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El sendero de los tomates

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Tan sólo un sendero de tomates… Tan sólo el sol del verano la vio pasar con sus pensamientos solitarios recolectando los frutos sin tocarlos. Sólo ella caminando con el sol de frente y la sombra a sus pies. Soltando los brazos de las plantas amordazadas para que crecieran rectas en una línea imaginaria, líneas construidas por las cañas con la pared de pinos a su izquierda que resguarda las frágiles plumas de las palomas escondidas.

Sólo ella conoce el mundo secreto de su mente confundida por los secretos que guardan sus neuronas asustadas por los ataques de un mundo que no la deja vivir en libertad.

Tantas voces que la llaman desde el otro lado del alambrado, invitándola a seguir, saltar el sendero y correr sin pensar. Pero cuando mira hacia atrás ve el interminable camino por el sendero de los tomates que florecen en secreto debajo de cada hoja que se seca con el sol.

Por eso continúa con sus pies descalzos en contacto con el abono natural de las aves que tampoco viven en libertad, pero que su mundo termina en aquella rejilla de metal a cuadros que no les permite ver más allá.

Sus manos celosas de sus pies la llevan a tocar el suelo y nuevamente a pensar en secreto que el sendero no tiene final… Mientras muchos caminan sobre flores ella le toca pisar la tierra caliente por el sol, pero que espera ansiosa la sombra de cada tomate que se mece en las plantas laterales del camino. En sus mano está la magia escondida de hacer florecer la misma tierra partida por el calor extremo y por la sed que brota del interior de cada flor marchita, que sueña con ser blanca, pero que no es más que un carbón reseco por el vapor de las lágrimas que no llegan a la tierra porque se desvanecen en el aire.

Muy pocos saben que el tomate es una fruta más, que las plantas forman los senderos más acogedores y perfectos, que el secreto está en darle un final. Porque sus pies no nacieron para ser esclavos de ningún zapato y que sus manos son muy felices con la tierra en un continuo contacto. Porque ella tuvo la oportunidad de escapar cuando llegó a la última planta, pero que pocos entendieron que ella se dio cuenta que no quería dejar de caminar por lo que regresó al principio del sendero, donde había dejado abandonado su costal para volver al final y con sus propias manos abrir la tierra dura como la roca y colocar nuevas semillas, sus propias manos son las que le dieron sombra para que nacieran y sus lágrimas las regaron para darle vida una y otra vez…

La única forma de proteger el sendero fue hacerlo un laberinto, de esa forma nadie lo podría dañar, porque cuando no se sabe por donde se comienza algo jamás se encontrará su final

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