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Es lo único que deseo

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Debo de haber tenido unos nueve años de edad, y era demasiado serio y digno para sentarme sobre el regazo de Papá Noel en la tienda de departamentos Mason’s, en Anniston, Alabama, pero lo suficientemente chico aún para pedirle -ipor favor, por favor, por favor!- un soldado G.I. Joe en la Navidad.

-Ya estás muy grandecito para jugar con muñecos -me dijo Sam, mi hermano mayor, quien solía jactarse de que, el día que nació, se sacudió el polvo en la sala de partos y se fue a casa caminando.

-G.I. Joe no es un muñeco -repliqué, enojado.

-Sí lo es.

-iClaro que no!

En 1968, en el condado de Calhoun, Alabama, esa discusión se consideraba un diálogo intelectual. Estaba yo a punto de pellizcar a Sam cuando mi cansada madre me tomó del brazo para que me extasiara con la nieve artificial que caía sobre un ciervo que tenía limpiapipas en lugar de cuernos. Sam se acercó resueltamente a Papá Noel, como un adulto pequeño, para pedirle -me parece- una sierra eléctrica y algunos cartuchos para escopeta.

-¿crees que me lo traerá? -le pregunté a mi madre.

En aquel entonces ella lavaba ropa ajena y limpiaba casas cuando podía. La cercanía de la Navidad le causaba mucho temor: temor de que para sus tres hijos fuera un tiempo de enorme desilusión.

-No lo sé, hijo -contestó, mientras con la otra mano sujetaba a mi hermano menor, Mark, quien se asustó al ver a ese hombre extraño con traje rojo e intentaba huir a las montañas.

-Es lo único que deseo -dije, esperanzado.

No sabía yo que desear algo era como darle a mamá una patada en el vientre. Cuando escribo acerca de mi niñez y la Navidad me resulta difícil no sonar un poco como Dickens. No me refiero a que escriba tan bien, sino a que, cuando era niño, la Navidad era para mí como un sube y baja de tristeza y júbilo, tal vez la prueba más clara de la brecha entre pobres y ricos. Un G.I. Joe era un juguete caro, que costaba más de lo que mi madre a veces ganaba en un día; sin embargo, ahora que tengo más de 50 años y evoco aquellos tiempos, los desengaños se disipan en mi mente y surgen recuerdos de cosas que se parecen mucho a los milagros. Al día siguiente entré cabizbajo en la cocina de mi tía Juanita, quien era delgada y baja de estatura pero tan fuerte como un hombre. Me daba galletitas con crema de maní y pollo frito, aunque no en ese orden.

-¿Qué va a traerte Papá Noel, cariño? -me preguntó.

-Yo quería un G.I. Joe -repuse-, pero Sam me dijo que solo las niñas juegan con muñecos, y como no soy una niña, creo que ya no lo quiero.

Unos días después, vi una caja con mi nombre junto a su árbol navideño. La había envuelto con papel delgado, tanto que se podía ver a través de él: iera un G.I. Joe!, el vestido con uniforme de marinero, pero no me habría importado que llevara ropa de vendedor de seguros. Me pasé los días que faltaban para la Navidad con una extraña sensación de paz. Cuando abrí la caja, mi mamá fingió sorpresa. Papá Noel, dijo, seguramente se había aliado con mi tía Juanita. Adoro a mi tía Juanita por haber hecho eso. Amo a mi madre por hacer todo lo que podía, día tras día. Sé que la Navidad significa mucho más que todas esas cosas materiales, que incluso tal vez esté mal calificar esas cosas de milagros, por pequeños que sean. El milagro, creo, está en el corazón de esas dos mujeres.

Rick Bragg

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