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Entrada triunfal a Jerusalén

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Hay aquí tres cosas acerca del grito en las que debemos fijarnos.

(i) Era el saludo normal que se dirigía a los peregrinos cuando llegaban al Templo con ocasión de las grandes fiestas.

(ii) «El Que viene» era el Mesías. Cuando los judíos hablaban del Mesías se referían a Él como El Que viene.

(iii) Pero es todo el origen del salmo del que procedían las palabras lo que las hacía tremendamente sugestivas. En el año 167 a.C. había surgido un rey extraordinario en Siria que se llamaba Antíoco. Había concebido la idea de que su deber era ser misionero del helenismo, e introducir la manera griega de vivir, el pensamiento griego y la religión griega hasta donde le fuera posible; hasta, si era necesario, por la fuerza. Trató de hacerlo en Palestina.

Por un tiempo sojuzgó Palestina. El tener un ejemplar de la Ley o el circuncidar a un niño eran crímenes que se castigaban con la muerte. Profanó los atrios del Templo. De hecho, hasta instituyó el culto del dios griego Zeus donde se había adorado a Jehová. Como un insulto deliberado ofreció carne de cerdo en el gran altar de los holocaustos. Convirtió las cámaras que bordeaban los atrios del Templo en burdeles. Hizo, en fin, todo lo que pudo por desarraigar la fe judía.

Fue entonces cuando se rebeló Judas Macabeo; y después de una alucinante carrera de victorias, expulso de Palestina a Antíoco y purificó y consagró de nuevo el Templo, un acontecimiento que conmemoraba, y todavía conmemora, la Fiesta de la Dedicación, en hebreo Januká. Y es muy probable que el Salmo 118 se escribiera para conmemorar aquel gran día de purificación, y para celebrar la victoria que había obtenido Judas Macabeo. Es el salmo de un conquistador.

Una y otra vez vemos la misma tendencia en este incidente. Jesús había proclamado ser el Mesías; pero de tal manera que trataba de mostrar al pueblo que sus ideas acerca del Mesías estaban descaminadas; pero el pueblo no lo veía. Su bienvenida era la que habría correspondido, no al Rey del amor, sino al conquistador que hubiera derrotado a los enemigos políticos del reino de Israel.

En los versículos 9 y 10 aparece la palabra hosanna. Esta palabra se suele entender equivocadamente. Se cita y se usa como si fuera una alabanza; pero es una simple transcripción de la palabra hebrea que quiere decir ¡Salva ahora! Aparece en exactamente la misma forma en 2 Samuel 14:4 y 2 Reyes 6:26, donde expresa el clamor del pueblo que pide ayuda y protección por parte del rey. Cuando el gentío gritaba hosanna, no era un grito de alabanza a Jesús, que es lo que parece cuando lo citamos o usamos, sino un grito que se dirigía a Dios para que irrumpiera y salvara a Su pueblo ahora que el Mesías había venido.

Ningún otro episodio nos muestra tan claramente como este el tremendo coraje de Jesús. En aquellas circunstancias, uno podría haber esperado que Jesús Se introdujera en Jerusalén de incógnito, y Se mantuviera a cubierto de las autoridades, que estaban dispuestas a eliminarle. En vez de eso, entró de tal manera que atrajo la atención de toda la gente. Una de las cosas más peligrosas que una persona puede hacer es dirigirse a un pueblo y decirle que todas sus ideas están equivocadas. Cualquiera que intente desarraigar los sueños nacionalistas de un pueblo se está buscando problemas. Pero eso fue precisamente lo que hizo Jesús. Aquí Le vemos haciendo la última llamada del amor, y haciéndola con un coraje verdaderamente heroico.

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