Éxodo 10: La plaga de langostas

El faraón dijo que podían ir y servir a Jehová , y luego preguntó: ¿Quiénes son los que han de ir? Moisés le respondió que todos irían con sus animales. No hubo cambios en sus demandas: porque tendremos una fiesta de Jehová. Sarcásticamente el faraón le dijo: ¡Sea Jehová con vosotros, si yo os dejo ir a vosotros y a vuestros niños!. Estaba dispuesto a dejar ir a los hombres; sin embargo, se proponía retener a las mujeres y niños como rehenes, para asegurarse de que los hombres volverían.

Moisés había pedido permiso de ir y adorar a Dios en el desierto. El faraón sabía que sólo los hombres participaban en los sacrificios oficiales. ¿Para qué querían llevar a sus familias? El faraón vio el pedido como una trampa para escapar. Aunque era justo el pedido de libertad, acusó falsamente a Moisés de planear algo subversivo: ¡… vuestras malas intenciones están a la vista! ¡No será así! Id vosotros los varones y servid a Jehová , pues esto es lo que vosotros habéis pedido.

Moisés no tenía malas intenciones contra Egipto. El faraón inventó una razón para justificar su decisión de dejar ir solamente a los hombres; pues no quería perder el valor económico que le representaban los israelitas. Mientras tanto, el Señor lo estaba azotando con golpes económicos para convencerlo de la conveniencia de dejarlos ir.

Evidentemente Moisés rechazó la oferta porque los echaron de la presencia del faraón. Entonces, a la indicación de Jehová , Moisés extendió su mano sobre la tierra de Egipto y vino un fuerte viento del oriente que trajo una plaga devoradora de langostas sobre el país como nunca antes hubo… ni la habrá después.

Con el azote de las langostas, el faraón llamó apresuradamente a Moisés y a Aarón y confesó que había pecado contra Jehová vuestro Dios y contra vosotros. Pidió perdón, pero sin arrepentirse; se sentía afligido por la plaga y los daños, mas no hubo un cambio de su vida ni de su voluntad. Pidió otra vez que rogasen a Jehová para que se apartara la mortandad de sobre él.

Moisés salió de la presencia del faraón y oró a Jehová, y el Señor hizo soplar un viento fuerte del occidente que llevó todas las langostas de la tierra y las arrojó al mar Rojo. No obstante, el faraón tuvo un cambio de parecer y no dejó salir a los hijos de Israel.

(i) Las tinieblas y el anuncio de la muerte de los primogénitos. Sin previo aviso al faraón, Jehovah ordenó a Moisés que extendiera su mano hacia el cielo, y al hacerlo vinieron densas tinieblas sobre la tierra de Egipto por un espacio de tres días. Otra vez el faraón llamó a Moisés y le ofreció otra concesión, la cual Moisés rechazó. Enojado el faraón echó a Moisés de su presencia con una amenaza de muerte, y Moisés le respondió igualmente indignado, dando al faraón el anuncio previo de la muerte venidera de los primogénitos de los egipcios. Moisés salió indignado de la presencia del faraón.

Como en los dos ciclos anteriores de plagas, la última plaga llegó sin previo aviso. Fue de tinieblas tan densas que, dice el texto, hasta se podían palpar. No fue casualidad que la penúltima plaga fuera de tinieblas: la teología egipcia le daba prioridad al dios del sol, Re, y consideraba al mismo faraón como la encarnación de éste.

Antes de resolver el tema de la liberación, hay que resolver los temas secundarios que se han presentado. El primero de estos es la confrontación teológica entre Jehová y los dioses egipcios. Por tres días la oscuridad venció el sol, y así el dios principal egipcio quedó en nada, así como su encarnación en la persona del faraón.

Además de demostrar la soberanía absoluta de Jehová sobre el mundo, las tinieblas prepararon la última y trágica escena de muerte. No era necesario que la confrontación llegara a tal extremo; sin embargo, el faraón había decretado la muerte de los hijos varones de Israel, el primogénito de Jehová. Dios, en vano, le había dado oportunidad tras oportunidad de dejar ir al pueblo, pero él había endurecido su corazón. El silencio de las tinieblas de esta plaga era como un presagio de la siguiente plaga, en la que el silencio de la noche sería roto por el llanto, el gran clamor, de los egipcios y los gritos de júbilo de los hebreos al escuchar el decreto de Id y servid a Jehová , como habéis dicho.

Posiblemente la expresión tinieblas que hasta puedan ser palpadas (10:21) es una manera figurativa de indicar la intensidad de la oscuridad. No obstante, el contexto sugiere que era producida por una fortísima tempestad de arena. Tales tempestades ocurren en Egipto comúnmente durante la primavera. Se las conoce como khamsin, y arrastran consigo grandes cantidades de arena proveniente del desierto. Suelen durar dos o tres días y producen obscuridad cuando la nube de tierra llevada por el viento cubre una localidad. El texto indica que no se podían ver unos a otros, ni nadie se movió de su lugar durante tres días. Sin embargo, los hijos de Israel tenían luz en sus moradas.

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