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Entrada triunfal a Jerusalén

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Hay dos alegorías tras la acción dramática de Jesús.

(i) Está la visión de Zacarías 9:9, en la que el profeta vio venir al Rey a Jerusalén «humilde, cabalgando sobre un asno, sobre un Jóllino hijo de asna.» En primera instancia, la acción dramática de Jesús era una presentación deliberada como Mesías. Se estaba ofreciendo a Sí mismo al pueblo, en un momento en que Jerusalén estaba hirviendo de judíos de todo el país y de todo el mundo, como el Ungido de Dios. Veremos a continuación lo que Jesús quería decir con Su presentación; pero no hay duda de que eso fue lo que hizo.

(ii) Puede que hubiera otra intención en el gesto de Jesús. Uno de los mayores desastres de la historia judía fue la captura de Jerusalén por Antíoco Epífanes, hacia 175 a.C. Antíoco estaba decidido a erradicar el judaísmo y a introducir en Palestina la manera de vivir y la religión griega.

Profanó el templo ofreciendo carne de puerco en el altar, y sacrificios al Zeus Olímpico, y hasta convirtiendo las cámaras del templo en prostíbulos públicos. Fue entonces cuando los Macabeos se rebelaron contra él, consiguiendo por último rescatar su tierra. A su debido tiempo Jerusalén fue rescatada y el templo profanado fue restaurado y purificado y rededicado. En 2 Macabeos 10:7 leemos acerca del regocijo de aquel gran día: «Por tanto tomaron ramas, brotes tiernos, y palmas, y cantaron salmos al Que les había permitido purificar Su santo lugar.» Aquel día la gente llevaba palmas y ramas y cantaba salmos; es casi la misma descripción de la reacción de la multitud que recibió a Jesús en Jerusalén.

Es por lo menos posible que Jesús conociera aquello, y que entrara en Jerusalén con la intención de purificar la Casa de Dios como lo había hecho Judas Macabeo doscientos años antes. Eso fue exactamente lo que hizo Jesús. Bien puede ser que estuviera diciendo en forma dramática, no solamente que El era el Ungido de Dios, sino también que había venido a limpiar la Casa de Dios de los abusos que profanaban su culto. ¿No había dicho Malaquías que el Señor vendría repentinamente a Su templo? (Malaquías 3:1). Y en su visión de juicio, ¿no había visto Ezequiel que el terrible juicio de Dios empezaría en el santuario? (Ezequiel 9:6).

Las credenciales del Rey

Para concluir nuestro estudio de este incidente, observemos a Jesús en el centro de la escena. Nos muestra tres cosas acerca de Él.

(i) Nos muestra Su coraje. Jesús sabía perfectamente bien que estaba entrando en una ciudad hostil. Por muy entusiasmada que se mostrara la multitud, las autoridades Le odiaban y habían jurado eliminarle; y eran ellas las que tenían la última palabra. En tales circunstancias, cualquiera habría considerado que el valor era compatible con la prudencia; y, si Jesús tenía que ir a Jerusalén, bien hubiera podido entrar a cubierto de la noche, y dirigirse a Su refugio por las calles traseras. Pero Jesús entró en Jerusalén de una manera que Le colocaba en el centro del escenario, y atraía todas las miradas. En Sus últimos días hubo en todas Sus acciones un desafío magnífico y sublime; y aquí empieza el último acto al arrojar el guante y desafiar a las autoridades para que llegaran con Él a lo peor de sus planes.

(ii) Nos muestra Sus credenciales. Jesús se presentó con toda claridad como el Mesías de Dios, como el Ungido de Dios. También probablemente mostró Sus credenciales como el Purificador del templo. Si Jesús Se hubiera conformado con proclamarse profeta, lo más seguro es que no Le habrían quitado la vida. Pero Él no podía darse por satisfecho con nada menos que el lugar que Le correspondía. Con Jesús es todo o nada. Hemos de reconocerle como Rey, o no recibirle de ninguna manera.

(iii) Igualmente nos muestra Su invitación. No era sentarse en un trono lo que pretendía, sino ser Rey de los corazones. Vino humildemente y cabalgando sobre un asnillo. Debemos tener cuidado de entender el verdadero sentido de ese gesto. En Occidente, el burro es una acémila despreciable; pero en Oriente el asno se consideraba un animal noble. Era corriente que un rey entrara en una ciudad cabalgando sobre un asno; pero en ese caso era señal de que venía en son de paz. El caballo era la montura para la guerra; el asno era la montura para la paz. Así que cuando Jesús Se presentó como Rey, Se presentó como Rey de Paz. Mostró que había venido, no para destruir, sino para amar; no para condenar, sino para salvar; no por la fuerza de las armas, sino por la del amor.

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