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Entrada triunfal a Jerusalén

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Así pues, a la misma vez, vemos el coraje de Cristo, las credenciales de Cristo, la invitación de Cristo. Era Su última invitación a que Le abrieran, no las puertas de sus palacios, sino las de sus corazones.

Marcos

Cuando iban llegando, ya cerca de Jerusalén, a Betfagué y a Betania, Jesús mandó por delante a dos de Sus discípulos diciéndoles: -Entrad en la aldea que tenéis enfrente, y, en cuanto entréis encontraréis un borriquillo atado en el que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traédmelo. Y si alguien os pregunta por qué estáis haciéndolo, decidle: «El Señor lo necesita; e inmediatamente lo devolverá. » Ellos se adelantaron, y encontraron el borriquillo atado ala entrada de una casa en plena calle, y lo desataron. Y algunos de los que estaban por allí les dijeron: -¿Qué estáis haciendo desatando el borriquillo? Y ellos les dijeron lo que Jesús les había dicho que dijeran, y los dejaron marcharse.

Hemos llegado a la última etapa del viaje de Jesús. La había precedido la retirada alrededor de Cesarea de Filipo en el extremo Norte; luego habían pasado un tiempo en Galilea; habían estado después en las montañas de Judea y en Transjordania; habían pasado por Jericó, y ahora llegaban a Jerusalén.

Tenemos que fijarnos en algo sin lo cual la historia es casi ininteligible. Cuando leemos los tres primeros evangelios, tenemos la idea de que esta fue la primera visita de Jesús a Jerusalén. Están interesados en contarnos la historia de la obra de Jesús en Galilea. Debemos tener presente siempre que los evangelios son muy cortos; en su corto espacio se apiña la obra de tres años, y los autores no tenían más remedio que seleccionar las cosas en las que querían insistir y de las que tenían un conocimiento especial. Y cuando leemos el cuarto evangelio, encontramos a Jesús frecuentemente en Jerusalén (Juan 2:13; 5:1; 7:10). De hecho encontramos que Jesús subía regularmente a Jerusalén para las grandes fiestas. No hay ninguna contradicción en este punto. Los tres primeros evangelios están interesados especialmente en el ministerio de Jesús en Galilea; y el cuarto, en el de Judea. Sin embargo, también los primeros tres contienen indicaciones de que Jesús visitaba Jerusalén con cierta frecuencia. Tenemos Su estrecha amistad con Marta y María y Lázaro, una amistad que supone muchas visitas. Tenemos el hecho de que José de Arimatea era un amigo secreto Suyo. Y, sobre todo, tenemos el dicho de Jesús en Mateo 23:37, de que Jesús había querido a menudo reunir a los habitantes de Jerusalén como la gallina reúne a sus polluelos debajo de las alas, pero ellos Se lo habían impedido. Jesús no podría haber dicho eso si no fuera porque había hecho más de una llamada, que había recibido una fría respuesta. Esto explica el incidente del borriquillo. Jesús no dejaba las cosas para el último momento. Sabía lo que iba a hacer, y tiempo atrás había hecho los preparativos con un amigo. Cuando envió por delante a dos de Sus discípulos, les dio una consigna que había concertado de antemano: « El Señor lo necesita.» Esto no fue una decisión, improvisada y repentina de Jesús. Fue algo hacia lo que se había ido desarrollando toda Su vida.

Betfagué y Betania eran aldeas cercanas a Jerusalén. Probablemente Bet fagué quiere decir casa de higos, es decir, región abundante en higueras y el comercio de los higos; y Bet-ania quiere decir casa de dátiles, por razones parecidas. Deben de haber estado muy cerca de Jerusalén, porque sabemos por la ley judía que Betfagué era una de un círculo de aldeas que marcaban el límite de lo que se podía andar en sábado, es decir, cosa de un kilómetro; mientras que Betania era uno de los lugares dormitorio para los peregrinos de la Pascua cuando Jerusalén estaba llena.

Los profetas de Israel habían tenido a veces una manera característica de presentar su mensaje. Cuando las palabras resultaban insuficientes, recurrían a la acción dramática, como si dijeran: « Si no queréis oír, no tendréis más remedio que ver» (Cp. especialmente 1 Reyes 11:30-32). Estas acciones dramáticas eran lo que podríamos llamar advertencias o sermones representados. Ese método fue el que Jesús empleó aquí. Su acción fue una presentación dramática deliberada de Sus credenciales como Mesías.

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