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julio 10, 2020 2:49 PM

Éxodo 3: Llamamiento de Moisés

Además del miedo por su vida, los años en Madián y el trabajo pastoril habían cambiado a Moisés. No era el hombre impaciente y violento de antes; ¡era un hombre transformado! No se sentía adecuado para una tarea tan monumental. A él le parecía que el llamamiento no era para servir a Dios en lo que era su fuerte, sino en lo que era su debilidad. El texto hebraico indica literalmente que Moisés hacía tres referencias fuertes de sí mismo: ¿Quién soy yo, que vaya yo al faraón, y que saque yo a los hijos de Israel de Egipto? (Trad. del autor). Se sentía inadecuado para la misión que el Señor le había asignado.

A pesar de su sentido de insuficiencia, ¿quién podía haber estado mejor preparado? Conocía el idioma egipcio, la cultura, las creencias y aun a los líderes egipcios. Era nieto adoptivo del faraón. Podía encontrar cualquier sitio en el palacio sin tener un guía oficial. Además, conocía íntimamente el desierto y los pueblos de la zona, y había tomado un curso teológico especial del sacerdote de Dios, Jetro. Dios lo había preparado bien sin que Moisés se diera cuenta. Pero tenía una cosa más que aprender: Dios es soberano, y sería él, no Moisés, el que libraría al pueblo del poder egipcio. Dios no necesitaba un hombre con el poder del yo, sino que buscaba un instrumento sensible y obediente.

La respuesta del Señor es uno de los textos más grandes de toda la Biblia y una promesa que da aliento a todos los llamados por él. Son varias las interpretaciones; no obstante, parece que una traducción literal del versículo ayudará a aclarar el sentido en el contexto: Ciertamente estaré contigo, y esto te será la señal de que yo [enfático] te he enviado; cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, serviréis a Dios sobre este monte (trad. del autor). La señal es la presencia de Dios con él: yo estaré contigo. La primera mitad del versículo contiene la promesa; la segunda mitad es una declaración de que servirían a Dios en el monte Horeb (Sinaí) después del éxodo. En efecto decía el Señor: “No debes preocuparte tanto Moisés, estoy contigo. No importa quién eres tú. Lo importante es que estoy yo, y yo sacaré al pueblo de Egipto.” El versículo era una afirmación grande: Dios estaría presente con él, y la señal no descansaba sobre unas demostraciones externas de poder, sino sobre la fe misma del llamado. La señal, o el milagro fundamental, no era la zarza ardiente ni el hecho de servir a Dios en Sinaí. Los dos eran milagros, pero ninguno era la señal. El milagro fundamental era la presencia divina que le acompañaría. El futuro confirmaría a Moisés en su tarea; sacaría al pueblo de Egipto, y lo llevaría al monte sagrado de Dios. Dios no se quedaría en Horeb; la presencia divina acompañaría a Moisés en todo el camino y a través de todos los acontecimientos. La prueba última de la señal sería en el futuro, cuando el pueblo sirviera a Dios en Sinaí.

La misma verdad se ve en Jesús, Dios con nosotros, quien nos libra de la esclavitud del pecado y nos hace instrumentos de su redención. Al salir en su nombre, tenemos la misma promesa que tuvo Moisés: Estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Cristo está con nosotros y el futuro dará la confirmación de nuestro llamamiento y nuestra fidelidad. Saldremos con ánimo porque Cristo en nosotros es la esperanza de gloria.

La incertidumbre de la identidad de Dios.

La segunda objeción de Moisés trata del temor de un nuevo rechazo del pueblo por no conocer a la deidad que le hablaba. La pregunta no era hipotética, “¿quién eres?”, sino más bien era una pregunta bien discreta y práctica. Si fuera al pueblo en nombre del Dios de los antepasados y el pueblo le preguntara ¿cuál es su nombre?, ¿qué les responderé?. Ya sabía la respuesta a “¿quién?”, porque Dios ya le había dicho que era el Dios de sus padres. La pregunta, ¿Cuál es su nombre?, iba más al fondo. En Israel el nombre significaba la persona misma, es decir, su naturaleza, su carácter, sus atributos, su ser. ¿Cómo era Dios? ¿Qué hacía él?

El conocer el nombre daba alguna influencia sobre la persona. De acuerdo con el pensar de Moisés, al no tener nombre, no había existencia. Al existir y conocer el nombre de la divinidad era tener poder sobre ella o, por lo menos, apoderarse de su poder. Dios conocía a Moisés por nombre. ¿Cuál era el nombre de aquel que le hablaba? El hablar indicaba que era una persona. Decía que estaba preocupado por Israel; sin embargo, evidentemente era un Dios ausente. Por años no había estado presente para ayudarles. ¿Cómo iba el pueblo a reconocerlo?

La respuesta de Dios a Moisés no es del toda clara, y los intérpretes de la Biblia no están seguros de su significado: YO SOY EL QUE SOY. La gramática hebrea no incluye el tiempo en el sistema verbal, pero el tiempo se encuentra en el contexto. El verbo indica una acción y el contexto da el tiempo. El verbo ‘ehyeh es un imperfecto que es una acción incompleta y tiene varias traducciones: “era”, “soy”, “seré”, o “llegué a ser”, “llego a ser”, y “llegaré a ser”. La partícula ‘asher tiene una variedad de significados tales como “quien”, “qué”, “que”, “el que”, “aquel que”, “lo que”, “aquel”, y “porque”.

Es evidente que hay una variedad de posibles interpretaciones de la frase; sin embargo, hay cinco que parecen ser las más aceptables a la luz del contexto:

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