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Entrada triunfal a Jerusalén

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La calma antes de la tempestad

Y Se adentró en Jerusalén y entró en el Templo. Después de mirarlo todo alrededor, como ya era tarde, Se fue a Betania con los Doce.

Este sencillo versículo nos muestra dos cosas que eran características de Jesús.

(i) Nos muestra a Jesús decidiendo Su táctica. Todo el ambiente de los últimos días era de deliberación. Jesús no Se estaba metiendo inconscientemente en peligros desconocidos. Todo lo hacía con los ojos bien abiertos. Cuando miró todo alrededor era como un general que estudiará la fuerza del enemigo y sus propios recursos para la batalla decisiva.

(ii) Nos muestra cómo recibía Jesús Su fuerza. Volvió a la paz de Betania. Antes de enfrentarse con los hombres buscó la presencia de Dios. El secreto de Su coraje era que tenía un encuentro con Dios cada día antes de salir al encuentro con los hombres.

Este breve pasaje nos muestra también algo acerca de los Doce. Todavía estaban con Él. Por entonces ya se habían dado cuenta perfectamente de que Jesús estaba jugándose la vida. Así les parecía a ellos. Algunas veces los criticamos por su falta de lealtad en los últimos días; pero es una prueba a su favor que, comprendiendo tan poco lo que estaba pasando, todavía se mantuvieron con Él.

Lucas

Después de decir estas cosas, Jesús se adelantó en el camino de subida a Jerusalén. Y sucedió cuando llegaron al monte que se llama de los Olivos cerca de Betfagé y de Betania, que Jesús mandó por delante a dos discípulos suyos con estas instrucciones: -Dirigios a la aldea de enfrente y, a la entrada, encontraréis citado un borriquillo que todavía no ha montado nadie. Lo desatáis, y os lo traéis. Y si os pregunta alguien que por qué lo estáis haciendo, le decís: «Porque el Señor lo necesita.» Los que mandó Jesús fueron y lo encontraron todo como les había dicho Jesús. Cuando estaban desatando el borriquillo, les preguntaron los dueños: -¿Por qué estáis desatando el borriquillo? -Porque el Señor lo necesita -contestaron. Y se lo trajeron a Jesús, y pusieron sus mantos encima del borriquillo, y ayudaron a Jesús a montar. Y cuando echó a andar alfombraron con sus mantos el camino por donde había de pasar. Cuando llegaron cerca del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos no pudieron ya contener la alegría, y se pusieron a dar voces alabando a Dios por todos los acontecimientos maravillosos que habían presenciado; y gritaban: – ¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el Cielo y gloria en las Alturas! Algunos fariseos que iban entre la gente le dijeron a Jesús: – ¡Maestro, diles a tus discípulos que se contengan! -¡Os aseguro – les contestó Jesús– -, que si ellos se callan gritarán las piedras!

De Jerusalén a Jericó no hay más que 28 kilómetros, así es que Jesús ya estaba llegando a la meta. Jerusalén, el final del viaje, estaba ahí delante. Los profetas, cuando las palabras no producían efecto, cuando la gente se resistía a recibir o a aceptar el mensaje, recurrían a algún gesto dramático para que nadie dejara de enterarse. Tenemos ejemplos de tales acciones dramáticas en 1 Reyes 11:29-31; Jeremías 11:1-11; 27:1-11; Ezequiel 4:1-3; S:1-4.

(i)Algo así era lo que Jesús se proponía hacer entonces: entrar en Jerusalén cabalgando de una manera que le hiciera comprender a todo el mundo que Él era el Mesías, el Rey Ungido por Dios. Tenemos que fijarnos en algunos detalles de la entrada de Jesús en Jerusalén.

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