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Entrada triunfal a Jerusalén

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Pero debemos fijarnos bien en lo que estaba haciendo. Había un dicho del profeta Zacarías (Zacarías 9: 9): « ¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene a ti, justo y salvador, pero humilde, cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.» Todo el impacto está en que el Rey venía en son de paz. En Palestina, el asno no era una acémila despreciada, sino un animal noble. Cuando un rey iba a la guerra, su montura era un caballo; pero cuando iba en son de paz, cabalgaba en un asno. Ahora el burro es el paradigma del desprecio divertido, pero en los tiempos de Jesús era una montura de reyes. Pero debemos advertir la clase de Rey que Jesús proclamaba ser. Vino manso y humilde, pacíficamente y para traer la paz. Le saludaron como Hijo de David, pero no Le comprendieron.

Fue hacia este tiempo cuando se escribió el poema hebreo Los salmos de Salomón. Representan la clase de hijo de David que esperaban los judíos. Aquí tenemos su descripción: Míralo, Señor, y suscítales un rey, un hijo de David, – en el momento que tú elijas, oh Dios, para que reine en Israel tu siervo. Rodéale de fuerza, para quebrantar a los príncipes injustos, – para purificar a Jerusalén de los gentiles que la pisotean, destruyéndola, para expulsar con tu justa sabiduría a los pecadores de tu heredad, – para quebrar el orgullo del pecador como vaso de alfarero, para machacar con vara de hierro todo su ser, para aniquilar a las naciones impías con la palabra de su boca, para que ante su amenaza huyan los gentiles de su presencia – y para dejar convictos a los pecadores con el testimonio de sus corazones. (Salmos de Salomón 17:21-25).

Esa era la clase de poesías con las que los judíos alimentaban y alentaban sus esperanzas. Esperaban a un rey que guerreara y derrotara y destruyera. Jesús lo sabía, y vino manso y humilde, cabalgando en un borriquillo.

Cuando Jesús entró cabalgando aquel día en Jerusalén, presentó Sus credenciales como Rey, pero como Rey de la Paz. Su acción estaba en contradicción con todo lo que la gente esperaba y deseaba.

El que viene

Le trajeron el borriquillo a Jesús, y pusieron sus mantos sobre él y montaron a Jesús encima. Muchos de ellos extendieron sus mantos por la carretera, y otros cortaban ramas en los campos y las extendían sobre la carretera. Y unos iban delante y otros detrás sin dejar de gritar: – ¡Salva ahora! ¡Bendito sea el Reino de nuestro padre David que viene! ¡Envía Tu salvación desde las alturas del Cielo!

El asnillo que trajeron no lo había montado nunca nadie. Eso era idóneo, porque una acémila que hubiera de usarse para un propósito sagrado no podía haberse usado antes para un uso corriente. Así se estipulaba, por ejemplo, de la ternera roja cuyas cenizas limpiaban de la contaminación (Números 19:2; Deuteronomio 21:3).

El cuadro que se nos presenta es el de un populacho que no sabía lo que hacía. Nos muestra a una multitud de personas que creían en la realeza en términos de conquista, que era lo que pensaban desde hacía mucho tiempo. Curiosamente recuerda la entrada de Simón Macabeo en Jerusalén 150 años antes, después de aplastar a los enemigos de Israel en batalla: «Y a los veinte y tres días del mes segundo del año ciento y setenta y uno, entró en ella con alabanzas, y con ramos de palma, con arpas, y órganos, y címbalos, e himnos, y cantares, por cuanto el enemigo grande de Israel había sido quebrantado» (1 Macabeos 13:51,13.0.). Le querían dar a Jesús una bienvenida de conquistador, pero no se hacían idea de la clase de conquistador que Él quería ser.

Los mismos gritos de la multitud demostraban por dónde iban sus pensamientos. Cuando extendían sus mantos por el suelo delante de Él hacía exactamente lo mismo que había hecho la multitud cuando el sanguinario Jehú fue ungido rey (2 Reyes 9:13). Gritaban: «¡Bendito el Que viene en el nombre del Señor!» Era una cita del Salmo 118:26, que debería leerse con una puntuación diferente: « ¡Bendito en el nombre del Señor sea el Que viene!»

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