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Entrada triunfal a Jerusalén

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Nos da la impresión de que aquella no fue una acción improvisada, sino algo cuidadosamente preparado. Jesús no dejaba las cosas para el último momento. Lo más seguro es que ya hubiera llegado a un acuerdo con los dueños del borriquillo. «Porque el Señor lo necesita» era la consigna convenida de antemano.

(ii) Fue un gesto de glorioso desafío y de valor superlativo. Ya entonces los líderes judíos le habían puesto precio a su cabeza (Juan 11:57). Habría sido natural que, si Jesús tenía que ir a Jerusalén, entrara de incógnito y secretamente; pero lo hizo de una manera que le colocó en el centro de atención de toda la ciudad. Es algo sobrecogedor el pensar en un hombre a cuya cabeza se había puesto precio, un proscrito, cabalgando a cara descubierta en la capital de forma que todos pudieran verle y saber que estaba allí. Es imposible exagerar el valor de Jesús.

(iii) Fue una declaración deliberada de su derecho al trono, en cumplimiento de la profecía de Zacarías 9: 9. Pero, hasta en este acto, Jesús subrayó el carácter del Rey que pretendía ser. El asno no era en Palestina la acémila humilde de otros países, sino un animal noble. Los reyes iban a caballo a la guerra; cuando iban en son de paz usaban el asno. Al escoger su montura, Jesús se ofrecía como rey de amor y de paz, y no como el héroe militar y conquistador que la gente esperaba.

(iv) Fue la última invitación. Jesús vino, como si dijéramos, con los brazos abiertos, como diciendo: « ¿Me queréis ahora aceptar como vuestro Rey?» Antes de que el odio de los hombres le tragara totalmente, una vez más los confrontó con la invitación del amor.

Juan

Al día siguiente, todo el gentío que estaba en Jerusalén para la fiesta se enteró de que Jesús iba de camino para allá. Entonces cortaron ramas de palmera, y salieron a recibirle. Y no dejaban de gritar: -¡Hosanna! ¡Benito el que viene en el nombre del Señor, Que es el Rey de Israel! Jesús se encontró un borriquillo, y se sentó sobre él, como dice la Escritura: «¡No tengas miedo, hija de Sión! ¡Mira: tu Rey está llegando, sentado sobre un pollino!» En aquel momento los discípulos no comprendieron lo que quería decir todo aquello; pero, después que Jesús fue glorificado, se acordaron de todo lo que le hicieron, y de que ya estaba escrito acerca de El.

La multitud que estaba con Él daba testimonio de cómo había llamado a Lázaro de la tumba y le había resucitado. Fue precisamente porque oyeron que había realizado aquella señal por lo que la multitud salió a recibirle. A eso los fariseos se dijeron unos a otros: -¡Ya veis que las medidas que habéis tomado no han servido para nada! ¡Fijaos! ¡Todo el mundo se va tras Él!

La Pascua, Pentecostés y Tabernáculos eran las tres fiestas de guardar de los judíos. Para la Pascua venían a Jerusalén judíos de todo el mundo. Dondequiera que viviera un judío, su ambición era celebrar una Pascua en Jerusalén. Hasta el día de hoy y a lo largo de todas las edades, cuando los judíos celebran la Pascua en su lugar de residencia, dicen: « ¡Este año aquí; pero el que viene, en Jerusalén!»

Por entonces, Jerusalén y todos los pueblos de alrededor estaban abarrotados de peregrinos. En cierta ocasión se hizo un censo de los corderos que se mataron para la fiesta de la Pascua, y se alcanzó la cifra de 256.000. Tenían que ser un mínimo de diez personas por cordero; así que, si los números eran correctos, tiene que haber habido unas 2,700.000 personas en Jerusalén y alrededores aquel año. De modo que, aunque la cifra fuera exagerada, sigue siendo verdad que la población de Jerusalén se multiplicaba en esas fechas.

Se habían divulgado noticias y rumores de que Jesús, el que había resucitado a Lázaro, estaba de camino hacia Jerusalén.

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