nombre. Lo había creado, y no le prometió curar su impedimento para hablar, sino que le mandó ir y le prometió estar con su boca y enseñarle lo que tendría que decir. La presencia divina no simplemente le acompañaría, sino que le daría poder de hablar o testificar eficazmente.

La falta de un deseo personal de ir. La última petición de Moisés, que Jehová enviara a otra persona, trajo el enojo del Señor; no obstante, Jehová le dio a Moisés una válvula psicológica de escape. Dios, el soberano Señor del mundo, le avisaba que su hermano Aarón, aquel que hablaba bien, estaba en camino para encontrarlo.

Evidentemente Moisés por años había tenido alguna clase de contacto con la familia durante los cuarenta años de ausencia de Egipto, aunque escaso, porque el texto dice al verte, se alegrará en su corazón. Aarón sabía cómo encontrarlo y reconocería a Moisés. Frente al miedo de Moisés de hablar en público (que venció durante su ministerio), Aarón sería su vocero.

El texto aquí, ofrece la definición más clara de la Biblia en cuanto al trabajo del profeta. Entonces Jehová dijo a Moisés: “Mira, yo te he puesto como dios para el faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta“. ¿Cuál era la función profética? Tú dirás todas las cosas que yo te mande, y Aarón tu hermano hablará al faraón. Tu le hablarás y pondrás en su boca las palabras… El hablará por ti al pueblo y será para ti como boca, y tú serás para él como Dios.

Al final del encuentro, el Señor le mandó: Lleva en tu mano esta vara, con la cual harás las señales. Enfáticamente Jehová decía que era una vara especial, esta vara, no otra cualquiera. Durante toda la vida de Moisés esta vara iba a jugar un papel de importancia aun hasta el extremo.

Finalmente Moisés, el instrumento especial en la mano del Señor, se sometió y salió del monte llevando la vara especial de Dios en su mano. Jehová había logrado el primer paso; quedaba todavía por convencer el pueblo incrédulo, además del faraón del corazón endurecido (4:21). No obstante, se acabaron las protestas de Moisés.

e. El regreso a Egipto. Todavía le quedaba a Moisés una pequeña esperanza de escaparse del mando divino: tendría que pedir permiso de su suegro, el jefe de la tribu. Al casarse, se identificaba con la familia de su esposa y aceptaba su gobierno. Pero aun ahí, el Señor ya había preparado el camino y Jetro dijo a Moisés: “Vé en paz“. Entonces, Dios le reveló que el regreso no significaría peligro de vida para él porque han muerto todos los que procuraban matarte.

Con la bendición de Jetro y reasegurado por Dios, Moisés tomó a su mujer y a sus hijos, los puso sobre un asno y regresó a la tierra de Egipto. En camino el Señor le indicó otra vez que el faraón no dejaría ir fácilmente al pueblo. En aquel momento Jehová le explicó a Moisés su derecho para librar a Israel: Israel es mi hijo, mi primogénito. El faraón, considerándose divino, pensaba que tenía derecho sobre el primogénito de Jehová , aun hasta maltratarlos y matar a los niños varones. Jehová afirmó que él tenía el derecho de reclamar la libertad de su primogénito. Si rehusara dejar ir al pueblo, Jehová tendría el derecho de matar al primogénito del faraón. El veredicto ya expuesto por el faraón sobre Israel no era simplemente contra un pueblo extraño que vivía en la tierra sino era contra su propia gente. Lo que se sembrara sería lo que se cosecharía. El Señor indicó que al final de la confrontación el faraón quedaría reducido a su mortalidad; era impotente en frente a Jehová.

Si Dios lo había llamado, ¿por qué procuraba matarlo? Evidentemente había otra lección para aprender antes de llegar a Egipto. El trozo bíblico es muy antiguo y repleto de modismos. La expresión procuró matarlo es una que indica que Moisés estuvo a punto de morir. En aquel entonces se creía que todo lo que pasaba era resultado de la voluntad y acción directa de Dios. No se pensaba en causas secundarias puestas en acción por Jehová .

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