Evangelio según Juan

En cuanto a carácter, está claro que era un hombre turbulento y ambicioso. Jesús les puso a él y a su hermano el mote de Boanergues, que los evangelistas interpretan como Hijos del trueno. Juan y Santiago eran absolutamente exclusivistas e intolerantes (Marcos 9:38; Lucas 9:49). Tenían un temperamento tan violento que querían demoler un pueblo samaritano porque no les quiso dar hospitalidad cuando iban camino de Jerusalén (Lucas 9:54). Ellos dos -o su madre Salomé para ellos- tenían la ambición de convertirse en primeros ministros cuando Jesús inaugurara Su Reino (Marcos 10:35; Mateo 20:20). En los otros tres Evangelios se nos presenta como un líder entre los apóstoles, uno de los del círculo íntimo, y, sin embargo, turbulento, ambicioso e intolerante.

En el Libro de los Hechos, Juan siempre aparece en compañía de Pedro, y nunca es él el que habla. Su nombre sigue figurando entre los tres a la cabeza de la lista apostólica (Hechos 1:13). Estaba con Pedro en la curación del cojo en la Puerta Hermosa del templo (Hechos 3:1). Le trajeron con Pedro al sanedrín, cuando ambos se comportaron con tal valor y arrojo ante los líderes judíos que los dejaron alucinados (Hechos 4:1-13). También está con Pedro cuando van a Samaria a supervisar el trabajo de Felipe (Hechos 8:14).

En las cartas del apóstol Pablo sólo se le menciona una vez, en Gálatas 2:9, donde aparece con Pedro y Santiago como uno de los pilares de la Iglesia que dieron su aprobación a la obra misionera de Pablo. Juan era una mezcla extraña. Era uno de los líderes de los Doce; formaba parte del círculo más íntimo de los amigos de Jesús, y al mismo tiempo era hombre de temperamento ambicioso e intolerante, pero no menos valiente.

Podemos seguir a Juan en las historias que se contaban de él en la Iglesia Primitiva. Eusebio nos dice que le desterraron a Patmos en el reinado de Domiciano (Eusebio, Historia Eclesiástica 3:23). En el mismo pasaje Eusebio nos cuenta una historia característica de Juan que él recibió de Clemente de Alejandría. Juan llegó a ser una especie de obispo de Asia Menor, y estaba visitando a la sazón una de las iglesias cerca de Éfeso. En la congregación vio a un joven alto, fuerte y muy bien parecido. Se volvió al anciano responsable de la congregación y le dijo: -Te confío encarecidamente a ese joven, y hago testigos de ello a todos los de la congregación. El anciano dio hospitalidad al joven en su propia casa, y le cuidó e instruyó, hasta que un buen día fue bautizado y recibido en la iglesia. Pero poco después se juntó con malas compañías y se embarcó en una carrera de crímenes que le llevó a ser el jefe de una pandilla de bandoleros y asesinos. Algún tiempo después volvió a pasar Juan por aquella congregación, y le dijo al anciano: -Da cuenta del depósito que el Señor y yo os confiamos a ti y a la iglesia que está a tu cargo. Al principio el anciano no sabía de lo que le hablaba Juan, hasta que le dijo: -Me refiero al alma del joven que te confié. -¡Ay dijo el anciano-, que está muerto! -¿Muerto? -Sí; muerto para Dios. Cayó de la gracia. Tuvo que huir de la ciudad a causa de sus crímenes, y ahora es un bandolero en las montañas. Inmediatamente, Juan se dirigió á las montañas. Se dejó capturar a propósito por la banda de forajidos. Le llevaron a aquel joven, que era el jefe, que, de la vergüenza que le dio, intentó huir de él. Juan, aunque era anciano, le persiguió gritándole: -¡Hijo mío! ¿Es que vas a huir de tu padre? Yo estoy débil y cargado de años; ten piedad de mí, hijo mío; no tengas miedo; aún hay esperanza de salvación para ti. Yo me presentaré por ti ante el Señor Cristo. Si hace falta, de buena gana moriré por ti como Él murió por mí. ¡Detente, para, cree! ¡Es Cristo el Que me ha enviado a Ti! Aquellas palabras quebrantaron el empedernido corazón del joven, que se detuvo, tiró las armas y rompió a llorar. Juntos bajaron de la montaña, y el joven volvió a la iglesia y a la fe. Aquí vemos el amor y el valor de Juan en acción.

Eusebio (3:28) nos cuenta otra historia de Juan que él sacó de las obras de Ireneo. Ya hemos visto que uno de los líderes de la herejía gnóstica era un tal Cerinto. «El apóstol Juan entró una vez en los baños para darse un baño; pero, cuando se enteró de que Cerinto estaba allí, pegó un salto y salió corriendo por la puerta de donde estaba, porque no podía soportar estar bajo el mismo techo que él. Y aconsejó a los que estaban con él que hicieran lo mismo.

-¡Huyamos -les dijo- antes que los baños se nos caigan encima; porque Cerinto, el enemigo de la verdad, está dentro!»
Aquí tenemos otro rasgo del temperamento de Juan. Boanergues no había muerto del todo. Casiano nos cuenta otra historia famosa de Juan. Cierto día, estaba jugando con una perdiz amaestrada. Un hermano más rígido y estrecho le reprendió por perder el tiempo, y Juan le respondió: -El arco que siempre está tenso, pronto deja de tirar derecho.
Y es Jerónimo el que nos cuenta la historia de las palabras finales de Juan. Cuando estaba muriendo, sus discípulos le preguntaron si tenía algún último mensaje que dejarles. -Hijitos: Amaos unos a otros y lo repitió varias veces. Cuando le preguntaron si era eso todo, dijo sencillamente: -Con eso basta, porque es el mandamiento del Señor.

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