El vacío de la vida

Un aviador, durante la Segunda Guerra Mundial, fue alcanzado por un proyectil enemigo y tuvo que lanzarse en paracaídas, pero éste no se abrió. Afortunadamente cayó en una zona pantanosa y no murió. Después de tres meses de recuperación en el hospital, le preguntaron qué le había causado mayor sensación. El respondió: «El querer agarrarme del vacío.»

Sí, la sensación más terrible que puede sufrir y experimentar un ser humano es querer agarrarse del vacío.

No podemos vivir en el vacío. Bien nos lo demuestra la parábola de Jesús de aquel hombre que limpió su casa, expulsando el demonio que tenía, pero luego la dejó vacía. Al final su situación fue peor que al principio, porque nadie puede vivir vacío (Mateo 12:43—45).

Se da frecuentemente la circunstancia de que cuánto más estudias y sabes, más humilde te vuelves, porque te das cuenta de que en realidad apenas sabes. Por el contrario, aquellos que saben muy poco, que prácticamente son todavía ignorantes, a veces se creen muy sabios.

Se cuenta que el gran misionero Alberto Schweitzer, que fue un intelectual reconocido y hombre muy culto y polifacético, se hallaba un día arrastrando un tronco de árbol para utilizarlo en la edificación del hospital en Lambarene (Africa), cuando pasó cerca un nativo que acababa de aprender a leer y escribir.

Alberto Schweitzer le pidió ayuda y aquel hombre le respondió:

—Yo no tengo que arrastrar troncos porque soy un intelectual.

A lo que el misionero le respondió:

—Has tenido suerte, amigo, yo lo intenté y todavía no lo he conseguido.

Después siguió tirando del tronco. ¡Cuántos caminan por la vida hinchados de orgullo creyendo que saben, sin darse cuenta de que los más sabios reconocen que apenas conocen! Pablo recomienda en Romanos 12:3 que «nadie tenga más alto concepto de sí que el que debe tener».

Hace algunos años, un submarino atómico de la Marina de los Estados Unidos se hundió frente a las costas de Massachussetts. Aquella maravilla de la tecnología moderna se convirtió en cárcel y sepultura de la tripulación, compuesta por más de cien hombres.

Varios barcos especializados en salvamentos en el mar fueron enviados al lugar de la tragedia, pero eran incapaces de ayudar debido a la profundidad de donde estaba paralizado el submarino. Las comunicaciones iban y venían de fuera hacia dentro y viceversa. El oxígeno se agotaba. Después de diversos esfuerzos por sacar la nave a la superficie, de dentro del submarino vino la tremenda pregunta: «¿Hay alguna esperanza?» No, no la había, y allí quedaron encerrados y enterrados.

«¿Hay esperanza para cuando estamos perdidos?’ Sí que la hay. Esa pregunta la hace el hombre frecuentemente, Salmo 42:11.
Dios contesta mediante el mensaje del Salmo 40:13 «Quieras, oh Jehová, librarme; Jehová, apresúrate a socorrerme» y Lucas 19:10 «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido».

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